El uso de las redes sociales, de lo profesional a lo personal (o al revés)

Fuente: Juan Fernando Zuloaga

Fuente: Juan Fernando Zuloaga

Las redes sociales llevan un cierto tiempo irrumpiendo con mucha fuerza en el ámbito educativo. Gran cantidad de docentes, padres y alumnos están usando muchas de ellas como un mecanismo de comunicación. Un mecanismo de comunicación que debe llevar a replantearse la necesidad de la separación de poderes. De la separación de lo personal y lo profesional. De la necesidad (o no) del establecimiento de diferentes cuentas para ser usadas en función de lo que a uno le apetezca compartir (o se asocie mejor con su forma de interactuar).

Cuando uno se crea una cuenta en las redes sociales, lo primero en lo que piensa es para qué va a enfocarla. ¿Para compartir con los amigos? ¿Cómo entorno de aprendizaje? ¿Cómo forma de seguir lo que está sucediendo en nuestro entorno (cercano o lejano)? ¿Para saber qué hace la gente a la que se admira (artistas, deportistas, etc.)? ¿Para seguir la vida política? ¿Para ver lindas fotos de gatitos?, etc. No hay una sola necesidad. Cada persona necesita cosas diferentes de sus redes sociales. Muchas de las cuales, llega un momento en que se mezclan, y hacen imposible diferenciar la parte lúdica y más personal de lo profesional.

¿Qué docente no se ha creado una cuenta en Facebook, en un primer momento destinada a compartir cosas con un cierto grupo de amigos, para posteriormente darle un uso más profesional? ¿Quién ha pensado que era mucho más cómodo mantener mezclados en las redes sociales los perfiles para no tener que duplicar su existencia virtual? ¿Quién no ha caído en la situación de mantener una red social cada vez más difusa entre las cuestiones personales y profesionales? ¿Quién se ha resistido a ir añadiendo compañeros de profesión en una cuenta que, en sus comienzos, se creo como algo de divertimento y un espacio para compartir con los amigos?

Las redes sociales son permeables al igual que lo son las personas. Es muy difícil gestionar, a menos que seas una marca u organización, diferentes cuentas en las redes sociales para enfocarlas en nichos cerrados (amigos, aprendizaje, curiosidad, política, etc.). Llega un momento en que la disparidad de cuentas que uno ha creado para establecer fronteras entre las diferentes tipologías hace que la gestión de las mismas sea poco práctico. Al final, la mayoría hace lo que acostumbramos a hacer todos. Gestión única desde un perfil de la realidad tan variopinta que nos rodea. Una cuenta para todo. Una cuenta donde se mezcla lo personal con lo profesional.

Lo mismo podríamos decir de Twitter. En este caso la situación se vuelve más compleja. En Facebook existe la libertad de seleccionar quiénes estarán facultados para acceder a lo que compartamos y en qué condiciones. En Twitter desaparece dicha posibilidad. Se trata de un entorno abierto, donde todo va a ser visible para todo el mundo (a excepción que pongamos la cuenta como privada pero, entonces, su utilidad para establecer redes de aprendizaje sólidas desaparece). Donde la inmediatez es una de sus grandes virtudes (y sus defectos). Donde uno se sabe controlado, donde a uno le importa poco ese tipo de control. Twitter es libertad. Red abierta para que todo el mundo pueda comunicarse de forma rápida. Un lugar con sus propias reglas. Unas reglas que, por cierto y más allá de los límites de la plataforma en cuanto a determinadas cuestiones técnicas, no existen. Al final la línea más profesional (la mayoría de personas relacionadas con el mundo educativo entraron en Twitter para aprender e informarse) se convierte en una línea mixta. La gente se desvirtualiza. La gente cada vez escribe más sobre cuestiones personales. Al final, una balanza. Una balanza que combina lo profesional con lo personal.

Privacidad es un concepto necesario. Las redes tienden a romper ese principio. Un principio que no lo rompen esas redes, es algo que la evolución del usuario hace que el compartir e interactuar se convierta en parte de la adicción a las mismas. Una adicción demasiado sana, más allá de los excesos que se puedan cometer, para establecer diferencias entre lo que es más de uno y esa red de aprendizaje que a tantos nos gusta. Algo que, por cierto y más allá de algunos a los que cualquier cosa relativamente nueva a la que le dan mal uso les parece de frikis o tarados,  se ha convertido en un hogar virtual donde lo personal y lo profesional se funden en cada uno de los tuits o intervenciones en el resto de redes sociales.