Los docentes de la concertada

Resulta obvio que, en muchas ocasiones, cuando expresamos en voz alta ciertas afirmaciones, parece que las mismas incluyan al “todo” cuando tal vez sólo estamos cuestionando un determinado tipo de modelo (más allá de quien trabaja en él o quien recibe sus servicios). Éste es el caso habitual cuando hablo de centros concertados. Centros educativos privados, subvencionado funcionamiento y nómina de sus trabajadores con dinero público y que, en la mayoría de los casos, está gestionado por entornos por muy cercanos a la Iglesia Católica. Centros educativos cuya tasa de alumnado inmigrante o procedente de familias desestructuradas (o con problemas socioeconómicos graves) es, salvo excepciones, prácticamente ridícula. Algunos centros que segregan por sexo, algunos otros que obligan a escuchar la misa diaria, muchos que obligan a pagar cuotas “ilegales” a las familias.

Pero, a pesar de lo anterior, creo que en demasiadas ocasiones exportamos la crítica hacia donde no debemos: hacia sus profesionales. Profesionales que, por el hecho de trabajar en una empresa privada, no son ni mejores ni peores que los que trabajan en la pública. En la concertada hay mucho buen docente al igual que en la pública. En la concertada hay también aquellos que simplemente se dedican a subsistir al igual que sucede en la pública. Sí que hay diferencias en cómo se entra en el trabajo pero, ¿realmente podemos establecer la distinción acerca de la profesionalidad de un docente en función de donde esté trabajando? Porque creo que la profesionalidad de uno es algo muy individual. Que un trabajador no es mejor o peor en función del contexto. Que al final todo depende de lo que uno quiera trabajar y las ganas que le ponga.

Fuente: @LuzcaMluz
Fuente: @LuzcaMluz

Sí, lo digo en voz alta… En la concertada hay grandísimos profesionales. Lo anterior no debería entenderse como un apoyo al modelo educativo de los conciertos educativos, más bien a una valoración de algunos de sus profesionales que, en proporción, pueden ser tantos o tan pocos como nos podemos encontrar en la pública. Una pública que necesita mejorar. Una pública que necesita a los mejores. Una pública que necesita, de una vez, tratar bien a sus trabajadores porque, a diferencia de la concertada, la pública es para todos (con independencia de cómo sean las familias).

Me parece que en muchas ocasiones nos equivocamos (yo el primero) de enemigo. Consideramos malo todo aquello que no comulgue con nuestra ideología. Manipulamos la realidad para adaptarla a lo que queremos que sea pero esa realidad no deja de estar ahí. Una realidad que debería hacernos plantear muchas cuestiones porque, para mejorar las cosas no hemos sólo de basarnos en creencias, hemos de buscar en cómo hacer las cosas para que sean como nosotros soñamos. Soñar es muy barato y mucho más fácil que transformar realidades. Lo importante es pasar de ese sueño a la realidad.

Por cierto, también me gustaría entrar en el tema de cómo valorar a un buen profesional e incentivar al resto para que lo sean pero esto, por necesidades del guión, hoy no toca :)

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

Jornada continua o partida: así no

En la Comunidad Valenciana, entre otras, hace tiempo que se está trasladando a la sociedad un debate acerca de la conveniencia o no de establecer jornada continua en los centros educativos. Resulta interesante ver los argumentos de sus defensores y detractores. Argumentos que se repiten por parte de los que toman ambas posturas. Argumentos más falsos que un euro de chocolate de esos que se regalan de vez en cuando a los chavales. Porque, seamos sinceros, a día de hoy NO hay ninguna investigación que hable seriamente sobre los beneficios o perjuicios que supone un tipo de jornada u otro. Porque, atendiendo a las necesidades de los alumnos, aún no hay nadie que se plantee realizar un estudio basado en los beneficios que les puede aportar y no en los beneficios que aporta a las familias o a los docentes. Porque, seamos sinceros, lo del tipo de jornada tiene más de político que de mejora educativa.

Ayer llegó a mis manos un maravilloso pantallazo de un PowerPoint que se utiliza para defender la jornada continua. Por su surrealismo me apetece colgároslo y hablar un poco a fondo del mismo.

Fuente: Twitter
Fuente: Twitter

En primer lugar se ofrece la guardería hasta las 17 horas, comedor garantizado, talleres gratuitos, coincidencia con el horario del instituto (supongo que para que se acostumbren a seguir estabulados), comidas cada 3 horas (sí, si se la pueden permitir de casa porque no olvidemos que cada vez son más los alumnos que no almuerzan por motivos económicos), decisión de cuándo recoger a los chiquillos (self service), clases de repaso gratis, menos patio del comedor (¿alguien me puede explicar lo positivo de lo anterior para los alumnos?) y, como no, para disimular… más rendimiento y atención por las mañanas.

Lamentablemente sólo hay un punto en el que se hable del alumnado (como suele suceder cuando se habla de estas cosas). Un punto que habla del mayor rendimiento por las mañanas del mismo pero que no tiene en cuenta que después de seis horas no hay ser humano capaz de atender. Bueno, siendo sincero, ni después de la segunda (o, con suerte, tercera hora) hay alumno que aguante el rollo que se le está soltando.

También resulta igualmente divertido aquellos que defienden la jornada partida con los mismos argumentos que los que defienden la jornada continua (y sin aportar ningún tipo de estudio serio).

Fuente: FAPA Enric Valor
Fuente: FAPA Enric Valor

Que sí, que hay una jornada escolar maravillosa. Que sí, que todas las posturas piensan en los padres y en los docentes pero, quizás (y sólo digo quizás), ¿no sería bueno tener en cuenta a los chavales y sus necesidades? Porque las necesidades de los chavales no es decidir un tipo de jornada u otro. Las necesidades de los chavales pasan por una racionalización de sus horarios académicos y, como no, por una reducción de materias. Que ya está bien de intentar mantener el chiringuito de unos o satisfacer lo que quieran los padres. Que si uno ha tenido un hijo es porque quiere y tiene que asumir lo que ello conlleva (a todos los niveles) y si uno es docente debería mirar primero por el beneficio de sus alumnos antes que por el propio porque, si no es así, decidir el tipo de jornada escolar se convierte en una perversión educativa de considerables proporciones.

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

De espectador a programador

Reconozco que, a pesar de la dificultad inicial con el registro (por lo farragoso del mismo), este curso me he matriculado de un curso de los que ofrece el INTEF (Instituto Nacional de Tecnologías Educativas y de Formación del Profesorado). Reconozco que ha habido un título (el que da nombre a este artículo) que me llamaba especialmente la atención. Un título que podía servirme, supuestamente, para continuar “programando” (el curso pasado lo hice con AppInventor pero este curso me planteaba Scratch -muy parecido-) con mis alumnos en cuarto de ESO. Siempre, especialmente desde que tengo el cupo de cursos completo (máximo de puntos para concursos de traslados y similares), he procurado realizar formación que pudiera aplicarse en mi día a día.

Empieza el curso. Plataforma Moodle con recursos que se van a ir publicando en abierto. No es mi ideal pero si lo que puedo sacar del curso es extrapolable al aula… ¡vamos a ello! Primeros pasos con Scratch. Un entorno de programación muy sencillo para aprender nociones de programación. Más que nociones de programación, establecimiento de pensamiento computacional dirigido a la solución de problemas. Interesante para un neófito como yo. Gusta aprender algo que desconoces.

Fuente: http://blog.educalab.es
Fuente: http://blog.educalab.es

Y, entonces, ¿cuál es el problema? Porque, lamentablemente, aparte de lo positivo que tiene el curso (especialmente a nivel de tutores y su atención y dedicación) tiene grandes errores conceptuales sobre lo que debería ser un curso destinado a favorecer que el profesorado que lo realiza pueda implementar ese lenguaje de programación en su aula. ¿Qué mejoraría? ¿Qué eliminaría? Conviene hacer críticas constructivas porque, lo contrario sería sólo válido como muro de lamentación y mi intención es ir más allá.

En primer lugar me sobran determinadas cuestiones que se plantean como obligatorias. Especialmente aquellas que obligan a escribir tuits para decir “que ya hemos hecho una actividad” (¡lo siento, a mí me parece un mal uso de Twitter!), registrarse en Procomún (esa plataforma lamentable que sustitituyó Agrega y cuyo registro de los participantes en los cursos de formación del MECD sólo sirve para justificar sus cifras), crear un diario con paper.li y volver a tuitearlo (¿soy el único que está cansado de ese boom que tuvieron esas revistas digitales que se autopublican sin ningún tipo de control en mi timeline?), usar herramientas de Mozilla (Thimble y Popcorn) para crear webs o editar vídeos cuando son demasiado complejas para nuestros alumnos con las alternativas que tenemos disponibles en la red y, como no, la creación de un blog personal “para el curso” (¡qué desperdicio la cantidad de blogs que se generan en los cursos de formación y que, lamentablemente, una vez finalizado el curso no tienen ningún tipo de continuidad -no lo digo yo, se observa al ver la cantidad de blogs que se tuitean con títulos de artículos como “actividad 1…”, “módulo 1…”, etc. y que dejan de actualizarse una vez acabado el curso-).

En segundo lugar la perspectiva del curso. Un curso destinado a que el docente aprenda herramientas (sí, lamentablemente aún no he encontrado ningún espacio -ni en los foros- en el que se hable de metodologías de aula). Un curso que, como la inmensa mayoría, adolece de esa personalización tan necesaria (no todos los docentes tenemos, a priori, las mismas capacidades) y, como no, plantea la típica pregunta a más de uno de ¿qué estoy haciendo aquí cuando no me dan soluciones para el aula?

Conviene dar una vuelta al modelo de formación. No consiste en “obligar” a usar nada (más allá, como es lógico de la herramienta o herramientas que se planteen y siempre desde la perspectiva de su aprovechamiento futuro en el aula). Consiste en dar solución a necesidades y surtir de estrategias de aula. Estrategias que no están en la profusión de contenidos ni en la temporización de los mismos. Estrategias que consisten en postular modelos de formación y, como no, evaluar ese uso en el aula porque, si no se hace así, todos sabemos dónde van a quedar esos aprendizajes… en el puro rol de espectador.

Por cierto, no me gustaría finalizar este artículo sin preguntarme en voz alta por qué no hay más críticas en abierto a los cursos de formación a distancia. Me resulta curioso que, las críticas en los foros, sean prácticamente inexistentes y que, salvo algún “desalmado” como quien escribe, nadie sea capaz de plantearlas cuando me da la sensación que la crítica, más allá de estar convencido deba existir, es garantía de futuras mejoras del modelo de formación. Eso sí, si sólo uno critica… o es que todo va muy bien o es que realmente hay mucha desidia por parte de los docentes que “sufren” este tipo de cursos. Porque, si es lo primero, quizás esté equivocado en mis argumentaciones  y si se trata de lo segundo, prefiero abstenerme de pensar lo que podría inferir de ello.

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

Debo reconocer que soy muy fan de…

Sí, reconozco que soy un fanboy pero, a diferencia de aquellos que acampan tres días antes para conseguir la entrada a su artista favorito o el último dispositivo tecnológico, soy fan de conductas sociales y, como no, de todo aquello que verse sobre temas educativos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Pero, más allá de todo lo anterior, reconozco que soy muy fan de cuando no llega la inspiración reaprovechar algunos desatinos vertidos en Twitter :)

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Las nuevas tecnologías “amargan” la vida a los docentes

No me gustan los falsos titulares y éste, es uno de los titulares últimamente más repetido en la mediatización de los problemas que, a veces, se dan en las aulas. Cansado de leer como los Whatsapps amargan la vida a los profesores. Cansado de ver que todo lo que, dentro de un contexto educativo debería ser público y transparente, se bloquea para darle la vuelta y considerarlo un arma de destrucción masiva. Sí, estoy bastante harto de observar como la manera de desprestigiar el uso de las nuevas tecnologías sea precisamente un ataque a la privacidad (del docente o del alumno) cuando, realmente, lo que habría de potenciarse es su uso para abrir unas ventanas en unos muros cada vez más altos.

Más allá de lo anterior me parece que hay estudios que son de juzgado de guardia. El último, el que ha realizado el sindicato ANPE basándose en las llamadas recibidas al “defensor del docente”. Llamadas que, supuestamente, permiten extrapolar porcentajes de un grupo muy reducido de profesionales a todo el colectivo. Que el 28% de docentes sufra acoso y amenazas me parece exagerado después de pasar por varios centros educativos. Que haya un 10% de mis compañeros que se planteen abandonar la profesión tampoco lo veo demasiado lógico cuando, de funcionarios, no conozco a ninguno (salvo los que se van a cargos políticos) que haya abandonado la docencia. Y lo de la mitad del profesorado que sufre depresión… por favor, seamos serios.

Me da la sensación que hay mucho interés en defender problemas que no existen (o si lo hacen es en pequeña proporción en un colectivo de más de medio millón de profesionales). Mediatización de problemas que, más allá de casos puntuales (que sí que existen), pretenden extrapolarse en forma de titular para difundir una “falsa problemática educativa”. Sí, reconozco que tenemos problemas en las aulas (especialmente en cuanto a falta de recursos, a falta de proyectos de trabajo, a muchas otras cuestiones) pero manipular lo anterior para hablar de depresiones, falta de respeto, insultos y agresiones cuando son casos muy aislados me parece pervertir la realidad.

Finalmente, no me gustaría dejar de mencionar que, para todos aquellos docentes que se dedican a demonizar las nuevas tecnologías (fundamentalmente porque no le saben sacar su lado positivo -que lo tienen-) tan sólo me gustaría recomendarles que, más allá de la agenda en papel, que muchos alumnos se dejan y muchos otros ni tan sólo se la dejan ver a sus padres, se dedicaran a difundir en abierto lo que hacen en sus aulas y establecieran un mecanismo de comunicación más ágil e inmediato con los padres. Si no queremos falsedades, lo mejor es dar transparencia a las realidades. O, ¿será que la profesionalidad de algunos es demasiado cuestionable para que la misma sea difundida mediante el uso de las nuevas tecnologías?

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.