La historia de los arándanos o por qué las Escuelas no son empresas

arandanoÚltimamente es bastante habitual encontrarnos con diferentes políticos y tertulianos que hablan de la necesidad de gestionar los centros educativos como empresas. Una cuestión que, cada vez, se plantea con voz más alta y cuya aceptación argumental por gran parte de la sociedad está subiendo en los últimos tiempos en un porcentaje apreciable. Es por ello que me permito colgar la siguiente historia. Una historia verídica sobre Jamie Vollmer, un ejecutivo de una compañía de helados cuyos planteamientos cambiaron después de una charla que dio en un auditorio plagado de docentes. Pero no adelantemos acontecimientos y expongamos, en primera persona, lo que sucedió.

Si yo gestionara mi negocio como gestionáis vuestras escuelas, ¡haría tiempo que hubiera cerrado!

Me puse delante de un auditorio lleno de profesores indignados. Profesores que se estaban enojando por momentos. Mi discurso había consumido por completo los 90 minutos asignados. Las miradas iniciales de los docentes se estaban volviendo en inquietantes. Se podía cortar la hostilidad que existía en esos momento en el ambiente con un cuchillo.

Yo representaba a un grupo de hombres de negocios destinado a la mejora de las escuelas públicas. Era un ejecutivo de una compañía de helados, famosa a mediados de los 80, cuando la revista People escogió nuestro helado de arándanos como el “mejor helado de América”.

Estaba convencido de dos cosas. La primera era que las escuelas públicas necesitaban un cambio; eran arcaicas para la era industrial y no respondían a las necesidades de nuestra emergente “sociedad del conocimiento”. La segunda era que los profesores eran la parte principal del problema: se resistían al cambio, se refugiaban en posturas inmovilistas y se protegían bajo el paraguas de un gran entramado sindical y burocrático. En mi empresa sabíamos producir productos de alta calidad. Cero defectos. Innovación continua.

Mirado en perspectiva, el discurso era perfectamente coherente -el mismo porcentaje de ignorancia y arrogancia.

Una vez finalicé, una mujer levantó la mano. De aspecto educado y amable. Era, de hecho, una veterana docente de inglés de un instituto que estaba preparada para soltar sus argumentos.

Ella empezó a hablar en voz baja, “Nos ha dicho, señor, que usted gestiona una compañía que hace buenos helados

Yo respondí con aires de suficiencia, “El mejor helado de América, señora

¡Qué bien!“, respondió ella. “¿Es rico y cremoso?

El dieciséis por ciento de contenido graso“, respondí

¿Ingredientes de alta calidad?“, preguntó.

Los mejores. Nada más que triple A“. Estaba en una burbuja por responder de forma tan fácil.

No me esperaba la siguiente pregunta…

Señor Vollmer“, dijo, inclinándose hacia delante con las cejas levantadas, “cuando reciben arándanos (producto) de inferior calidad, ¿qué hacen?

Se mascaba un silencio extraño en la sala. Presumía que detrás de la pregunta se escondía una trampa, pero no iba a mentir.

Los devolvemos

Ella se pusó en pie. “Eso es“, exclamó. “Nosotros nunca podemos devolver nuestros arándanos. Nosotros los admitimos a todos: grandes, pequeños, ricos, pobres, talentosos, excepcionales, asustados, confiados, sin hogar, groseros, brillantes, con TDAH, artritis, degeneraciones medulares, etc. y les intentamos enseñar Inglés como segunda lengua. Por eso, señor Vollmer, es por lo que no es una empresa. Es una Escuela“.

Como si fuera una explosión, los 290 profesores, directores, conductores de autobús, conserjes y administrativos se pusieron en pie y se pusieron a gritar… “Sí, sí. ¡Arándanos! ¡Arándanos!

Y en ese momento empezó mi transformación. Desde entonces he visitado cientos de escuelas. He aprendido que una Escuela no es un negocio. Las escuelas no pueden controlar su material de entrada, dependen en exceso de los caprichos del político de turno y, están constantemente cuestionados por una horda de personajes que desconocen la realidad de lo que sucede en sus aulas.

Ello no impide que deba negarse la necesidad de un cambio. Debemos cambiar el qué, el cuándo y el cómo enseñar. Debemos dar a todos los niños las mismas oportunidades de prosperar en una sociedad postindustrial. Pero los docentes no pueden hacerlo de forma aislada. Los cambios ocurrirán sólo cuando toda la sociedad se entienda y apoye ese cambio. Pero, más que lo anterior, lo más importante que he aprendido, es que las escuelas reflejan las actitudes, las creencias y la salud de las comunidades a las que sirven. Por tanto, mejorar la educación pública es más que cambiar las escuelas, es cambiar América.

Una anécdota que, a mi entender, se merece una reflexión en profundidad por todo lo que implica.

Comments

  1. says

    Con mucha frecuencia coincido en el autobús con cinco o seis niños que van camino del colegio pastoreados por una chica de nacionalidad indeterminada. Ya de por sí no pasan desapercibidos pero, entre todos ellos, el que llama la atención es Miguel. ¡¡¡Miguel!!!, para ser precisos, que es la manera habitual de llamarle.

    Tiene seis o siete años y es pura simpatía. Mulato, con el pelo muy corto y rizado, de mirada viva y, en todo momento, con una sonrisa. Va de uniforme y con una mochila que tiene, más o menos, su peso y su tamaño. Se sienta siempre con otro niño, un amigo con gafitas, al que le cuenta historias que no deben de ser del todo ciertas, porque provocan risas, gestos y exclamaciones y demandan la intervención, como árbitro o juez, de la cuidadora. Todo un personaje. Una oportunidad o un suplicio para la maestra o el maestro que conviva con él dentro de un aula.

    Porque cualquier profesor tiene su Miguel, inquieto y curioso, y su alumno con gafitas, pausado y socarrón. Y otro con orejas de soplillo, tímido y observador. Y algunos habitantes de otro mundo, que no terminaban de encontrar su sitio en este. Y niñas serenas y firmes desde su infancia. Y multitud de artistas, grandes dibujantes, inagotables contadores de historias o descubridores de ritmos. Todos reunidos en un tiempo y un espacio con un claro cometido: aprender.

    Pero pasan los años y Miguel se aburre o se rebela, hastiado de no moverse, de no tocar, de no jugar y de que su amigo con gafitas ya ni siquiera le responda, mientras que suma mecánicamente una ristra de fracciones. Y cambian el aire, los sonidos y los seres que lo habitan. Y la polifonía tonal se transforma en una nota monocorde, mientras que las musas y daimones de cada cual se marchan o se consumen. O esperan pacientes, hasta que alguien les convoque o vengan tiempos mejores y momentos más propicios.

    http://www.otraspoliticas.com/educacion/miguel

  2. Anónimo says

    Una escuela con excelencia académica es una escuela que logra que todos y cada uno de sus alumnos desarrollen al máximo su potencial y aspieren siempre a alcanzar metas altas. Una fábrica de helados no puede aceptar que cada helado sea diferente, debe garantizar la igualdad en la calidad del producto. Una escuela en cambio debe saber que todos y cada uno de sus alumnos serán diferentes y se llevarán de su paso por las escuelas algo diferente. Nuestro deber como docentes es intentar que todos encuentren en nuestras escuelas lo que necesitan para crecer y desarrollar al máximo sus potencialidades como alumnos y como personas.

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