Sin fotocopiadora

fotocopiadora14Sí, hoy se nos ha estropeado la única fotocopiadora del centro. Si sumamos dicha avería a las múltiples impresoras que no funcionan o están mal configuradas, ha sido la hecatombe. Peor que un ataque con armas químicas. Peor que el desastre global más inesperado. Nudillos blancos, uñas que acuden indiscriminadamente a las bocas de muchos de mis compañeros, sensación de desgracia mundial.

Hay dinámicas que cuestan de cambiar. La dependencia de los aparatos o, incluso, la sumisión a los libros de texto (para poner la guinda a lo de la fotocopiadora hoy se estaban preguntando dos compañeras… ¿y tú con qué editorial trabajas?) obliga a replantear muchas cuestiones. No es lógico ni lícito que los procesos de aprendizaje se vean obligados a mediar con elementos de terceros. Sí, seguro que elaborar o adaptar material de terceros también puede tener sus momentos pero el docente que crea, por un momento, que va a poder controlar todas las variables que afectan a su trabajo se equivoca.

Hay mucho por cambiar. Dinámicas que hacen imposible un verdadero cambio educativo. Dinámicas que, más allá de ponerse bajo la óptica del último grito en tecnología, siguen siendo las mismas que antaño. Dinámicas que, curiosamente, dejan de funcionar al añadir esa tecnología tan potente que, por ella sola, no da más que disgustos a la mayoría.

Reconozco que en mis clases dependo mucho de la conectividad pero, acostumbrado a sus limitaciones, hay momentos en que opto por otro tipo de trabajos. Actividades que se alejan del material y que dependen en gran medida del trabajo que se puede hacer sin necesidad de esas conexiones que vienen y van. No es usar la tecnología mejor o peor, es plantearse la no dependencia absoluta de cualquier medio. Eso sí, hay medios que ya no sólo te hacen dependiente. Hay algunos que te hacen ser muy mal profesional.

Hoy es el día de la fotocopiadora, de los mejillones en escabeche y de las tragedias por falta de preparación e improvisación de las administraciones. Millones de hojas fotocopiadas a diario en los centros educativos. Miles y miles de euros a cuenta del erario público. Hojas y más hojas llenas de absurdidades de determinados libros de texto para repartirse en el aula. Qué bonito. Qué profesional. Qué olor a tinta tan imprescindible en las aulas.

Que algunos se planteen no ir a clase (incluso que sea en broma) porque no funcione la fotocopiadora dice mucho negativo de las prácticas habituales. Supongo que alguno se lo tomará a cachondeo pero, mucho me temo, que la situación de que no funcione la fotocopia en los centros educativos es el principal factor para que muchos se vean obligados a cambiar.

Creo que hasta que desaparezcan las fotocopiadoras, los libros de texto,…  y se genere un ambiente de trabajo cooperativo (que no obligatoriamente colaborativo) en los centros educativos, cualquier posibilidad de mejora se convierte en una mera utopía.

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

Chapuzas con las TIC

Los docentes, en líneas generales, son un poco chapuzas en su relación con las TIC. Sobra formación y falta capacitación en habilidades básicas. Habilidades que, por cierto, nunca van a consistir en saber usar la herramienta X, Y o Z ni el aparato A, B o C. Habilidades que van a consistir en saber sacarse las castañas de fuego sin haber de acudir al pobre docente que tiene la mala suerte de ser algo menos chapuzas que los anteriores. Que sí, que es muy cómodo acudir al compañero que sabe algo pero, ¿realmente es necesario hacerlo por cuestiones realmente básicas?

Fuente: http://www.informaciona.com
Fuente: http://www.informaciona.com

La semana pasada el coordinador TIC de mi centro envió un correo electrónico a todo el Claustro en el que informaba acerca de la detección de un virus en los equipos de la sala de profesores. Que revisáramos nuestros equipos. Que nos bajáramos la herramienta para desinfectarlo (ponía enlace) y que, una vez realizado lo anterior, hiciéramos algunos pasos más para asegurarnos que no se había quedado ese virus oculto en algún fichero. Ganas de responder al correo, muchas. Especialmente cuando estás usando Ubuntu. Sistema operativo libre, no libre de virus, pero de dificultades añadidas para que se contagie con alguno de esos troyanos que pululan por el ciberespacio. No hacía falta tanta retahíla de letras y herramientas. Simplemente dos pasos: Desinstalar Windows e instalar Ubuntu :)

Lamentablemente, la idea no cuaja. No hay ninguno de mis compañeros que quiera cambiarse el sistema operativo. Siguen con su viejo Windows desactualizado y, por cierto, sin más antivirus que el rezo diario. Es que, según muchos, cuesta de cambiar la forma de pensar. La realidad es que hay mucho chapuzas con las TIC que no quiere ponerse manos a la obra para aprender lo básico. Que para usar lo que se debe (que es el navegador) no hay demasiado cambio. Que LibreOffice, ya sustituido por Google Docs en mi caso, no es inferior a Word por mucho que se empeñen en cuestionarlo.

Lo anterior sólo un detalle pero, cuando se es incapaz de gestionar el proyector, el audio de las aulas, la configuración de la impresora e, incluso, lo más básico que les preguntan sus alumnos, es que hay una competencia deficitaria en TIC. Competencia que poco tiene que ver con los cientos de horas de formación que se realizan en chuminadas campestres. Competencia necesaria para el uso habitual de las nuevas tecnologías. Competencia muy básica de la que precisamente nadie se dedica a dotarles. Que es mucho más cool hacer cursos de Moodle o de Prezi. Dónde va a parar.

Ser chapuceros digitales obliga a perder mucho tiempo. No saber consultar el correo, ni gestionarlo, ni saber que existen servicios en la red para eliminar esos USB que siempre se piden, es de traca. Estamos en el año 2014. Un año donde lo digital está a la orden del día y, es por ello, que el chapucerismo debería ir desapareciendo.

No quiero docentes con alta competencia digital. Quiero docentes que sepan solucionar los problemas o satisfacer las necesidades de su día a día. Docentes que no acudan a la mínima al pobre docente que tiene la desgracia de ser un poco menos chapuzas. Docentes que en un aula sepan configurar los equipos y usar las herramientas que van a usar. Lo básico, oigan.

Hay mucho chapuzas con las TIC y, por desgracia, su número no deja de aumentar porque, los que salen de las Universidades y se incorporan a la docencia, ni son nativos ni competentes digitales. Falta formación básica, falta competencia digital.

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

Experiencia personal del uso de blogs en el aula

Este curso he abandonado el uso de LMS. Nada de Moodle, ni Edmodo, ni Schoology, ni… Nada de sistemas cerrados que, lo único que aportan, es mantener un control exhaustivo del aula. Control que, más allá de la comodidad que puede suponer el tenerlo todo planificado y bien recogidito, dificulta las posibilidades de aprendizaje autónomo por parte de los alumnos e, incluso, la visualización del trabajo realizado por parte de los propios alumnos y resto de comunidad educativa.

Es por ello que este curso he optado por llevar a cabo un experimento. Qué bonito no tener que rendir cuentas a nadie (huyo de dar clases en Bachillerato como alma que lleva el diablo). Qué bonito poder aprovechar las potencialidades tecnológicas de mi centro. Potencialidades que, más allá de la siempre limitante conectividad (¿dónde estará la fibra que dicen que tenemos? Porque olerla ni la huelo), me permiten hilvanar otra manera de hacer las cosas.

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Fuente: Néstor Alonso

Este curso trabajo con un blog de aula. Un blog que se ha convertido en una especie de dietario donde incorporo, al acabar cada día, las actividades que hemos realizado en el aula. Actividades que los alumnos plasman en sus blogs personales. Blogs abiertos que permiten ir mejorando cada entrada la anterior. Cantidad de buenas ideas y actividades que se vierten. Mejoras que observo a diario en aspectos formales y de diseño. Nada que ver en casi un mes de clases lo que hacían al principio con lo que están publicando ahora. Poco tiempo pero mucho bueno en la evolución de los chavales.

Usar blogs ha sido, en mi caso, un auténtico acierto. Los alumnos acceden a diario al blog de aula. Se permiten el lujo de ir mejorando y ampliando su trabajo en el aula. Algo que plasman en sus blogs personales. Algo que ha llevado a más de uno, al ver la herramienta y la interacción que realizan con la misma, a ampliar esa redacción a la creación de nuevos blogs para hablar de temas que les interesan (deportes, juegos, música, etc.). Ya es un punto positivo lo anterior. Redactar por placer hace que aumente la capacidad/habilidad en ese tema. Sí, soy de Tecnología, pero me interesa bastante más un aprendizaje global que el simple hecho que recuerden conceptos de poco interés.

Lo anterior lleva una contrapartida importante. Exige mucho trabajo. Quizás para alguien que quiere empezar a trabajar con blogs puede echarle un poco para atrás pero, recomiendo antes de hacerlo, que se plantee el provecho que lo anterior va a tener para su aula. Aulas que no pueden quedar aisladas. Alumnos que disfrutan viendo sus experiencias colgadas en la red. Alumnos que, por suerte, se adaptan a cualquier metodología con mucha facilidad. Alumnos a los que les encanta sentirse valorados.

Sí, he tardado tres semanas en empezar a sacar algo positivo del sistema de trabajo pero, si en tres semanas he conseguido que la mayoría de alumnos trabajen de forma bastante autónoma en su blog, se planteen la lectura del blog de aula y de sus compañeros y, consigan cambiar el chip de metodologías cerradas que siguen imperando en nuestros centros… me doy por satisfecho.

Ahora el próximo paso es que comenten. Que se atrevan a analizar los blogs de sus compañeros en abierto. Que ayuden, más allá de ayudas puntuales sobre cuestiones técnicas al compañero de al lado por quien tiene más habilidades digitales, a que mediante esos comentarios las mejoras que experimenten los blogs sean substanciales. Un paso que espero que se dé en breve.

Estoy muy contento de la experiencia. Contento de haber tomado la decisión de trabajar mediante blogs abiertos. Satisfecho del comportamiento de los chavales. Para mí, en este breve lapso de tiempo, una experiencia personal de diez. La profesional ya serán otros quienes se encargarán de juzgarla.

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

Servidores públicos

Los servicios públicos funcionan gracias a sus trabajadores a pesar de los políticos que los gestionan. No es una frase baladí. Es la pura realidad. Realidad que subyace tras diferentes situaciones que observamos, día tras día, en nuestros lugares de trabajo los que tenemos la suerte de trabajar para todos los ciudadanos.

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Ayer, sin ir más lejos, nos encontramos con una servidora pública que, por diferentes cuestiones y decisiones políticas, está ahora ingresada en estado crítico en un centro sanitario. Servidora que, arriesgando su vida, ha satisfecho las necesidades de obtención de rédito político de los políticos que gestionan nuestro país. Políticos que tienen poco de buena gestión. Políticos que, una vez tras otra, se escudan en diferentes fallos de sus trabajadores para justificar su incapacidad de gestión manifiesta.

Creo que los servicios esenciales (Sanidad, Educación y Seguridad -dentro de la cual encontraríamos a los cuerpos de bomberos, agentes forestales y demás-) funcionan en nuestro país relativamente bien. Funcionan, por cierto, gracias a sus trabajadores. Funcionan a pesar de normativas imposibles de digerir y políticos que, más allá de la foto o el titular mediático, poco saben de la gestión de sus Consejerías o Ministerios. Inútiles que, por diferentes casualidades, han accedido a la gestión del núcleo duro del funcionamiento de cualquier país.

Hoy lo estaba comentando con mis compañeros. El peor docente es infinitamente mejor que el político más capacitado con derecho a firma o a toma de decisiones. Wert y los Consejeros de las diferentes autonomías no llegan a la suela del zapato al docente que lo esté haciendo peor en su tarea profesional. Docentes que, al igual que el resto de servidores públicos, están sometidos a los vaivenes de decisiones de personajes que, lo único que saben, es poner el perfil bueno cuando llega el flash de la cámara. Algunos, ni eso.

Hay auténticos delincuentes gestionando los servicios claves de nuestro país. Ministros de Educación que lo único que saben es hacer su interesada estadística básica, Ministras de Sanidad que, más allá de su inutilidad manifiesta, lo único que saben es convocar ruedas de prensa para asustar al personal y, como no, Ministros de Justicia cuya máxima es la del servicio a entidades poco terrenales y purpurados varios. Sí, son unos auténticos delincuentes. Y no, no se puede excusar sus decisiones bajo ningún tipo de justificación.

Es muy triste que el sistema funcione por inercia. Que lo criticable (que puede haber mucho) sea infinitamente menos criticable que las decisiones que toman aquellos que, más allá de haber obtenido unos determinados votos, tienen una idea nula de lo que gestionan. Que se esté jugando con el futuro y la vida de las personas de forma tan alegre.

Me preocupa el futuro de este país. Un futuro que se gestiona por parte de inútiles, se aplica por servidores públicos a los que no les queda otro remedio y, se traduce en un despropósito tras otro. Disculpadme por el pesimismo del artículo, pero es que hay días como hoy, que uno ve las cosas muy negras.

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

Es muy fácil no hacer nada

nohacernadaEn nuestro colectivo es muy fácil no hacer nada. Resulta fácil e, incluso se pone como modelo, el seguir haciendo lo mismo de siempre. Desincentivar prácticas diferentes es algo que gusta hacer. Incluir las típicas palabras de lo “que deberíamos trabajar para llevar a cabo algún proyecto” es algo que se oye con demasiada asiduidad.

Tengo muy claro que no hay docentes, salvo contadas excepciones, a los que no les gustaría cambiar determinadas cuestiones. Tengo también muy claro que, por diferentes motivos, hay un miedo atroz (o un pasotismo en diferentes grados) a avanzar un paso para intentar cambiar las cosas. No es falta de ganas. Es incapacidad de la situación de plantear algo diferente como necesario. ¿Por qué cambiar si ya está bien todo como está? ¿Por qué cambiar si, aunque puedan hacerse las cosas mejor, dicho cambio supone un esfuerzo que, por diferentes motivos (algunos justificables), no se está dispuesto a asumir?

Siempre me gusta tirar de ejemplos reales. La realidad es mucho más fácil de explicar que las suposiciones que provienen de las intuiciones o reflexiones de uno. En este caso voy a sacar el ejemplo de lo sucedido en mi centro. Una situación que, no por esperada, no deja de tener su contrapartida anímica. Contrapartida que cada vez hace menos mella en mí. Contrapartida que, pasándomelo como me lo paso en las aulas con los chavales, tiene un contrapeso positivo muy elevado.

Pongámonos en situación. Miércoles de hace un par de semanas. Sí, lo fío a largo porque hasta ahora no me veía capaz de escribir sin que me entrara un cabreo excesivo por el tema. Organizo una charla para mis compañeros donde convoco a todos los interesados en un proyecto para impulsar el uso de la tecnología en mi centro. Esa charla la pongo dentro del presentismo inútil de los miércoles (sí, los miércoles en mi centro son tan productivos que nos obligan a quedar dos horas sin ningún tipo de trabajo a hacer más allá de alguna reunión que, tres cursos después, me permito clasificarlas como totalmente inútiles -y no soy el único que piensa así-). Pienso que puede ser interesante para mis compañeros por la repercusión (pienso que en clave positiva) que supondría en el trabajo diario. Me preparo un proyecto bastante interesante (por el tiempo dedicado) que adapto de otros proyectos en centros que sí que funciona la colaboración. Llega la hora y me encuentro con cinco profesores (uno de ellos el director). Poca gente. Bueno, es normal si el proyecto no lo incentiva la dirección del centro. Además, ¿cómo puedo competir con la máquina del café a esas horas? (lo siento, es una broma ácida por las sensaciones que recorrían mi cuerpo).

Presento el proyecto. El esbozo del mismo. Planteo modificar la estructura tecnológica del centro. Eliminación de papeles. Digitalización de la transmisión de la información. Conversión de la web de centro en un espacio agradable y que permita la interacción entre la comunidad educativa. Trabajar por proyectos al margen de los libros de texto digitales. Introducción de proyectos transversales, etc. Una propuesta de máximos que siempre puede adaptarse.

El problema llega cuando interviene el director. Su primera crítica nada encubierta es preguntar que quién llevará a cabo el proyecto si yo me voy el curso que viene. Qué falta de confianza en los docentes que trabajan en su centro. Yo sí que confío en ellos. Yo sí que estoy convencido de que si se tira adelante un proyecto ambicioso como este al final se van a ir incorporando la mayoría de mis compañeros. Qué ganas de justificar las pocas ganas con excusas que tienen muy poco de excusa. Siguen las críticas acerca del uso que hago de determinadas herramientas. Me pregunta por qué si Edmodo era maravilloso (por cierto, hace un par de cursos lo usé con bastante éxito y planteé una formación acerca de su uso a mis compañeros -algo que no cuajó-) cambiar este curso de modelo. Ahora va a resultar que no podemos cambiar de metodología por necesidades profesionales. Qué sentido tiene esta crítica. Yo no lo entendía. Supongo que ahora, pasado el tiempo, quizás se debe al inmovilismo que impera en la gestión de mi centro.

Ya prefiero no hablar acerca del comentario acerca de lo “innecesario que era cambiar la web de centro porque supondría, seguro, un mayor trabajo para el que la gestionara”. Aquí ya prefería no entrar mucho en la facilidad que supondría un modelo basado en algún CMS como WordPress para hacerlo (algo a lo que también me comprometía, junto con explicar el funcionamiento a algunos docentes quese quedaran el curso siguiente). Desistí de los máximos para ir a los mínimos. Unos mínimos que, a día de hoy, aún no se han fraguado. Y vistas las ganas de cambiar las cosas por parte de quien gestiona mi centro difícilmente van a hacerlo.

Por cierto, una de las cosas que me comentó el director era lo innecesario de facilitar un mecanismo de comunicación con los padres por falta de ganas de los mismos en intervenir y saber qué pasa en los centros más allá de casos puntuales. Lástima que, a día de hoy, con más del 80% de padres de mis alumnos con ganas de participar en la evaluación de sus hijos en mi asignatura y con ganas de comunicarse conmigo por la herramienta que he escogido este curso, lo que comentó se halla muy alejado de la realidad que he observado.

Es muy fácil no hacer nada y desincentivar los cambios. Lo realmente complejo es ponerse manos a la obra para cambiar (e intentar mejorar) ciertos aspectos de funcionamiento en los centros educativos. Y el tecnológico, a pesar de ser uno de los más banales, también es importante por lo que implica (a efectos de ahorro, comunicación y transparencia).

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.