La identidad docente

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Demasiadas veces se habla de la identidad docente. De la diferencia de roles entre el docente cuando entra en el aula hasta llegar a los que se mantienen en entornos digitales (en caso de tratarse de un docente conectado). Cada vez hay menos diferencia entre ambas y, las mismas, ni tan sólo pueden llegar a ser consideradas diversas en el conjunto que conforma la identidad real de la persona. Una persona, que como docente actúa y que como no docente puede recibir diferentes tipos de inputs. Ello lleva a una cuestión importante: ¿Cómo es realmente la identidad de un docente? ¿Quién puede decir que conoce bien a un docente por muchos ratos compartidos en contextos, jamás alejados lo suficiente, de su tarea profesional? ¿Hasta qué punto las reuniones de docentes, donde se habla fundamentalmente de temas profesionales, permiten un despegue importante de las relaciones de aprecio y empatía entre diferentes personas que forman parte del colectivo? ¿Hasta qué punto la percepción externa demuestra cómo es la identidad real de otro compañero?

Nunca podría estar más de acuerdo con la siguiente imagen. Donde nos hablan de las percepciones (tanto propias como externas). Donde se nos cuestiona la posibilidad de que la identidad docente no sea más que proyecciones encontradas de  cuestiones nada objetivas.

Fuente: Botgirl’s Identity Circus

Un universo identitario formado por cuatro elementos claves:

  • El contexto
  • El tiempo
  • El rol
  • El dominio

Cuatro elementos primarios que nos determinarán las percepción de nuestra identidad. Contextos que limitan (no es lo mismo estar dando una charla a compañeros, que escribiendo en un blog o vertiendo diferentes opiniones en las redes sociales), tiempos en los que influyen diferentes factores (personales o coyunturales), roles que se asumen (docente o no docente) y el dominio donde se halla nuestro ámbito de actuación (a todos los niveles).

Una identidad variable y sometida a diferentes observaciones subjetivas. No es lo mismo cómo uno se ve a cómo uno piensa que le ven. Tampoco se parece lo que queremos proyectar al exterior de lo que realmente proyectamos. Una identidad, por tanto, marcada por la óptica de quien observa y de las expectativas que uno posee. Una identidad docente siempre sesgada y, posiblemente, errónea desde cualquier perspectiva.

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