Una visión crítica sobre la tecnología educativa

tecno_educativaQue la tecnología está transformando las aulas de nuestro país (y de la mayoría de países, ya que la expansión de su uso es un tema global) es algo que pocos, a estas alturas de la película, se pueden atrever a discutir. Que dicha transformación se está realizando más por parte de las individualidades de algunos docentes que usan los nuevos medios para distribuir y compartir experiencias innovadoras que realizan en sus aulas, que por parte de las administraciones educativas también es algo incontestable. Una administración más dedicada a vender mediáticamente la tecnología que a preocuparse de cómo la misma se está usando en las aulas. Una administración sometida a las presiones de determinadas multinacionales para llevar a cabo su transformación educativa. Una transformación educativa mercantilista (o mercantilizada) que permite, sin datos concretos ni investigaciones fiables, seguir apostando por las tecnologías como fin (y no como medio que, al entender de muchos, sería lo que habría de suceder).

No puedo menos que compartir plenamente la opinión de Diane Ravitch. Una opinión que, argumentada en tres usos habituales de la tecnología, hace que se deba replantear completamente la adopción de las nuevas tecnologías en los centros educativos. Una argumentación cuyos pilares básicos son los siguientes:

  • El modelo educativo virtual que muchas entidades educativas (entre ellas, universidades a distancia de dudosa calidad) están utilizando prioriza el conceptos de rentabilidad por encima de la calidad. No es extraño observar tasas de abandono superiores, en un porcentaje que duplica e incluso triplica, a las que se dan en los modelos presenciales. El caso más claro es el de los MOOC ofrecidos por determinadas universidades. Miles y miles de alumnos que, últimamente en los modelos más habituales, abonan cantidades por unos cursos masivos que, posteriormente, abandonan. Un negocio redondo para las universidades que los ofertan.
  • La automatización de las correcciones de los tests y pruebas estandarizadas. Muchas empresas están optando por la distribución de software que, según dicen, facilita la corrección de las pruebas de los alumnos (permitiendo, con ello, un ahorro de tiempo al docente) vendiéndolo como personalización del aprendizaje. ¿Alguien cree que una máquina está capacitada para corregir una prueba que valore realmente el grado de aprendizaje de un alumno? ¿Alguien cree que la personalización de los aprendizajes por parte de elementos tecnológicos es posible?
  • La adquisición y almacenamiento de datos sobre los alumnos por parte de determinadas empresas. ¿Por qué hay tantas empresas que guardan los datos de la evolución del rendimiento de los alumnos, así como sus perfiles personales? ¿Por qué se invierten tantos millones de forma supuestamente altruista (por ejemplo la Fundación Bill y Melinda Gates) para crear un entorno en la nube para recopilar todos esos datos “sensibles”? ¿Existe realmente un interés educativo tras ello?

Unos pilares básicos que habrían de llevar a pensar sobre los motivos de la rapidez de la introducción de la tecnología en las aulas. Unos motivos que, día tras día, nos hacen dudar a más de uno de las bondades de cómo se está planteando dicha introducción. Una introducción que, bajo supuestos de mejora educativa (incluso la revista Forbes publicita apps como la solución a todos los problemas de lectura), debería llevar a cuestionarse el porqué de todo lo que está pasando.

Entre la visión positiva comprada por muchos (incluso que la realidad se empeñe en luchar contra la misma) y la catastrofista, debe haber un término medio, alejado de las intenciones de terceros, que permita una introducción eficaz de la tecnología educativa. Una tecnología que, más allá de su uso, debe ser planteada como un medio más (que se suma a los que ya había) disponible para el aprendizaje. Desterrar el lápiz y el papel, o las herramientas que han permitido un aprendizaje eficaz (cartillas de lectura y escritura) bajo una falsa modernidad o la necesidad de romper con el pasado es un error. Ni todo lo de ahora es bueno, ni todo lo de antes malo. Las dos visiones deben complementarse y desterrar, de una vez, la priorización de modelos económicos por delante de los educativos.