Un nuevo diseño para la formación del profesorado en TIC

Una imagen de mi imprescindible compañero Néstor Alonso

Siempre es buen momento para intentar aportar algunas “ideas” sobre determinadas cuestiones que afectan al día a día de la docencia. En el caso que nos ocupa, concretamente, en lo referente a la formación del profesorado en TIC. Una formación deficiente y siempre alejada de la práctica habitual en las aulas.

Cuando uno accede a esto de la docencia, siempre se ve limitado por la calidad y cantidad de formación a recibir. ¿Qué debe aumentar un docente en cuanto a conocimientos? ¿Quién debe impartirle esa formación? ¿En qué formato o encapsulado deben ser propuestas para su consumo? En primer lugar me gustaría negar la mayor. La necesidad de formación en su materia concreta. Es ilógico que, una vez supuestos esos conocimientos y, disponiendo de suficiente capacidad para adquirir los que le puedan complementar de forma autosuficiente, nos tengamos que plantear incorporar cursos de formación o perfeccionamiento en la materia. Si ello fuera así, tal vez nos tendríamos que plantear si el docente está capacitado para impartir su materia y actualizarse. Quizás tendríamos que cuestionar sus capacidades por mucho título y/o oposición que tuviera o plantearnos que el modelo de formación en “reciclaje” tenga que ser en ámbitos superiores. No hablo de cuestiones metodológicas. Cuestiones transversales que se aprenden con el quehacer diario y manteniendo abierta el aula al exterior. Hay mecanismos para obligar a esa apertura exterior. Siempre se le puede “obligar”.

Lo de las TIC es harina de otro costal. Algo transversal que quizás no se ha tocado a lo largo de la formación de ese profesorado. Algo que no han visto ni de pasada en la mayoría de carreras universitarias que les han permitido la incorporación a la docencia. Un entramado de conocimientos de base que, por sus carencias, hacen que el diseño de formación tenga que adaptarse a diferentes ritmos y necesidades.

¿Por qué no plantear un sistema de formación por niveles? ¿Por qué no diseñar un modelo abierto que permita incorporarse en el nivel en que el profesorado se encuentre más cómodo? ¿Por qué no plantearse que no todo el profesorado tiene las mismas capacidades con las TIC pero, que tal vez, deberían llegar a adquirir una competencia igual?

El sistema sería a base de módulos competenciales. Enfocados al uso de herramientas básicas y, a la vez, evaluando dichas competencias mediante la inspección periódica de las aulas de esos docentes. Ver cómo se aplica en el aula los conocimientos adquiridos. Controlar el buen uso de ese dinero que las Administraciones se están gastando en formación. Si se es reacio a penalizar, ¿por qué no proponer diferentes incentivos (no sólo económicos)?

El diseño habría de ser estatal (las TIC no son diferentes según geográfica) y con dotaciones adecuadas para poder aplicar lo aprendido en las aulas. Allí sí que es donde hubiera tenido que entrar un plan Escuela 2.0 en condiciones. Un portátil por alumno… discutible, pero lo de montar equipamiento y buenas conexiones para satisfacer la demanda, es un requisito imprescindible para el éxito de esa transferencia de lo aprendido a los chavales.

¿Qué pasa con los torpones? ¿Con aquellos que saben lo justo de nuevas tecnologías y siempre rebufan porque les cae grande y no tienen ganas de meterse en un nuevo fregado? Los primeros… máxima ayuda. Los segundos, a pasar por el tubo. Evaluaciones de competencias. Evaluaciones en la práctica diaria. Si no se consigue a las buenas, quizás empieza a ser el momento de que nos dejemos la democratización docente y pasemos a evaluar las capacidades de esos que están en una tarea imprescindible de cualquier sistema.

Los módulos de formación habrían de estar diseñados por docentes de aula. Por aquellos que pisan las aulas y que, durante un período no superior a cinco años, diseñarían un plan formativo. Un plan formativo que habría de convertirse en una autoformación en los niveles superiores. Una autoformación basada en entornos virtuales colaborativos donde el aprendizaje entre iguales fuera parte imprescindible de la mejora metodológica de uso de las TIC. ¿Significaría lo anterior la desaparición de los centros del profesorado? Sí. Se trata de un modelo que, por mucho positivo que haya aportado, sigue siendo deficiente en funcionamiento y exportación al aula de la formación. Un modelo que, con la evolución de las nuevas tecnologías, se ha quedado anclado en un reducto poco funcional.

Quizás en un primer momento el diseño y ejecución del plan no significaría un ahorro (en términos económicos), pero conforme el profesorado fuera adquiriendo un mayor nivel de aprendizaje, cada vez sería más barato para la propia Administración. Siendo dicho ahorro directamente repercutible en contratar mayor número de docentes o implementar nuevas soluciones tecnológicas.

Lo que hay ahora no funciona. Los alumnos reciben demasiado poco de los miles de horas de formación en nuevas tecnologías que han recibido los docentes. Los centros del profesorado cada vez están más alejados de la realidad de las aulas (muchos de sus ocupantes llevan demasiado tiempo ahí). Nadie controla la evolución formativa del docente (más allá de los puntos adquiridos para sexenios y concursos de traslados). Se organizan demasiados congresos y jornadas donde siempre hay los mismos, etc. ¿Por qué no optar por un cambio radical en el modelo? ¿A quién no le interesa?

Comments

  1. boss says

    Como alguien dijo en twitter “para decir que Rajoy se ha equivocado habría que saber cuales son sus veraderas intenciones”. Y en esto es lo mismo: ¿realmente se busca un sistema público de calidad?
    Al margen de esto, totalmente de acuerdo con lo expuesto.

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