La autonomía docente, un tema poco trabajado
La mayoría de profesiones de “atención directa a personas” tienen diferentes tipos de grados de autonomía. Cuando hablamos de médicos, abogados y, otras muchas profesiones de trato directo con el cliente, tenemos diferentes tipos de autonomías, muchas veces limitadas por los propios colegios profesionales. Pero, ¿qué existe en el caso de los docentes? ¿Quién regula esa autonomía dentro de un marco legal? ¿Existe un colegio de docentes que interactúe de tú a tú con los organismos oficiales para establecer límites a su función realizada autónomamente?
Podría parecer, a simple vista, que el docente se halle más desprotegido que cualquiera de los colectivos anteriores a efectos de docencia, ya que como se ha comentado anteriormente, la mayoría de las otras profesiones se autorregulan mediante un régimen laboral que mantiene y refuerza su autonomía profesional, avalada y ratificada por los diferentes colegios profesionales. Son dichos colegios profesionales los que imponen un entorno de trabajo determinado, con unos estándares, ética, calidad del servicio y desarrollo profesional para el propio colectivo. Pero, ¿ello significa que, a efectos prácticos, goce de una menor autonomía profesional que colectivos de atención directa al usuario parecidos?
No exactamente, ya que aún que la naturaleza de su profesión y las características intrínsecas de la misma obliguen a que existan restricciones de espacio (la Educación reglada se ha de ofrecer en centros educativos específicos que dispongan de unas características exigidas a nivel legal), seguimiento de currículums y, requisitos “específicos” para el acceso a la posibilidad de impartir docencia de determinadas materias, son escasos los momentos en que la Administración se va a interesar en lo que sucede a pie de aula. Existirán, dentro del propio colectivo, personal encargado del control de la autonomía de “los centros”, pero muy pocas veces el docente se verá perturbado en su quehacer diario por parte de controles externos. Además, en caso que así fuera, sería el docente quien, en caso de ser molestado a lo largo de su praxis profesional (mientras está dando clases), quien podría escudarse en su libertad de cátedra para impartir los contenidos curriculares (marcados por la legislación) de la manera que creyera oportuna. No hay, a día de hoy, ningún docente sancionado por parte de la Administración educativa por su metodología para dar clases, como no sea la misma incompatible con el seguimiento del currículum. Ello, a pesar de tener numerosísimas ventajas para el alumno (ya que permite que el docente use los métodos educativos que le son más cómodos) presenta el grave inconveniente de que no existe ningún organismo ni Administración válida para “obligar” a que el docente cambie su praxis educativa. No se puede obligar a incorporar las TIC en el aula (siempre y cuando el currículum no lo exija específicamente y, no lo exige en ninguna materia -ni tan sólo en Informática-), no se puede obligar a hacer proyectos interdisciplinares (se recomiendan, pero nadie puede obligar a ello), etc. En definitiva, dentro de la propia autonomía docente, hay extremos positivos pero también contradictorios y de obligada revisión.
Por tanto, y tal como se observa en toda lo expuesto anteriormente, existe una visión dual (positiva y negativa) de la autonomía docente y, es por ello que quizás sea necesario realizar un planteamiento de la misma. Ese replanteamiento podría ir en línea del sistema de autonomía de la profesión que se está considerando en el país nipón, donde lo primero que tienen en cuenta es el contexto donde se da la enseñanza. En ese caso, la autonomía del docente “sería considerada como un proceso continuo de investigación sobre el cómo promover el aprendizaje autónomo del alumno”.
Se eliminarían las restricciones curriculares y, se impulsaría la autonomía del profesorado por una necesidad de mejora personal y profesional, de modo que un profesor autónomo (y en base a su individualidad como docente) pudiera buscar oportunidades en el transcurso de su carrera profesional para desarrollar la misma. La autonomía se basaría en un proceso construido y evaluado socialmente, donde los docentes, grupos de trabajo intercentros y la propia Administración fueran los avaladores de esa autonomía. Las praxis docentes se verían avaladas con recomendaciones y sancionadas en función de la cantidad de recomendaciones que aceptara el propio docente para su mejora metodológica.
Así pues, conseguiríamos un desarrollo de la autonomía del docente consistente en cuestionar y volver a interpretar de manera flexible el ejercicio del poder dentro del aula. Un poder mucho más limitado que el actual (en cuestiones de praxis) pero mucho más abierto cara a los alumnos, a sus compañeros y a la propia Administración. En este caso, sería la propia Administración quien se convertiría en cómplice de la propia autonomía y, con ello se conseguiría dar unas mejores respuestas a los procesos de aprendizaje que se están dando en las aulas de nuestro país.
Eso sí, todo ello con contrapartidas varias. Elementos de intermediación entre docentes y Administración (más allá de los simples sindicatos educativos), propuestas de mejoras profesionales, establecimiento de entidades jurídicas propias para la defensa del docente y, mucho trabajo de análisis contínuo por parte de la Administración para controlar y reconducir las prácticas que se observarían en las aulas de nuestro país (comunicadas, analizadas y rectificadas -o potenciadas- por parte de organismos donde intervengan docentes, alumnos, padres y representantes de la propia Administración). Dar un poder y trabajo al Consejo Escolar más allá de las sesiones informativas que se realizan cada cierto tiempo y, con una distribución diferente de poderes de los que intervienen en los mismos.
Unas pequeñas pinceladas sobre el tema de la autonomía del propio docente. Un tema, a mi entender, demasiado poco trabajado en nuestro país.
Cuando uno no entiende nada
He dudado mucho si ponerme a escribir este artículo y, mucho más en establecer un contenido adecuado para el mismo. Hay muchas cosas que no entiendo de ayer. No entiendo nada de lo que sucedió ayer en Valencia. No entiendo nada de las declaraciones que se realizaron (por parte de muchos) y de las que se llevan realizando a lo largo del día de hoy. Tampoco puedo llegar a entender las diferentes interpretaciones equidistantes de hechos objetivos y objetivables. Estoy perdido, como me sucede a menudo últimamente.
Hay demasiadas cosas que no entiendo y, por ello quiero plasmarlas en este artículo. A lo mejor es cosa mía, o es que realmente no hay nada que entender y mucho a interpretar según la ideología de uno.
Lo primero que no entiendo es el siguiente vídeo (no el único, pero sí el que más me ha impactado). Un policía, totalmente pertrechado, lanzando a dos chicas brutalmente contra un vehículo.
Quizás no tengo muy claro el contexto, pero en este caso, sea cual sea el mismo, es muy difícil de justificar.
No me parece lógico tampoco que se permitiera entrar a la policía en un recinto educativo (en este caso un centro de enseñanza secundaria, el Instituto Lluís Vives). Tal autorización sólo puede darla el Director, el Inspector o la Consejera de Educación. Y esta última ha declarado hoy que no tiene nada que ver con cuestiones de seguridad. Por tanto, ¿quién les ha dejado entrar en el recinto educativo?
No entiendo tampoco las declaraciones de ayer del jefe de la policía, Antonio Moreno, donde pronuncia las siguiente frase: “No es prudente revelarle al enemigo cuáles son mis fuerzas”. ¿No estamos hablando de estudiantes? ¿Estamos en guerra contra alguien y yo no me he enterado?
Por otra parte, tampoco me cuadran que las detenciones realizadas sean de individuos mayores de edad. Ello, ¿confirmaría la teoría de que “hay infiltrados en los movimientos estudiantiles”? No lo tengo claro, ya que en caso de que se trate de infiltrados profesionales, la policía es previsible que los tuviera en una lista y confirmara sus nombres.
Eso sí, lo que tengo cada vez más claro que al final van a pagarla unos policías que tan sólo se han dedicado a cumplir órdenes, y se van a beneficiar los de siempre: esos partidos que quieren sacar futuros réditos electorales, esos cargos del PP que se han extralimitado en sus funciones (que van a hacer pagar el pato a las típicas cabezas de turco que tienen preparadas para la ocasión) y todos aquellos que han aprovechado esa cuestión para echar tierra sobre muchos asuntos realmente preocupantes que están sucediendo en nuestra sociedad actual. Es más fácil que volver a ganar un Mundial y consigue desviar la atención. Eso sí que lo entiendo.
La importancia del feedback en las enseñanzas semipresenciales y a distancia
Cada vez son más las administraciones educativas están optando por sistemas de enseñanza semipresenciales e, incluso totalmente virtuales. Ello se debe fundamentalmente a cuestiones económicas y de alcance de la misma. El grado de dicho alcance no se verá limitado a la asistencia a unas instalaciones más o menos cercanas del domicilio del alumno y, más bien dependerá de cuestiones de infraestructura (equipamiento disponible con conexión a internet en el domicilio o próximo a él).
No se trata en este artículo de discutir las bondades o inconvenientes de esos sistemas de enseñanza, enfocados fundamentalmente a alumnos con edades postobligatorias (ya que en España, por cuestiones legales, la posibilidad de la escolarización a distancia de los seis a los dieciséis años tiene una rigidez de espacios determinada y, ello obliga a que se realice exclusivamente en centros educativos). Se trata simplemente de establecer la importancia de los feedbacks (también llamados realimentaciones o retroalimentaciones) para esos sistemas de aprendizaje, donde el tutor/profesor/facilitador del mismo no se encuentra de forma presencial a lo largo de los mismos.
Por tanto, una primera definición de feedbak, sería la que define dicho concepto como el proceso de compartir y recabar información para intentar mejorar el funcionamiento de un determinado aprendizaje. Es decir, un proceso activo, donde docente y alumnos tengan la posibilidad de establecer propuestas de mejora bidireccionales de forma efectiva.
Tal como se observa en la imagen anterior (fuente) se deduce que existen dos posibilidades cuando se ha ejercido el feedback sobre la propia formación (incluyendo en el mismo el aula virtual, clave en enseñanzas semipresenciales y virtuales):
- Un feedback positivo, que mantiene el propio sistema de aprendizaje, pero que puede ver modificadas las metas o fines del propio encapsulado de aprendizaje, en función de la necesidad que se observe en el mismo para cuestiones de mejora. Dicha mejora no es de calado obligatorio pero sí que permitiría realizar una mejora futura del propio entorno de aprendizaje (o contenido del mismo)
- Un feedback negativo, que obligaría a cambiar el propio sistema de aprendizaje, modificando en la mayor parte de casos al propio objetivo (el cual se ve afectado negativamente por las valoraciones y inputs recibidos por parte del propio sistema y, que obligan a ello)
¿Cómo podemos ser capaces de obtener un feedback en condiciones? Pues va a depender mucho del enfoque que demos al propio proceso formativo, a la elección de la plataforma de aprendizaje y, a los requisitos previos que exijamos a los alumnos de dicho sistema. Ello sin olvidar la parte fundamental: la humana (formada por los docentes y los alumnos que intercambian impresiones y experiencias a lo largo de la formación).
Otro de los parámetros a tener en cuenta son las herramientas específicas para ese feedback (normalmente integradas en el propio entorno virtual). Correos privados, foros, talleres, cuestionarios, elementos de evaluación y chats serán los elementos más habituales que nos servirán, como docentes y facilitadores del curso, para conseguir establecer una vía de comunicación entre nosotros y nuestros alumnos. Además, también serán las herramientas que permitirán una socialización, muchas veces descuidada en este tipo de aprendizajes, entre los propios alumnos que forman parte de ese entorno de aprendizaje. Incorporar redes sociales sería dar un valor añadido, más inmediato y con una potencialidad tremenda para juzgar el resultado de todo el proceso.
Eso sí, es importante pautar “tiempos”. Tiempos de respuesta ante problemas, tiempos de modificación del entorno para adaptarlo a nuevas situaciones (en caso de recibir muchos feedbacks negativos que obliguen a ello), tiempos para el diseño de nuevos servicios de valor añadido, etc. Se trata de una formación más flexible pero más exigente. Al estar poco pautados los tiempos obliga a que, alumnos y docentes, trabajen más y, si se quiere tener una formación de calidad, mejor.
¿Quién evalúa dichos feedbacks? ¿El docente o el alumno? El alumno tiene que ejercer modificaciones sobre las tareas que le son encomendadas y que le llevarán a una evaluación positiva del curso; el docente tiene que ser capaz de adaptarse a las demandas de sus alumnos y, debe trasladar con premura, las modificaciones urgentes que él no sea capaz de realizar a un equipo coordinado para que sean subsanadas en el menor espacio de tiempo. Ello, sin olvidar la figura imprescindible en este tipo de enseñanzas de un “coordinador” que gestionará los problemas que puedan existir en las relaciones entre docentes y alumnos, con potestad de apercibir las malas praxis.
Escalabilidad, adaptabilidad y respuesta rápida. Feedbacks continuos, personalizados y siempre abiertos a una mejora del propio sistema. Sin olvidar la evaluación final donde, en cierta manera, se hallan recogidos todos los feedbacks que se han dado a lo largo del proceso, valorando la formación (y todo lo que es inherente a ella) de una manera lo más objetivable posible.
Reflexiones de un docente IX
Ya han pasado un par de semanas desde las últimas reflexiones y no, por obviar su plasmación en un artículo, han dejado de surgirme dudas, reflexiones u opiniones sobre determinados temas relacionados con la Educación y todo lo que la rodea. No son tiempos para la docencia ni para dedicarse a ella. No son tiempos para el buen docente. Son tiempos difíciles.
Sin demasiadas ganas de andarme más por las ramas y, recuperando en este post algunos esbozos realizados en diferentes papeles que rondaban en mis bolsillos, junto con algunos cuestionamientos que proceden de nauseabundos programas televisivos, vamos a ello.
- ¿Es atractiva la profesión docente para un buen profesional a día de hoy? ¿Se ha de primar la vocacionalidad por delante de la profesionalidad? ¿Debemos restringirnos a que nuestros hijos tengan grandes docentes vocacionales pero poco profesionales? Siempre he dicho que la vocación no ha de ser requisito para la docencia (¿quizás para otros ámbitos no tan terrenales?) pero sí que un buen profesional ha de sentirse a gusto en el trabajo. Y, ello, con la gran cantidad de recortes de las condiciones laborales del docente, es muy difícil.
- ¿Es realmente útil un debate sobre Educación en una televisión de casquería? ¿Se puede hablar de Educación sin docentes? ¿Qué sentido tiene la opinión de personajillos de papel couché, curas o políticos elegidos con independencia de sus capacidades, más allá de una manera de distraer a la audiencia de un canal bananero?
- ¿Es necesaria la uniformidad de los métodos educativos? ¿Se pueden usar herramientas uniformizadas en las aulas tan diversas que existen en nuestro país?
- ¿Es necesario invertir más recursos económicos en las aulas de nuestro país? O, ¿sería mucho más lógico hacer una buena gestión de los mismos? Tan sólo me viene a la cabeza lo que se ha gastado en PDIs (colgadas en una pared e infrautilizadas), portátiles que se quedan en casa y programas de innovación que no funcionan. Eso sin querer entrar en las maravillosas propagandas educativas institucionales, cursos de formación obsoletos, Administraciones educativas duplicadas, libros de texto modificados cada cierto tiempo que no añaden nada a los que había anteriormente, materias prescindibles, etc. Decenas de millones de euros tirados a la basura año tras año.
- ¿Es lógico que haya una tasa de fracaso escolar del 30% (pasó abruptamente del 16% al 30% después de la LOGSE) y que, reforma tras reforma, siga sin disminuir? ¿Por qué nadie de los que han gestionado la Educación en este país va a la cárcel por ello?
Mucho más que decir, pero la limitación del formato me impide ir más allá en esta nueva entrega. Esperando que algún día las reflexiones que me pueda plantear sean más agradables o, incluso, innecesarias.
La necesidad de hacer atractiva la profesión docente
Rompiendo un poco la tónica de la escritura de artículos poco controvertidos o de cuestiones más o menos neutras, me pongo a abordar en el siguiente artículo uno de los grandes problemas que existirán en las aulas de nuestro país a corto y medio plazo: la existencia de malos profesionales para impartir docencia a nuestras futuras generaciones.
¿Por qué esa afirmación, cuando se nos habla en los últimos tiempos de la dignificación de la función docente, de la selección de los mejores, de nuestra importancia para una mejora de la propia sociedad? No se trata de una afirmación gratuita, ya que a día de hoy y viendo lo que se avecina, optar por la función docente sólo puede darse por dos motivos (y siento la crudeza de dichos argumentos):
- Haber estudiado una carrera universitaria (más o menos sencilla) donde su única salida profesional es la docencia. Aunque, a día de hoy, y con las limitaciones de la oferta pública de oposiciones, sea una decisión más que cuestionable
- Ser un mal profesional, que ha estudiado una carrera universitaria donde se han estudiado unos determinados ítems y se han conseguido unas determinadas capacitaciones profesionales y, por motivos de no encontrar trabajo en su sector profesional se ven abocados, como salida, a la docencia
Estudiar una carrera universitaria (con todo el esfuerzo que ello supone, a menos que vayamos a alguna de esas Universidades que todos conocemos de “pay for title” -pago por título-) para acabar en una profesión tan poco atractiva en estos momentos como la docencia es un grave error.
Llegará un momento en que no se tratará de escoger a los mejores, se tratará de escoger a los mejores entre todos los peores y mediocres. ¿Cómo va a ser atractiva una profesión que se está haciendo cada día que pasa menos atractiva como destino profesional?
Antes, podíamos considerar en que se accedía a la docencia para conseguir un trabajo seguro, que permitía vivir (no bien, pero con las necesidades básicas y algún extra cubiertos), que era compatible con la familia y, que estaba reconocido socialmente.
Ahora nos encontramos, después de los últimos recortes, con un salario cada vez más menguado. No me extrañaría nada llegar, a medio plazo y si la situación no varía, a salarios mileuristas (aunque muchos docentes que trabajan actualmente a jornadas partidas ya saben lo que es eso), a dar cada vez más horas lectivas a nivel de fábrica con alumnos cada vez más heterogéneos (en necesidades y capacidades) y, con un prestigio social por los suelos. Además, a nivel mediático tal como se está considerando nuestra profesión, prefiero ni hablar.
En Finlandia, y eso que si seguís mis argumentaciones, sabréis que odio las comparaciones entre sistemas, quizás el salario no sea mayor que el de nuestro país, pero las posibilidades de promoción y reconocimiento social son infinitamente mejores. ¿Cómo podemos hacer atractiva una profesión mileurista para captar a los buenos profesionales? ¿Cómo impediremos que los mismos se vayan al sector privado, con mejores salarios y, tal como pintan las cosas, iguales horarios laborales? ¿Qué podemos ofrecer para hacer atractiva nuestra profesión?
No se trata de dignificar la profesión docente dotando de mayor autoridad al docente ni de palabras que digan lo buenos que somos. La profesionalidad se ha de pagar, y los buenos profesionales valen dinero y exigen buenas condiciones laborales. Para salir de la crisis necesitamos a los mejores y los mejores, en las condiciones que se prevén no van a dedicarse a la docencia.
Rectifiquemos antes de que sea tarde y sólo los inútiles opten a dicha profesión con las consecuencias que ello comportaría.




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