A la caza del alborotador

El sistema educativo está pensado para eliminar la figura del alborotador. Para generar alumnos marcados por el mismo patrón y mantener docentes, cuya única preocupación, más allá de en encargarse de controlar a los alborotadores de sus aulas, sea la de mantener la neutralidad dentro del sistema. Al alborotador se le aísla, se le persigue, se le castiga y, en última instancia, se le intenta eliminar del sistema. No se quieren alborotadores, se quieren autómatas, con un carácter de perfil bajo, que sean capaces de acatar órdenes y no generen muchos problemas. ¿Cuántas veces hemos oído en los centros hablar del “alumno problemático” y de la mala suerte que se ha tenido por tenerlo en el aula? ¿Cuántas veces hemos oído la manida solución que toman muchos de nuestros compañeros de aislarlos para que no generen problemas? Algo en lo que más de uno hemos caído. Un error que, lo único que hace, es abandonar y cortar las alas a unos chavales que, más allá de la problemática conductual (que, es en más casos social que otra cosa), no tienen problemas académicos. Un error que avala la normativa educativa; esa que otorga un valor de un porcentaje cada vez más alto a los valores actitudinales. Un alumno, por el hecho de no ser disruptivo en el aula, ya tiene prácticamente garantizado el aprobado. ¿Es lo anterior permisible? ¿Es ético?

No me he de quedar sólo en la figura del alumno. Podría extender la disrupción a los docentes. ¿Cuántos intentan hacer cosas diferentes a las que, un modelo usado mayoritariamente en las aulas, les impulsa a copiar? ¿Cuántos son capaces de enfrentarse a sus compañeros para intentar hacer algo nuevo? ¿Cuántos se atreven a recibir el estatus de anatema dentro del colectivo? ¿Cuántos se atreven realmente a hablar en voz alta de que hay otra manera de hacer las cosas criticando en voz alta, y por tanto asumiendo consecuencias, lo que no les gusta del sistema?

Fuente: Scott McLeod
Fuente: Scott McLeod

Cambiar el mundo está en manos de los que, en su momento, fueron calificados como alborotadores. Aquellos que, más allá de lo que socialmente era bien visto, tuvieron la “indecencia” de plantear que las cosas podían ser diferentes. Aquellos que se salieron de una sociedad poco crítica y que, más allá de las formas, fueron capaces de plantear que las cosas podían cambiar. Aquellos que en su momento se llamaron alborotadores ahora son modelos para muchos.

Es triste que en pleno siglo XXI aún exista la caza de brujas contra los que tildan de alborotadores. Más que contra esos, contra todos aquellos que piensen diferente de lo que impone una sociedad cada vez más uniformizada (que no uniforme). Los centros educativos son un reflejo de la sociedad pero también, quizás el único lugar , donde se pueden empezar a cambiar las cosas.

Comments

  1. Juan Antº says

    Estimado compañero, vuelvo a coincidir contigo en este post como en
    el anterior (yo también tengo alucinaciones y creencias erróneas sobre
    lo que es el sistema educativo y demás (por cierto excelente narrativa).
    Pero vamos al grano, en mi Centro también se practica la caza del
    alborotador. El año pasado (en uno de mis gestos inútiles) propuse
    cambiar la filosofía y el método con que se actuaba (desde el origen de
    los tiempos) y esta vez toque alguna fibra sensible… Pero crearón una
    comisión (no lo digo por los voluntariosos compis que le han hechado
    horas sino por la Directiva…) que tras muchas pajas mentales ha parido un
    procedimiento de actuación plenamente ineficaz y lento. He vuelto a
    hablar, agradeciendo el esfuerzo pero marcando los peligros: 1º no somos
    especialistas en psicología de adolescentes, 2º No hay plantilla para
    aplicarlo,…. Como es lógico se va a aplicar. El resultado ya lo
    sabemos, volver al sistema anterior porque “no se puede hacer otra
    cosa”.Saludos desde Málaga

  2. Carolina says

    Tiene que ser extremadamente difícil tener en clase a una persona que te las revienta. Pero te doy la razón. Se nos educa para que no nos salgamos de la normalidad. Pero es que también nuestros padres lo hacen. Que no nos metamos en follones. Pocas personas con compromiso social lo han aprendido de sus padres. Yo, como madre y educadora, quiero que mi hijo vea que no soy una borrega más del montón. Luego él cuando sea mayor que haga lo que quiera.

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