La evaluación del sistema educativo

En los últimos tiempos cada vez está más en boga de la clase política el establecer una evaluación del sistema educativo. Una evaluación que, considero a nivel personal, necesaria e imprescindible para controlar y establecer mejoras en algunas prácticas educativas que no funcionan. Aunque, después del artículo que se ha publicado en El País, donde habla de que “la sombra del ranking caerá sobre la escuela“, me gustaría expresar muchas dudas sobre el sistema de evaluación (el cómo se va a evaluar) y los parámetros que han de ser evaluados del mismo.

En primer lugar introduzcamos los elementos a evaluar. ¿Cuál tiene que ser el objeto de dicha evaluación? ¿Los resultados de los alumnos? ¿Una evaluación externa y continua del profesorado? ¿La evaluación de la sociedad que ha engendrado a esos alumnos? ¿La de los políticos que han diseñado el propio sistema de evaluación?

En segundo lugar, y tal como expongo en el inicio del propio artículo, ¿cómo evaluamos? ¿Usamos pruebas tipo test por ser las más fiables? ¿Por percentiles y establecimiento de “normalidades” del sistema? ¿Pruebas específicas para cada situación social y geográfica del entorno del centro educativo? ¿Resultados a nivel conductual? ¿Exámenes de reválida? ¿Competencias básicas?, etc.

Nada. Soltamos la bomba de que vamos a ser muy estrictos evaluando el sistema para obtener una mejora en las pruebas externas y, seguro que un mejor resultado de PISA nos hace obtener los mejores médicos e ingenieros del globo. Aunque, no deja de ser curioso que en la mayoría de países se estén rifando a los ingenieros y médicos españoles (entre otros muchos titulados) haciéndoles ofertas tentadoras para que vayan a ejercer su profesión (la cual no pueden ejercer en el país que les ha formado) al extranjero. Emigrantes cualificados y bien preparados. Defecto de los mismos en la sociedad que necesita una urgente mejora.

Una vez expresadas las dudas sobre cómo y mediante qué evaluar, pasemos a la realidad. Tenemos muchos centros educativos que, a día de hoy, no han sido visitados por ningún evaluador externo (supongo que esa es la función de la inspección) como no sea para pedirles papeles burocráticos. Eso sí, sin olvidar el trámite del año de prácticas al cual se enfrentan muchos docentes, con unos evaluadores de su capacidad profesional más interesados en que sepan hacer programaciones y seguir currículums que en las habilidades docentes básicas. Nombre, apellidos, especialidad y firma. Eso sí, ratificada por el jefe del Departamento de turno (en el caso de secundaria) y rubricado por inspector y director. Por tanto, allí tenemos que meter mano. ¿Cómo? Evaluación continua y eficaz de la práctica profesional de los trabajadores que se hallan en los mismos (y aquí sin distinguir a docentes funcionarios, interinos ni docentes de la concertada -pagados desde el mismo erario que los de la pública-). ¿Quién evalúa a los docentes? ¿Otros docentes? ¿Inspectores que hace muchos años que se han alejado de las aulas? ¿Sus alumnos? Es una situación muy difícil de resolver. Evaluar a compañeros es duro y delicado. No evaluarlos nadie también es malo para el propio sistema. Y, ¿en qué situación se hallan los docentes? ¿Qué grupos tienen? ¿Tienen alumnos de clases altas, medias o bajas? ¿Hay ambiente de trabajo en las casas de las familias?

Tiene alguien que ponerse a evaluar. Los docentes somos los primeros que necesitamos una evaluación continua de nuestro trabajo. No sólo en sentido peyorativo, más bien de ayuda a una mejora docente. No nos damos muchas veces cuenta de nuestros errores y, que nos dijera alguien lo que está mal nos ayudaría. Eso sí, sin olvidar el gran error que es “configurar toda la carrera profesional docente” en base a la antigüedad. Importante, pero no exclusiva. Puede haber un mal docente que lleve muchos años en el sistema, como uno recién aterrizado en el mismo. Y a la inversa.

¿Indicadores de competencia profesional? ¿Productividad del producto elaborado? ¿Qué producto? ¿Cómo medimos nuestra productividad? ¿Cómo número de aprobados? Pues los aprobamos a todos y ya está. Productividad excelente. Algún mecanismo tiene que existir. ¿Reválidas docentes con evaluaciones de nuestras prácticas diarias? Quiero que vengan a verme y que me evalúen. Pero, a mi y a los otros miles de docentes. Eso sí, también quiero evaluar al evaluador. Tengo ese derecho y, creo que ha de ser una obligación.

Sigamos con la evaluación. Hagamos reválida a los alumnos cada cierto tiempo y publiquemos esos resultados. ¿Problemas de lo anterior? Existencia de centros segregadores y mal reparto de alumnos (ya que la escolarización va ligada a las zonas de residencia y, por ello, en los barrios marginales esos resultados serán inferiores). ¿Se puede eliminar ese parámetro de la evaluación? Hay mecanismos para ello. Estudié estadística hace muchos años pero me parece recordar que habia sistemas para evaluar muestras normalizadas de población. ¿Sería buena esa medida? Peor que el nada que existe ahora; lo dudo. Eso sí, si algún centro cae en el error de preparar a los alumnos para esas pruebas en lugar de formarlos globalmente, tan sólo comentar que las mismas pruebas se podrían ver complementadas con exámenes externos por parte de profesionales externos. Docentes que están en otros centros que evalúan a los alumnos de centros que no son el suyo. ¿Se entraría así en competencia? Quizás, ¿pero es tan mala la competencia cuando la misma tiene como finalidad una mejora?

Centros con buenos resultados exportadores de sus prácticas educativas, centros con malos resultados intentando establecer mecanismos de mejora. Si es culpa del profesorado, movilidad. Docente evaluado hasta sus últimas consecuencias, aunque siempre teniendo la posibilidad de mejora en caso de errores propios. Eso sí, sindicatos atentos a la limpieza del sistema. Sociedad en todo momento informada de lo que se está llevando a cabo.

Es colaborar, compartir, mejorar. Tres maravillosos verbos que, permiten una mejora global del sistema y, por ende, de la sociedad.

Siguiendo con la evaluación, la misma es continua y individualizadora (individualizada es ineficaz e imposible -evaluar bajo modelos uno a uno es utópico-). También posibilidad de evaluar al evaluador. El docente actúa de mediador entre la Administración (quien evalúa bajo supervisión de un equipo docente) y los alumnos. Por tanto, aparte de su evaluación, el propio sistema se puede evaluar a sí mismo. Políticos que lo gestionan, equipos que asesoran y, finalmente, sociedad que mejora o empeora.

No tengo miedo a que se hagan ránkings públicos normalizados de centros, no tengo miedo a que me evalúen ni a evaluar. Lo único que me gustaría es que antes de lanzar bombazos mediáticos de evaluación global del sistema educativo nos sentáramos todos los actores implicados en el mismo e, intentáramos obtener el sistema de evaluación más justo y útil dentro de nuestras posibilidades.

Evaluar sin ton ni son no es evaluar. Llamadle evaluación mediática, pero lo mediático sólo vende y no creo que en este caso nos interese vender; más bien comprar una mejora de nuestro sistema educativo.