Ideología en las aulas

Nuestros centros educativos están llenos de ideología. No voy a defender ni a discutir un tema que, por mucho que se postule sobre el mismo, es algo que está más que demostrado. Los seres humanos tenemos ideología y, al estar la comunidad educativa formada por seres humanos integrados en una sociedad, es normal que se traslade dicha ideología a las aulas.

ideologias_imagenEl purismo ideológico no existe. Es imposible que ningún docente merecedor de ese nombre, en ningún momento de su labor profesional exponga (o se desprenda) parte de su ideología. ¿Alguien se imagina un trabajo donde ninguno de sus trabajadores hable de cuestiones sociales? ¿Alguien se plantea que las únicas conversaciones en un centro de trabajo se realicen sobre el propio trabajo?

Seguro que alguno dirá que no es bueno aportar ideología mientras realizamos una función docente. Seguro que habrá más de uno que criticará que el docente, el cual tiene unas determinadas horas a su hijo en un aula, hable de cuestiones que poco tienen a ver con la materia concreta. Lamentablemente, no hay materias neutras. Cuando uno habla de informática, toca hablar de software libre y privativo. Toca exponer posturas ideológicas. Y eso que se trata de una materia que, supuestamente, permite poco margen para exponer la ideología propia. Así que… imaginemos lo que sucede en otras materias “menos” neutras. Son posicionamientos o posturas que, por cierto, influyen bien poco en el desarrollo de la personalidad e ideología de los alumnos. Alumnos cuyo aporte ideológico está a la orden del día (familias, medios de comunicación, amigos, etc.). Alumnos, la ideología de los cuales, va a venir definida y determinada por mucho más que eso que algunos demonizan.

Está de moda hablar de la manipulación ideológica que hacen los docentes de los chavales. ¿Tan poca capacidad de raciocinio y selección ideológica les damos a los chavales? ¿Tanto poder se genera en unas horas de intercambio con los chavales? ¿Tanto estilo manipulando tenemos los docentes para moldear a los alumnos a nuestra ideología?

Una cosa es hablar de ideologías diversas. Algo que sólo sucede en los centros públicos. Los centros, curiosamente, más diversos en ideologías por encontrarse la ideología alejada de la selección de su personal. Hay docentes de derechas, de izquierdas e, incluso algunos que apoyan a partidos poco democráticos (de un sector u otro). Algo positivo. Diversidad de opiniones. Diversidad que permite evitar el sesgo ideológico que tanto se da en otro tipo de centros.

No es lo mismo obligar a rezar a todos los alumnos a primera hora del día o hablar de forma conjunta y en la misma línea ideológica el Claustro sobre cuestiones sensibles (aborto, eutanasia, paro, etc.), que encontrarte con docentes con ideología propia (y sin coacciones) que trabajan en centros educativos donde la misma no viene impuesta.

No hay ideologías buenas ni malas. Lo malo es cuando los alumnos sólo pueden disfrutar de una sola vertiente ideológica (del tipo que sea). Entonces, mal les pese a las familias que optan por ese tipo de Educación para sus hijos, es cuando la ideología se convierte en un lastre.

Innovar a golpe de oración

No he podido resistirme. Los comentarios, las imágenes y los vídeos son demasiado surrealistas para que alguien con un poco (y no hace falta mucho) de pensamiento científico exponga estas perlas del misticismo y la brujería de la sotana educativa. Creer siempre es respetable pero entonar cánticos y/o rezar por la innovación educativa ya es algo que se sale de madre.

Este fin de semana, por lo que se ve, en Madrid se está realizando la tercera edición de “Profesores por la innovación”. Una edición que dista mucho de lo que algunos estamos acostumbrados a ver (especialmente en lo que a ponentes y contenido se refiere). Una edición que nos está dejando grandes momentos que voy a permitirme colgaros a continuación.

Fuente: @Marizuel

Fuente: @Marizuel

El primer momento clave es la innovación que se desprende de la tarima. Una innovación que, por mi parte, no se merece ningún comentario. Eso sí, seguro que algunos diréis que el hábito no hace al monje (bueno, en este caso… a la monja). Estoy seguro de ello aunque, también creo, que dejar la innovación educativa en las manos de los mismos que, desde hace unos siglos hasta la actualidad, están dirigidos por personajes que están apostando por determinadas posturas sociales me da un poco de yuyu.

La imagen anterior no pasaría de anécdota divertida si no fuera porque dentro de la sala, llena hasta extremos indecentes, nos encontramos a una gran cantidad de docentes que trabajan en esos centros católicos que rezan por la innovación educativa.

Unos rezos que complementarán en el aula los alumnos y cuyo resultado será sacar los máximos resultados en las pruebas PISA.

Es que, seamos realistas… lo que no consiga un buen Padre Nuestro en innovación y mejora de la calidad educativa.

A propósito, para aquellos que se piensen que es todo un montaje que accedan en Twitter al hashtag #profesinnovadores (¡qué potito!).

Del casete al iPad

aprenderalemanLa tecnología hace demasiados años que está siendo el leitmotiv de la supuesta mejora de la calidad educativa. Ayer mismo, después de la lectura del siguiente artículo, me puse a recordar todas esas grandes novedades que, desde mi tierna infancia, han rodeado (más bien han sido vendidas) como solución a todos los problemas educativos.

Haciendo memoria, me vienen a la cabeza esos lenguajes de programación (Logo y Basic) que, supuestamente, iban a permitir que todos fuéramos capaces de ser unos expertos informáticos. Una tortuguita y una retahila de expresiones de código que, después de ser explicadas, iban a convertir a los alumnos en los grandes informáticos del siglo XX.

También recuerdo esos fascículos para aprender idiomas con sus maravillosos casetes. Por cierto, aún no conozco a nadie que haya aprendido inglés (u otra lengua extranjera) con esos métodos. Unos fascículos cuyo objetivo era siempre el mismo “listen and repeat”. Unos fascículos sustituidos en períodos más modernos por unos vídeos (en VHS) de Muzzy o similares. Hello, I’m Muzzy… y ahí se quedó el 99% de los que lo compraron.

Estoy hablando de veinte años atrás. Un mundo para el avance tecnológico pero un modelo que, lamentablemente, se está repitiendo en las aulas de nuestro país. Eso sí, con una tecnología mucho más moderna pero con el mismo modelo de aprendizaje que antaño. Un modelo que, a pesar de contar con palabras como colaboración o compartir (mucho más fácil gracias a internet) sigue la misma tónica de tiempos pasados. Una tónica que no tiene visos de cambiar a corto plazo.

Algunos hemos ido y vuelto de las TIC tantas veces que aún estamos en período de adaptación. Unas TIC que se están vendiendo, al igual que décadas atrás, como la panacea a todos los problemas de nuestras aulas. Algo de lo que no escarmentamos. Algo que, nuestros instintos e ilusiones, pervierten hasta intentar dotar a esa tecnología de valor absoluto en los parámetros de mejora educativa.

Hasta ahora nada ni nadie ha sido capaz de demostrarme empíricamente el valor añadido que supone el uso de las nuevas tecnologías en el aula más allá de la cantidad de información a la que podemos acceder con un solo clic. Aunque, quedarse con la información y no ser capaz de establecer el valor de la misma, es algo que sigue siendo demasiado habitual.

Seamos sinceros, en tecnología estamos en el 2014 pero, a nivel de cambio real de paradigma estamos anclados, con suerte, en pleno siglo XIX.

There’s no need to reinvent the wheel

Soy un escéptico. La mayoría de los que seguís habitualmente las letras incoherentes, en formato artículo, que intento ir publicando asiduamente, habréis observado que cada vez soy más crítico con determinadas cuestiones educativas. Creo, en mi humilde opinión, que conviene, una vez pasado el impulso inicial de muchas cosas, ponerse a sentarse para analizarlas. Algo, por cierto, aplicable en gran medida al ámbito educativo y a todo aquello que tiene que ver con ilusiones y realidades.

Estos días ha empezado un MOOC sobre PLE. Bueno, siendo sinceros y más estrictos, un curso masivo online gamificado y abierto sobre entornos personales de aprendizaje. Toma ya. Un curso al que se han apuntado más de 7000 docentes para mejorar su práctica educativa.

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Un curso que, conviene recordar, se realiza sin ningún tipo de certificación oficial al final del mismo y, en el que los docentes que se apuntan lo único que pretenden es mejorar su práctica docente. Un curso con excelentes profesionales en su dirección (David Álvarez -@balhisay-, Clara Cobos y Diego García -@diegogg-).

Creo que, más allá de la ilusión y la capacidad de los docentes/participantes en este MOOC hay un modelo que no cambia. Algo que hizo que muchos aterrizáramos en Twitter y, ahora, hace que muchos otros se sumen a este proyecto. Muchos que, por cierto, ya están compartiendo en las diferentes redes sociales. Una redundancia que me genera muchas dudas. Una redundancia que, a efectos reales de aula, tampoco no le veo mucho sentido.

Hablar de formación dirigida después del nulo resultado que lleva dando la misma para formar docentes es algo realmente curioso. Más aún cuando la mayoría de docentes lo que queremos es aprender lo que nos apetezca (o necesitemos) cómo o dónde nos planteemos. Algo que por cierto ya se estaba dando en las redes sociales.

Ahora el timeline de mi Twitter se está llenando de maravillosas nubes de etiquetas dentro de un hashtag #eduPLEmooc y uno se plantea si los docentes que están haciendo está formación necesitan o quieren aprender a hacer estas bonitas nubes.

Creo que primero viene la necesidad y después la búsqueda de algo que la satisfaga. Y, más de lo mismo, es simplemente reinventar la rueda de algo que ya existía.

Como dijo ayer Ainhoa (@ainhoaeus) da la sensación que siempre haya la necesidad de que nos obliguen a volver a la casilla de salida. Algo que ya pronosticó hace un año Néstor Alonso (cuyo alter ego @potachov es de lo más coherente que hay en Twitter).

Fuente: Néstor Alonso

Fuente: Néstor Alonso

No son ganas de cuestionar en exceso pero que ahora, ilusionados, nos metamos en algo que el Ministerio quiere controlar y que pervierte cualquier sentido de horizontalidad (algo que a algunos tanto nos gusta) me parece otro déjà vu de estos tan habituales cuando hablamos de formación docente.

Fuente: Néstor Alonso

Fuente: Néstor Alonso

Tal como dice el título del artículo… “There’s no need to reinvent the wheel”. Aún menos cuando esa reinvención implica ir en contra de ese modelo formativo horizontal al cual se debería tender en la formación docente.

24 horas en un centro educativo

24horasUn día da para mucho cuando se habla de centros educativos. Un día da para ver las prácticas de sus docentes, hablar con ellos, hablar con sus alumnos, hablar con los padres, revisar diferentes documentos e, incluso, poder acercarse a revisar diferentes documentos desde una perspectiva de “mejora y/o asesoramiento”.

Un día es un espacio temporal corto. Es un tiempo que todos los que se encargan de gestionar que el sistema funcione desde su parte más administrativa/legislativa deberían dedicar a bajar a las trincheras. Unas trincheras que, desde la distancia, se ven como batallas lejanas. Unas trincheras que es donde se va a producir el éxito o el fracaso cuando hablamos de Educación.

Cuando uno ve aparecer un inspector por la puerta de su centro hay algunos que tiemblan, otros que obvian la situación y, una gran mayoría, a los que les importa más bien poco más allá que venga a pedirles papeles que, a efectos de mejora educativa, sirven de bien poco. Eso sí, sin olvidar a los advenedizos que van a quedar bien. De esos siempre hay.

¿Alguna vez alguien ha visto un inspector que se pase un día entero en su centro hablando con los chavales o con todos los compañeros? ¿Alguna vez alguien, más allá de problemas puntuales, ha visto que algún inspector se reúna con los padres y les pregunte qué opinan de la Educación que están recibiendo sus hijos? ¿Alguna vez alguien ha visto alguno de esos representantes de la administración que, más allá de apagar fuegos, se plantee ofrecer su ayuda a todos los miembros de la comunidad educativa de forma real?

No son sólo los inspectores los que deberían darse una vuelta por los centros que controlan. También los directores de los centros educativos y los docentes deberíamos tener, por obligación, días para ir a pasearnos por otros centros. Ver prácticas diferentes. Chafar realidades que nos pueden ayudar a mejorar en nuestra práctica diaria. ¿Qué pasaría si a los docentes se nos pidiera que, como mínimo un día al año, debiéramos ir a ver un centro educativo diferente del nuestro donde se nos tuviera que ofrecer transparencia en el mismo (poder entrar en las aulas y ver lo que están haciendo, tomarnos el café con otros compañeros e, incluso, poder acceder a sus documentos)?

Y, ¿por qué no ofrecer a los padres la misma posibilidad? La de acceder libremente al centro educativo de sus hijos y entrar en las aulas del mismo. ¿Qué problema habría en que vieran las clases de sus hijos de puertas para adentro y pudieran hablar con todos sus docentes? ¿Por qué no les permitimos, como parte importante de la comunidad educativa y de la mejora, que observen y opinen de lo que ven a pie de aula? ¿Tan malo sería proponer visitas libres de acceso ilimitado a los espacios a los padres de los alumnos? ¿Tan difícil sería articular un sistema para que los padres opinen y ayuden a mejorar la Educación que están recibiendo sus hijos mediante este tipo de sistema de visita?

Los alumnos también se merecerían la oportunidad de tener un día para ver como funcionan las cosas desde el otro lado de la barrera. ¿Por qué no permitir que diferentes alumnos (no escogidos y elegidos por azar -no valen los buenos y los que sabes que no te van a dar problemas-) puedan ser un día los que acompañen a los docentes en su día a día? ¿Por qué no hacer de ellos analistas del sistema permitiéndoles acceso a todos los lugares y en las mismas condiciones que los docentes? ¿Por qué no permitirles que entren en las clases y opinen sobre los diferentes docentes que hay en su centro educativo? ¿Por qué no darles un voto y acceso a las decisiones que se van a tomar sobre ellos?

Son muy pocas horas. Unas horas que, a pesar de ser muy pocas, creo que permitirían una mejora real del sistema. La transparencia para la mejora educativa es muy importante. ¿Qué pasaría si alguna administración o centro educativo recoge el guante de este artículo? ¿No valdría la pena abrir un nuevo camino mediante alguna propuesta parecida en un sistema educativo cada vez más destartalado?

Apología del error

apologia_errorDicen algunos que el error es la mejor manera para aprender. Se postula el error como la solución a muchos problemas educativos. Se enaltece el error como viaje sin retorno a una mejora educativa real.

Quizás comprar errores no es muy positivo. Alabar los mismos como necesarios e imprescindibles supone algo que, en la vida real, debe minimizarse al máximo. ¿Qué sentido tiene preparar al alumno para que cometa errores y, en caso de cometerlos, pervertir el significado o consecuencias del mismo, hacia minusvalorarlos y considerarlos una manera eficaz de aprendizaje? ¿Qué sentido tiene proponer el error como mecanismo de innovación? ¿Qué sentido tiene probar y equivocarse sin límites alegando que esos errores son parte del proceso educativo?

Las equivocaciones en un entorno tan poco controlable como el educativo suceden. Son muchas las razones para ello (heterogeneidades, maneras de trabajar, herramientas, cuestiones legislativas, etc.). Pero, que haya razones que justifiquen el error no significa que no debamos tratar de reconducir el mismo. Un error que, más allá que queramos justificarlo, no queda otra que corregirlo. Y, ¿cómo se corrige un error? ¿Cuál es el mejor mecanismo para corregirlo? ¿La penalización, la disculpa o el diálogo?

Cuando observamos que los errores son minimizados hasta ser solucionados por una simple frase del tipo “ha sido un error, no volverá a ocurrir” debemos ponernos a temblar. Disculpar un error por intenciones, nunca acciones, de quien lo ha cometido es algo demasiado fácil. Los errores se deben penalizar. El cómo es quizás lo más importante (al menos cuando se habla en el ámbito educativo).

Los errores generan muchos problemas. Problemas que, en muchas ocasiones, son debidos a la justificación previa de los mismos. Pretextos que hacen una apología de algo que no debería existir. El error es malo y errar debería traer consecuencias a los alumnos.

El sistema educativo lo aguanta todo. Incluso, según algunos, mecanismos que hacen apología del error. Un error humano que debe erradicarse. Unos errores que, en la sociedad en la que queremos integrar a nuestros alumnos, deberían reconducirse una vez cometidos.

Aprender de los errores para no volver a cometerlos es sano y necesario. Potenciar el error para así, supuestamente, mejorar el aprendizaje de los chavales ya es harina de otro costal.

No quiero arquitectos ni médicos que se equivoquen. No quiero informáticos que se equivoquen en los programas que crean. No quiero fontaneros que hagan chapuzas. Quiero una sociedad con pocos errores (más allá de los inherentes al ser humano). Y, para ello, qué mejor que intentar potenciar la “ausencia de fallos” en el sistema educativo. Un sistema donde el error se permite en exceso y las justificaciones del fracaso están a la orden del día. Equivocarse es sano y necesario pero, cometer errores, no creo que sea algo que deba incentivarse.