El rol del docente en la era de Google

google_es_docente¿Para qué sirve un docente en la era de Google? ¿Para qué sirve un instructor que lea en un libro de texto o saque de internet unos apuntes para dictarlos a sus alumnos? ¿Para qué sirve enseñar algo que, sin demasiados problemas, es accesible con unos pocos clics del ratón? ¿Qué sentido tiene gastar ingentes cantidades de dinero en docentes cuando con una sola pantalla y poniendo algunos vídeos (estilo Khan Academy) el alumno va a ser capaz de recibir los mismos datos que miles de docentes impartirían en sus aulas? ¿Por qué no coger a los docentes más innovadores, grabar sus actuaciones y, posteriormente, prescindir de ellos repitiendo hasta la saciedad esas grabaciones que se han realizado?

Las cuestiones anteriores deberían llevar a recapacitar. A repensar un modelo de aprendizaje transmisivo y, demasiado fácilmente sustituible, por las nuevas tecnologías. Más allá de la obligación que supone asistir a los centros educativos y estar sentados ciertas horas de su vida delante de un docente, ¿qué aporta realmente lo anterior al aprendizaje de los alumnos? ¿Qué diferencia habría de resultados (ahora que está tan de moda medirlo todo) entre un alumno escolarizado en casa, con esos medios que he planteado, y uno que asista regularmente a su centro educativo? Sí creemos que el docente sólo sirve para enseñar contenidos… ninguno. Si creemos que la única función del docente es llevar a cabo un aprendizaje de suministro de información, incluso la mera transmisión puede llegar a ser contraproducente (¿alguien se imagina estar sentado seis horas escuchando datos y cifras en atención constante?).

Por tanto, ¿para qué sirve el docente si ha perdido todo su interés como receptáculo de contenidos? ¿Qué tipología de docente se habría de buscar, más allá del imprescindible nivel cultural exigible -que lea y se actualice en su materia-, para reponer a todos aquellos docentes que se están jubilando? Lo principal, la empatía, el conocimiento de los lugares donde se halla la información y la capacidad de transmitir la manera de acceder a ellos. No es factible que todos los padres (incluso podría ser contraproducente -ejemplo del médico que se automedica o medica a sus hijos-) sean capaces de gestionar el aprendizaje de sus hijos. El valor e importancia de los padres es otro y, en el aspecto educativo más curricular, la exigencia es que sepan complementar el trabajo que se está haciendo en las aulas.

Un docente debe ser abierto con sus alumnos (a los chavales les encantan los blogs de clase y, si en el mismo, el docente pone algo más personal -fotos de sus hijos o algunas imágenes de sus salidas- ayuda a establecer una relación imprescindible), capaz de gestionar el aprendizaje de los mismos, con inquietud para saber modificar su praxis en función de las necesidades y, por encima de todo, capaz de ser insensible a cualquier fallo de las herramientas que utilice (los planes B, C, D,… deben de estar incluidos en su mochila profesional).

No consiste en saber mucho, consiste en saber dirigir el aprendizaje de los que se hallen delante. En reconducir a los chavales e ir permitiendo que el alumno se vuelva cada vez más autónomo. A propósito, permitir la autonomía y potenciarla no significa dejar la clase a la dula (algo que, también se está estilando en algunos modelos). Enseñar pero, especialmente, capacitar en lo que se necesita mediante las herramientas de que se dispongan. Hacer lo contrario de lo anterior es ser, en la era digital, completamente prescindible.

El docente en la era de las nuevas tecnologías es el que se hace imprescindible. Si no se hace imprescindible, pasa a ser un simple trabajador que cobra a final de cada mes.