Estos últimos días, en Cataluña está corriendo como la pólvora la propuesta de plantillas para el curso que viene. Una propuesta que, dentro de uno de sus puntos más controvertidos, es el que permite que el director de los centros educativos pueda asignar dedocráticamente la mitad de su plantilla. Por ejemplo, en un centro de 40 profesores, se permitiría asignar por parte del director mediante pruebas de “dudosa transparencia” (una entrevista personal subjetiva puede marcar la diferencia entre dos docentes), hasta 20 profesionales. Unos docentes que garantizarían el mando. Unos docentes que deberían favores personales y que ello les impediría actuar contra la mano que les da de comer. Una mano muy cercana. Una mano que tendría poder cada año para renovar (o no) la confianza en ellos.
Para todos aquellos que piensen que lo anterior pueda ser calificado de docencia-ficción me gustaría exponerles mi caso en forma de relato. La experiencia de un docente trotamundos que ha ido aterrizando por algunos centros educativos y, a lo largo de dicho devenir, ha visto las arbitrariedades que, sin decreto, ya se iban cometiendo en la elección de las plantillas por parte de los directores.
Permitidme hablar de cuando empecé en esto. Empecé como interino de profesor de FP. Una FP que, al año siguiente, ya se reconvirtió en los dos ciclos formativos actuales (el de grado medio y el de grado superior). Eramos tres profesores en nuestra familia profesional (la de metal). Dos de taller (actualmente profesores de prácticas de FP) y uno de teoría (el de secundaria). De los tres docentes había uno que era funcionario con plaza definitiva en el centro (uno de los de taller) mientras que los otros dos eramos interinos. Al año siguiente desaparece una de las plazas y tiene que saltar uno de los dos del centro. Yo soy interino con más antigüedad que mi compañero y, aparte soy el único de teoría. Por tanto, lo lógico era que desapareciera la plaza de mi compañero. Cuál sería mi sorpresa al descubrir que la última semana de curso me comentan que desaparece mi plaza. Una sorpresa que, siendo el otro profesor de taller, el cuñado del jefe de estudios se puede llegar a explicar bastante bien. Algo que ratifica la arbitrariedad y el amiguismo que existe en los centros educativos.
No nos quedemos con lo anterior. Sigamos la cronología de mi historia laboral. Una vez desapareció mi plaza de dicho centro, apruebo las oposiciones y voy a parar a un centro educativo donde me piden formar parte del equipo directivo. Acepto dicho cargo y permanezco como miembro del mismo hasta que el Departament d’Ensenyament saca la posibilidad de que el director seleccione a dedo (mediante confirmaciones más o menos dudosas) parte de sus profesionales. Una selección que lleva a cabo de forma arbitraria. Una selección que implica hacer desaparecer una plaza orgánica de matemáticas para poder “meter” a una amiga suya de ciencias naturales. Una chica que, por cierto, no era ni interina y que había venido el curso anterior para sustituir por unos meses a la titular de la plaza. Una chica que, curiosamente, y después de dicho nombramiento dedocrático se incluye en el nuevo equipo directivo y se le obliga a dar todas sus horas de matemáticas. Unas matemáticas que no domina. Unos ángulos, senos, cosenos y tangentes que se van demasiado de sus capacidades reales. Unas dudas que cada día pregunta al profesor de matemáticas en la sala de profesores. Un despropósito para sus alumnos.
Podría seguir hablando de mi destino en la Comunidad Valenciana. De un lugar donde, a priori, existe limpieza en la selección de los docentes (por mérito y capacidad). Eso de llegar a un centro educativo y que el director te diga que “es una plaza muy difícil”, que “si me lo he pensado bien”, etc. resulta agradable. Menos agradable resulta cuando te enteras que dichas preguntas se han hecho porque has desplazado al compañero que había el año pasado y que, por decreto (se incrementa una plaza de forma “más o menos rara”) vuelve a aparecer en el centro. Un centro donde ahora está como jefe de estudios y en Comisión de Servicios. Una Comisión de Servicios ilegal porque no dispone de plaza definitiva. Eso sí, un gran profesional para el que eso no debería tener importancia (a pesar de los perjuicios que lo anterior supone sobre otros docentes de su especialidad).
No estoy hablando de casos aislados. No soy sólo yo quien ha padecido este tipo de selecciones dedocráticas. Hablando con compañeros descubro que es una práctica demasiado habitual. Una práctica habitual que a algunos les va bien (les permite dedocráticamente estar cerca de casa) y que permite que los directores puedan tener en el Claustro profesorado que les debe favores. Unos favores que, seguro, se harán pagar.










