Criterios para elegir centro educativo

criterio_coleMás allá de encuestas más o menos cocinadas, lo que se puede decir en voz alta y, presunciones varias, hay unos criterios básicos que rigen la elección de centro educativo por parte de los padres. Criterios que muy poco tienen que ver con cuestiones académicas (o de resultados) y mucho con otras situaciones que lastran esa decisión de enormes consecuencias para sus retoños.

El centro educativo se elige, prácticamente en exclusividad, por la cercanía al domicilio familiar. Cercanía que, por cierto, tiene mucho que ver con el nivel socioeconómico de los padres (los barrios en las grandes ciudades están poblados por familias talladas “bajo el mismo corte”). Cercanía que convierte en guetos a determinados centros educativos (sólo hace falta darse una vuelta por las barriadas marginales y ver qué tipología de alumnos hay en sus centros educativos). Cercanía implica segregación. Segregación no sólo de las clases medias o privilegiadas; segregación también deseada por las familias de los barrios marginales (los inmigrantes tienden a juntarse por afinidad).

Por tanto ya tenemos el factor clave en la elección de centro… la proximidad al domicilio. Algo que es mucho más importante que cualquier otra cuestión. Algo que ayuda a mantener la segregación que se da entre las barriadas de las grandes ciudades. La segregación educativa es un hecho que tiene mucho más que ver con el modelo de ciudad que con la decisión de los padres.

Tampoco tenemos que olvidar a los padres que eligen centro educativo por las relaciones que se pueden llegar a establecer. Centros de supuesta élite donde lo menos importante es la calidad educativa y sí el “poder” de algunas de las familias que llevan a sus hijos allí. Promocionando contactos. Estableciendo afinidades. Manteniendo la supuesta casta alejada de la mezcla con quienes no interesa. Centros concertados exclusivos. Centros privados de alto coste de matricula para filtrar según potencia económica.

La calidad del profesorado es lo de menos. Cualquier encuesta que hable de que los padres eligen centro educativo por la calidad de sus profesionales es un soberano timo. Los padres no conocen la capacitación de los docentes del centro. Aún menos su manera de impartir clase (más allá de lo que les hayan vendido mediante la web del centro o las maravillosas instalaciones que les hayan enseñado). Si fuera por lo anterior todos los padres elegirían un centro público. La única tipología de centros educativos donde hay un control exhaustivo de los profesionales que imparten docencia. El único lugar donde se ha filtrado, más allá de la selección “a dedo”, a los profesionales que están impartiendo docencia.

Otros parámetros que también ayudan a tomar las decisiones son los proyectos bilingües. Se supone que meter a tu hijo en un colegio bilingüe garantiza el dominio lingüístico en alguna lengua extranjera. El colegio bilingüe, más allá de los centros que funcionan bajo criterios de otro país (léase Liceos, Escuelas Alemanas, etc.), son un completo timo. Timo por muchos motivos. Timo que hace felices a los padres cuando ven que sus hijos de tres años ya saben contar hasta cinco en inglés. Y qué pronunciación tan maravillosa. Digna de un inglés victoriano.

El tema de la ideología del centro también trae a los padres al pairo. Que un centro educativo tenga ideología religiosa tampoco les importa demasiado. Es algo que asumen por el hecho de tener a su hijo en un entorno donde la mayoría de padres sean como ellos. Como en la mayoría de ciudades grandes casi todos los centros de los barrios de clase media y alta son concertados católicos es normal la elección. Más por proximidad que por otra cosa por mucho que en voz alta digan que han llevado a sus hijos para que se sientan más cerca de Jesús. No cuela. Y en pequeño comité, tampoco.

Y qué decir de los uniformes. Marcan clase. Marcan pertenecer a un estatus social determinado. Más allá de lo anterior no garantizan ningún tipo de calidad educativa.

Seamos sinceros, los proyectos educativos de los centros, su ideología y la calidad de sus docentes traen al pairo a la mayoría de padres. Padres más interesados en tener a sus hijos cerca de casa, controlados la mayor parte de horas posibles (cuántos padres eligen centros que les devuelven a sus hijos pasadas las siete de la tarde por comodidad) y procurando que no se mezclen con niños con familias que no estén a la altura de los padres.

Nada, nada, que los centros educativos los eligen los padres para ellos. Los niños, lamentablemente, son los que van a sufrir (en sentido positivo o negativo) esas decisiones.

Los primeros en ir al cole

cole_ninLos alumnos valencianos serán los primeros que acudirán al cole el curso que viene. La Conselleria ha decidido que los escolares de Infantil, Primaria, Secundaria y Bachillerato (que creía que estaba dentro de Secundaria como postobligatorio pero, por lo que se ve, para algunos no es así) empiecen el 3 de septiembre y se conviertan en los alumnos que más días lectivos estén estabulados en las aulas. Algo que va a permitir una mejora educativa importante. Cuatro días más lectivos van a significar una gran diferencia entre los resultados del curso anterior y los que van a obtener el curso que viene. Permítanme que me ría.

Hay temas que no he entendido nunca a qué obedecen. Considerar el aumento lectivo como mejora educativa cuando no hay ningún estudio que lo relacione (los informes de la OCDE dicen precisamente lo contrario) sigue siendo algo demasiado difícil de justificar. Eso sí, comprado por los padres (sólo hace falta ver los comentarios en los medios de comunicación que publican la noticia) con alegría. Cuánto más tiempo estén en las aulas, mejor para ellos. Es que, no lo olvidemos, hay muchos padres que sí que creen en la relación entre horas lectivas recibidas y resultados. También hay muchos otros a los que resulta muy cómodo, por dificultades laborales o personales, tener a sus hijos controlados mientras ellos hacen su vida habitual. Conciliar a golpe de tratar los centros educativos como guarderías. Conciliar bajo la premisa de que sus hijos pasen el mayor tiempo posible en el aula. Los resultados, por cierto, lo de menos. Y si salen mal, la culpa al docente.

Creo que se debería abrir un debate serio sobre las jornadas escolares. Sobre qué y cómo organizamos un calendario escolar demasiado dirigido por cuestiones que poco tienen que ver con la calidad educativa o la asimilación de aprendizajes. Calendario muy marcado por festividades religiosas que impiden racionalizar un horario en condiciones (las Navidades y Pascuas lastran cualquier racionalización de períodos de descanso). Lo siento mucho, la tradición no cabe en un sistema educativo que necesita regular sus períodos vacacionales pensando en los alumnos y no en imposiciones externas del calendario.

Racionalizar horarios tampoco implica aumentar períodos lectivos, ni número de horas por materia. Llevamos años viendo que a más horas lectivas no hay mejores resultados e insistimos en el tema. Qué triste tropezar cientos de veces con la misma piedra. Qué triste no querer ver la realidad educativa y las relaciones que no funcionan. A propósito… ¿a más de treinta grados en el aula alguien se plantea que se pueda rendir? No lo veo. Sinceramente, no lo veo.

Seguimos jugando con el calendario y con el tipo de jornada (continua o partida) para intentar satisfacer a las familias. Todo el mundo intenta meter su baza en la gestión del calendario -también los docentes-. Al final el único que no tiene ni voz ni voto es el alumno. Alumno sometido a los vaivenes de decisiones administrativas que de poco le sirven. Alumno que, por más horas que pase haciendo algo si no se hace bien, va a seguir teniendo un aprendizaje más que cuestionable. Eso sí, estabulado hasta el infinito en su cárcel de cristal. Controlado. Con padres satisfechos de dicho control.

Lo del calendario escolar es otro bombín encendido después del gintonic de turno. Sobran bombines y faltan análisis serios porque, no lo olvidemos, nos estamos jugando el futuro.

La pedagogía del clic

hacer_clicEn un contexto donde lo que prima es la inmediatez se está estableciendo, incentivado por gran parte de los docentes, una pedagogía del clic. Una pedagogía de la red como solución a todos los problemas. Una pedagogía que consiste en buscar la solución a todas las preguntas planteadas mediante una consulta rápida por internet.

Son muchas las actividades que se plantean a los alumnos en las cuales ya se encuentran predefinidas las páginas web que han de consultar. Un listado que, después de hacer el clic, envuelve a los chavales en una vorágine de información que se ven incapaces de digerir. Un clic que permite ser dirigido hacia el párrafo que deben incorporar a la actividad que en ese momento han de entregar.

Clics de todo tipo. Clics, la mayoría de los cuales, llevan a Google, a la Wikipedia o a vídeos de Youtube. Clics que dan como resultado la información “cocinada”. Información que sólo han de trasladar a un documento. Información que nadie les ha enseñado a analizar y/o cuestionar. Información nada más.

El paradigma del clic es algo muy peligroso. No sólo elimina cualquier posibilidad de realizar un aprendizaje efectivo. Sesga hasta tal punto el ámbito de conocimiento que lo convierte en el asesino silencioso de la creatividad y las estrategias para moverse sin problemas en una sociedad tan cambiante como la actual. Un clic determina poco. Un clic dirigido o restringido a unas ciertas páginas lastra cualquier posibilidad de que el sistema educativo mejore.

Las apps incrementan los peligros del clic. Aplicaciones dirigidas cuyo objetivo es trasladar de forma fácil a un medio digital las necesidades puntuales de los alumnos. Eliminar parte del esfuerzo. Esfuerzo que cada vez es más complicado ejecutar. Aprendizajes cada vez más fáciles, rápidos y con menor capacidad de dedicarle tiempo. Si no sale con la app o se encuentra a la primera en internet casi ningún alumno se atreve a ir más allá. Un problema serio. Algo que habríamos de tener en cuenta.

El clic nos abre un mundo de posibilidades. Una ventana que nos dota de más información de la que nadie es capaz de filtrar. Un mundo demasiado grande para permitir que en el mismo se navegue sin haber dedicado tiempo a adquirir unas determinadas competencias. Algo que no se hace. Algo que cada vez están perdiendo la mayoría de los centros educativos. El pensar antes de hacer clic. El reflexionar sobre la necesidad de ese clic.

Creo que toda la metodología educativa se ha reducido al clic. A buscar en la red para contestar a cuestiones cada vez más dirigidas, a rellenar unos huecos en una actividad preformateada que les presentamos en formato digital, a hacer una simple suma con algo demasiado parecido a los cuadernos Rubio de toda la vida que nos informa al momento si nos hemos equivocado (y que nos da la solución al momento). Se pierden habilidades. Se es mucho menos competente.

La pedagogía del clic no es buena ni mala pero centrarnos en una sola metodología en un entorno donde hay demasiadas cuestiones debidas al azar, un error que vamos a pagar muy caro. No sé si soy el único que lo está notando, pero las habilidades de los alumnos si les cortamos la posibilidad de dar esos clics son cada vez más paupérrimas. Pedagogía del clic sí, pero no a cualquier precio ni para ser usada de forma exclusiva.

Eduparacetamol 1g

paracetamol1gNo tengo claro hasta qué punto un estado medicamentoso disculpa lo que uno pueda verter en un artículo. Ni mucho menos la cantidad de responsabilidad que puede llegar a exonerarse. Como no lo tengo claro y, por no perder la costumbre, me apetece escribir unas pequeñas líneas me voy a poner a ello.

Si la incoherencia es la tónica habitual que nadie piense que esa situación se va a ver mejorada con el siguiente redactado. Ni mejorada ni, por supuesto, edulcorada bajo sabores dulzones de palabras suaves para determinados ojos más o menos cansados.

La Educación es como el paracetamol de un gramo. Hay muchas situaciones que, tal vez por necesidad de enmascarar las realidades o por otros motivos menos altruistas, se quedan demasiado diluidas en la vorágine de las noticias sobre el tema. Noticias que, más allá de lo que se pueda vender mediáticamente, queda restringida su exposición a contextos muy controlados y donde uno sabe muy bien la tipología de los intercambiadores o receptores de dicha información.

La difusión de actividades educativas de supuesto éxito, innovaciones que no lo son tanto, maquillaje de resultados, interpretación sesgada de estadísticas e ideología a tutiplén es algo muy rastrero. Rastrero pero siempre necesario. ¿De qué viviríamos si no pudiéramos participar de la tertulia global instalada en nuestro país? ¡Qué sensación más desagradable el no poder ponernos al nivel de los programas de máxima audiencia! ¡Qué desilusión no poder ejercer de Belén Esteban, Isabel San Sebastián o Hermann Tertsch!

Esto es un despiporre. Despiporre gestionado por amantes de la firma fácil, la fotografía (no olvidemos que si uno se mueve no sale en la foto) y la petición de documentación inútil. Aderezado, eso sí, con una fina capa de ironía en la que se vislumbra el poco respeto que tienen por la sociedad. Desconocimiento y estrategia nula. Qué bonito es enviar a morir a las trincheras a los soldados sin ninguna planificación. Qué prescindibles son los escudos humanos en esta batalla más ideológica que de estrategias.

Los padres tampoco están demasiado por la labor. Consejos Escolares en los que no vota ni el padre de trillizos (que no tiene tres votos pero debiera). Padres criticando desde el bar al docente. Padres que, más allá de las notas (en caso que no se las falsifiquen o sepan interpretarlas), deciden aislarse de los centros de internamiento donde estudian sus hijos. Cuando menos del diez por ciento de padres votan en unas elecciones donde se deciden sus interlocutores con el centro educativo es que algo falla.

Eso sí, los docentes tampoco podemos considerarnos la octava maravilla del sistema. Nos equivocamos en muchas cuestiones. Seguimos jugando al francotirador. Mantenemos formas de funcionar demasiado basadas en lo que ya se hacía. Algo demasiado contraproducente. Algo que hace que todo el sistema sea una bomba de relojería. Bomba que nunca va a explotar. Bomba que sólo se activaría cuando la incomodidad fuera la tónica general. El confort es muy adictivo. Qué bonito es el sofá que ya tiene mi forma marcada a fuego en su superficie.

Finalmente los chavales. Entre familias agobiadas por motivos socioeconómicos, chavales cada vez más controlados y a la vez productos del descontrol e imposibilidad de gestión integral del problema… no hay nada que hacer. El bueno, bueno. El malo, malo. Y el rebelde, ya nos encargaremos de domarlo.

Todo el sistema es producto de calmantes y vaselina en diferente proporción. El sistema educativo no es malo, lo malo es la incapacidad de dejar la medicación y empezar a ver lo que sucede en la realidad. La realidad duele y es poco agradable, pero el eduparacetamol de un gramo lo único que hace es provocar una falsa sensación de mejoría puntual.

El boom de la clase invertida

Clase invertida o flipped classroom. Palabreja de moda dentro del reducto de la supuesta innovación educativa. Invertir el aula. Usar el aula para hacer lo contrario de lo que se está haciendo. Restringir la parte más teórica y de clase magistral a los domicilios de los chavales. Convertir el aula en un ágora de reflexión, discusión y trabajo grupal. Una asamblea donde todos, dentro de sus posibilidades, realizan un aprendizaje cooperativo y estructurado dentro de su falta de estructura.

Fuente: https://instructionalservices.blog.gustavus.edu

Fuente: https://instructionalservices.blog.gustavus.edu

Resulta simpático el concepto. Más aún las falsas premisas acerca del “saber trabajar” de los alumnos. Me encanta ver como reducen el aprendizaje a la supuestas ganas que le ponen los alumnos a trabajar en sus casas. Sería encender el ordenador y empezar a aprender como locos con los recursos que se les suministra. Qué idilio educativo. Qué espíritu tan trabajador de unos chavales cuya máxima aspiración es el “aprendizaje”. Bobadas. Sí, he dicho bobadas.

Se ha de ser muy bobo si se conoce algo del sistema educativo para pretender que el mismo sistema que subyacía detrás de aquellos cursos de Planeta Agostini que, supuestamente, debían capacitar a todos en un idioma extranjero sumándole una cierta presencialidad (hacer cosas “guays” en el aula) van a romper con las dinámicas tradicionales. Más aún cuando lo que se vende es otra dinámica tradicional basada en premisas tan falsas como la anterior. Que no, que los alumnos no estudian de motu propio (y, aún menos, en etapas de escolarización obligatoria).

Ayer por la radio, mientras bajaba con el coche de mi centro de trabajo, un par de “expertos” hablaban de las bondades de este tipo de modelo. Bondades que no habían probado nunca. Qué extraño resulta para un docente que un par de escritores de libros sobre el tema sin práctica real con alumnos vendan lo que no es.

Reconozco que se están llevando a cabo experiencias interesantes en las aulas. Que hay docentes haciendo cosas curiosas. El problema es cuando toque analizar estos “inventos”. Inventos que espero no sean contraproducentes. Inventos demasiado sujetos a unas normas muy básicas y a unos supuestos del alumno como devorador de aprendizajes demasiado cuestionables.

Que cada uno haga lo que quiera. Esto de la flipped es algo que algunos llevan haciendo mucho tiempo. Se llama dar clase de forma participativa. Lo demás… ilusionismo y experimentación cara a la galería. Una galería que compra muy bien todo lo supuestamente innovador. Una galería demasiado necesitada de buenas noticias relacionadas con el ámbito educativo.