25 de desembre, fum, fum, fum

Hay cosas que no entiendo ni entenderé jamás. Entre ellas la necesidad de juntarse algunos y despotricar, a lo largo y tendido, acerca de esa reunión familiar a la que han acudido “voluntariamente”. Coño, que yo sepa no hay ninguna obligación legal ni contractual de acudir a cenar con la familia. Menos aún cuando se trata de la familia política. Y si eso provoca un divorcio, en caso de haber rubricado ese contrato, humo que chispea. No hay peor hipocresía que sentarse a la mesa con personas con las que jamás cruzarías ni media palabra. Y lo de hacer el gilipollas por no se sabe qué motivo, tampoco lo tengo claro. Bueno, ídem para las cenas de empresa con jefes gilipollas que se sientan a tu lado y que llevan todo el año dándote por el culo. Es lo que tienen algunos: son sufridores natos.

Fuente: https://twitter.com/ferranmartin

Tampoco no entiendo que cuando alguien suelte la típica cuñadez no se le envía a algún lugar inhóspito y poblado por babosas alienígenas. Soportar que, en un bar, comida o fiesta de guardar, alguien se dedique a soltar los típicos mantras de inmigrantes, homosexuales o, simplemente, de las vacaciones que tenemos los docentes, hace que más de uno se pueda considerar que tiene la bula para largarse. Hay un montón de restaurantes abiertos y, a veces, una pizza en casa sabe mejor. Muchísimo mejor. Los cuñados, los que te tocan. Asumir a más de la cuenta ya va en el pack de masoca del milenio.

No todo es bonito en estas fechas. Hay gente que está en los hospitales, existen recuerdos amargos de aquellos que ya no están y, por desgracia, hay una necesidad imperiosa de demostrar que es obligatorio pasárselo bien. Pues va a ser que lo de fingir el orgasmo no mola nada. Menos aún tener que fingir que uno se lo pasa bien cuando, al final, lo único que hace es cumplir con un compromiso social.

Ya si eso sumamos los regalos del amigo invisible. Esos que se sortean y que, curiosamente, siempre te toca alguien que te importa una mierda. No sé hasta qué punto compensa hacer ciertas cosas. Bueno, salvo que uno tenga especial predilección por marcar en el calendario el día (o días) de sufrimiento personal.

Y ya no digamos el tema de los mensajitos reenviados en Whatsapp. Felicitaciones navideñas de alguien con el que has coincidido cinco minutos en la cola del paro. Necesidad de ser bueno estos días porque, al menos cara a la galería, es algo que se hace necesario. Pues va a ser que todo lo anterior es un poco estúpido. Demasiado. O quizás sea un pago social de una sociedad cada vez más falsa. Quién sabe.

La verdad es que, al menos en mi caso, tengo una gran suerte. No acudo por obligación a ninguna parte, como bien y gratis y, por suerte, no existen demasiadas cuñadeces ni cosas que no sucedan en una paella dominical. Así pues uno está curado de sustos. Bueno, algún día tocará subir a YouTube todas esas paellas y lo divertidas que pueden llegar a ser. Nos forramos con la publicidad. Seguro.

Estos días sirven para muchas cosas pero, sinceramente, no cambian a nadie. La vida, cuando acaben las fiestas, va a continuar. Y si a algunos llevamos años sin verlos y sin saber de ellos, por algo será. Un abrazo y pensad que la vida es demasiado preciosa para  tirarla por la borda con tiempos dedicados a algo que no apetece. Menos aún el convertir en obligación algo que debería ser pura devoción.

Olvidaos del asunto porque, por desgracia, sigo con el insomnio. No me lo tengáis a mal. Es que después de enterarme ayer por sorpresa que habían cambiado al Rey y que, poniendo cualquier canal, hacían lo mismo que cuando la tele era en blanco y negro…

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Cuando la Educación se convierte en espectáculo

En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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