Acreditando que es gerundio

Soy un firme defensor de la necesidad de incorporar la competencia digital dentro de las habilidades exigibles a cualquier docente. Tengo muy claro que, al igual que sucede con la necesidad de conocer prácticas metodológicas o, ser capaz de buscar información en inglés para la mejora profesional, en el tema de la competencia digital también debe, uno que piensa dedicarse a la docencia o que ya es docente en activo, saber bastante del tema. No me estoy refiriendo al dominio de herramientas. Estoy hablando más bien de la necesidad de poder gestionar internet, tener competencia en la búsqueda de la mejor herramienta digital en cada momento (sin obligar a su uso por ser digital porque sabéis que, como digo en muchas ocasiones, las herramientas deben mejorar y facilitar la praxis, no complicarla) y, poder trasladar a los falsos nativos digitales que tienen como alumnos estrategias para que mejoren a su vez en esa competencia (léase criba de información en la red, gestión de correos electrónicos, netetiqueta, ciberseguridad y un largo etcétera de cuestiones).

Fuente: http://go.funpic.hu

En Cataluña en el 2014 sacaron un borrador de competencia digital que deberían tener los docentes y, cuatro años después salvo la existencia de diferentes perfiles profesionales en competencia TIC (que no tiene nada que ver con la competencia digital) que regalan en determinados cursos formativos y que, curiosamente, también ofertan algunas empresas privadas, no se ha trabajado más en el concepto. Ya, tal como escribí en su momento era muy curioso que la gestión de la acreditación de dicha competencia digital la realizaran docentes universitarios y economistas. Es lo que tiene montar proyectos de esta envergadura ninguneando a los docentes de etapas obligatorias. Y a día de hoy ni ha mejorado la competencia digital global de los docentes ni la de los alumnos. Y ahí está la clave del asunto.

Ahora resulta que el MECD ha sacado un proyecto de orden sobre certificación de esa competencia digital. Y a mí, como ya tenéis claro los que me leéis habitualmente, hay ciertas cosas que me preocupan del asunto. Espero que me dejéis exponer mis dudas porque es mucho lo que nos jugamos y no quiero acabar como con el tema de la acreditación en lenguas extranjeras. Algo que se ha convertido en un chiringuito para determinadas empresas que regalan títulos y acreditaciones que permiten, sin que uno sepa ni decir «my taylor is rich», poder dar clase de cualquier asignatura en inglés antes alumnos que no son bilingües en esa lengua. Ni lo son ni van a serlo. Por mucho que algunos políticos se empeñen en repetir que lo mejor del mundo mundial es que se dé Historia en inglés, lo que están haciendo es una completa gilipollez. No quiero eso para la competencia digital pero mucho me temo que, al final, se va a convertir en una estrategia para que algunos docentes se coloquen por haberse acreditado (con independencia que sean buenos en dar clase o dominar su asignatura) de forma más o menos torticera.

¿Por qué no hacer, en el caso de la competencia digital y sabiendo los errores cometidos en la acreditación lingüística, las cosas bien?

Un docente que sepa de tecnología y no la use en el aula porque considera que no cubre sus necesidades se podría considerar competente a nivel digital pero, ese no uso de sus habilidades, haría que el mismo fuera considerado, por parte de muchos, como alguien que no es competente digitalmente. Algo que poco tiene que ver con la competencia y mucho con la sensación de competencia que se desprende. Lo mismo en la casuística opuesta. Docentes que hacen sus pinitos con determinadas herramientas, difunden sus trabajos y se les atribuye competencia digital. Algo que tampoco sería demasiado justo porque estaríamos extrapolando una habilidad concreta en una herramienta (o en su uso) a una visión global.

Una vez realizado el inciso anterior, comentaros que, en primer lugar, me preocupa quién hay tras el diseño de dicha evaluación de la competencia digital. Bueno, me preocupa más bien quién va a gestionar dicho modelo de validación de la competencia digital. Por lo que me están comentando ha sido un grupo de expertos que cuentan con el asesoramiento de ciertas empresas que dan cursos para el INTEF. Me faltan los nombres pero lo que sí tengo claro es que el trabajo previo del proyecto no ha contado con expertos acerca del tema. Y en España tenemos personas que llevan muchos años trabajando en competencia digital. Sinceramente, ¿alguien ve alguna lógica a que se diseñe el proyecto sin contar con ninguno de los actores del sistema ya que, la evaluación de la competencia digital se realizará sobre el profesorado de Infantil, Primaria y Secundaria? ¿Alguien cree que si solo incorporamos personas ajenas al aula donde deberá acreditarse esa competencia saben las necesidades digitales de los docentes? ¿Alguien se ha planteado, como mínimo, contar con ellos, con los alumnos o con los padres? Por favor… un proyecto en el que no se menciona en ningún momento a los ponentes en su realización para certificar la competencia digital docente, como mínimo, huele muy mal.

Otro gran problema del asunto es qué empresas u organizaciones van a certificar dicha competencia. Si analizamos quiénes están certificando la competencia lingüística u otro tipo de cuestiones, nos encontramos que dicha certificación va a suponer un nuevo filón de negocio para determinadas empresas. No hace falta ser vidente para ver qué las certificaciones en dicha competencia van a ser emitidas por Universidades privadas, centros de formación privados y, como no, determinados sindicatos educativos. Si la acreditación para dar las clases en inglés se está regalando a un determinado precio en determinados chiringuitos, ¿alguien se plantea que lo de la competencia digital no se convierta en lo mismo? Porque, seamos sinceros, esto de los títulos y las acreditaciones no es más que un negocio.

A propósito, también me chirría el proyecto cuando he visto, en el borrador, qué pedirán para esa certificación (que van por grados de conocimiento -al igual que el sistema de acreditación lingüística-). Unas peticiones que tienen mucho que ver con la teoría y con el uso de determinadas herramientas más que con el análisis del uso de las mismas en el aula. Como siempre, metodología de evaluación y formación del profesorado, en cuestiones totalmente alejadas del aula. Es que, por lo que se ve, ninguno de los que gestionan esto de la Educación tiene pajolera idea de lo que se hace en ellas y, por eso, quizás, se ven imposibilitados a establecer un mecanismo para evaluar la actuación del docente dentro de ellas y con los alumnos.

No quiero que me capaciten en competencias digitales. No quiero que me den un certificado A, B o C en función de mis habilidades con el PowerPoint o por si sé crear una nueva carpeta en el escritorio (de Windows, seguramente). Tampoco por si sé utilizar Moodle o Scratch para reproducir lo que viene en un material prediseñado por terceros. Quiero que, de una vez, se planteen invertir los recursos que se dilapidan en proyectos inútiles como el anterior para dotar de competencia digital real a los docentes. Y sólo hay una manera de dotarles de lo anterior… invertir recursos en formación metodológica mediada por las TIC e inspecciones frecuentes a los centros educativos (para ayudar, no para penalizar) para ver cómo se están usando en el aula. Sí, hay docentes que necesitan ayuda con las nuevas tecnologías pero no creo que darles papelitos bajo supuestas competencias que no son tales sirva de mucho.

Por cierto, resulta realmente curioso que la administración educativa nunca haya preguntado a aquellos docentes que están haciendo cosas fantásticas con las TIC y ejercen una fantástica competencia digital en sus centros educativos. Y hay unos cuantos.

Una vez dicho lo anterior me gustaría aclarar algunas cosas… creo que no es cuestión de hablar de TIC, ni tan sólo de TAC. Se trata de ser capaces de gestionar los elementos tecnológicos que nos rodean. No se trata de ser expertos en nada, se trata simplemente de ser usuarios. Usuarios que, con el nivel de tecnología que hay en muchos de nuestros centros, deben ser capaces de realizar autoaprendizaje. O, quizás, implementar sistemas de actualización en esa relación con la tecnología. Porque de reuniones inútiles se dan muchas. Y qué mejor que hacer sesiones de trabajo sobre qué podemos hacer con las herramientas. Qué usos podemos dar a las mismas. Qué necesidades tenemos. Qué soluciones podemos dar a determinadas situaciones. Porque un banco de conocimientos compartidos sobre el uso de la tecnología educativa resultaría interesante. Más aún en un contexto cada vez más tecnificado y, como no, más exigente en el uso de dicha tecnología.

La incompetencia digital no tiene cabida en la Escuela del siglo XXI porque, la tecnología no es ninguna panacea en el ámbito educativo, pero su expansión en la sociedad que nos rodea, hace que sea imprescindible establecer una correcta relación con la misma pero creo que eso no se va a solucionar con este tipo de acreditación aunque espero equivocarme.

Claro que he visto que hay posibilidad de realizar aportaciones al documento pero, al igual que sucedió con la LOMCE, ¿por qué presentan ya el documento (en formato borrador) en lugar de pedir aportaciones previas? Pues porque ya lo tienen decidido.
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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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