Balconing educativo

Escribir me relaja. Quizás por ello prefiero alejarme un poco de hacerlo acerca de las Jornadas que hemos montado en mi pueblo y explayarme, por si al final sustituye dicho escrito a las valerianas o al copazo de whisky, acerca de la moda que lo está petando en educación: el balconing. Ya si eso nos ponemos a definir el concepto y, seguro que más de uno lo va a entender sin demasiados problemas.

Fuente: Desconocida

En los últimos años hemos visto una gran cantidad de modas educativas, herramientas milagrosas y soluciones a todos los problemas de nuestras aulas que, por lo visto, iban a traernos la redención educativa. Bueno, más bien nos han traído el desprestigio de los estudios universitarios, la existencia de niñatos que no se han leído nunca un libro de pedagogía que van de adalides de la misma o, simplemente, a un nutrido grupo de docentes que hoy van uniformados con el merchandising de unos tipos que viven de los datos que se les suministra. Aquí ni el tato habla de constructivismo, conductismo o conectivismo. Ahora ya es todo taxonomía de Bloom (¿se habrán enterado que, ni la última versión de la misma, cuadra con nada y su aplicación conlleva más problemas que otra cosa?), geniallys, canvas y MOOCs en vinagre. Lo mismo que el balconing. Tipos que saltan sin red de balcón a balcón buscando hacerse un nombre. Bueno, algunos intentando hacerse un chichón de considerables proporciones. Hay mucho flipado del asunto. Y no son guiris precisamente. Ni, tampoco, van puestos de alcohol o drogas ya que, entonces como mínimo, sería disculpable. Nada, saltos a pelo. A pelambrera más o menos frondosa.

Lo de no leerse un libro serio está muy bien. Lo de pasarse todas las investigaciones educativas por el forro de los bajos, también. El problema es ciscarse en las hemerotecas, vender cajas de jamones sin jamón en su interior o, simplemente, paladear cada palabra y frase como si fuera algo divino. Para saber de algo no hay suficiente con buscar en Google. Ni, aún menos ver un vídeo en Youtube. Quizás uno pueda aprender a hacer una torta de almendra pero, o entiende las instrucciones y se plantea sus limitaciones como cocinero o, simplemente, juega a visita de los bomberos. O de algún vecino con ganas de meterle un buen capón porque las llamas han alcanzado su piso. Y con razón.

Los nativos digitales no existen, las inteligencias múltiples tampoco y, todo eso que se usa como lectura de cabecera (léase blogs, tuits o publicaciones en Facebook), debe ir acompañado de material que lo sustente. Cuesta leer pero es necesario. No puede uno vender que sus alumnos lean sin hacerlo él. No pueden hacerse experimentos continuos porque nos jugamos mucho. No puede uno anclarse de forma fija en el pasado porque estamos en el presente. No se puede echar las cartas porque, sinceramente, el futuro no lo conoce nadie. Ni tan solo esos unicornios multicolores a los que algunos loan con fruición.

No son los bancos. No es el Global Teacher Prize. No son los bailecitos descontrolados en las Jornadas educativas. No es el striptease que a algunos nos prohíben porque algunas tienen más sentido común que nosotros. Es la necesidad de no jugar al balconing porque, al final, uno se estampa.

Por cierto, aprovecho este post para pedir a algunos docentes que se han montado un blog-chiringuito que, por favor, dejen de enviarme mails promocionando determinadas herramientas o me digan que se hace la segunda edición de su curso. Me importa una mierda. Por mí, como si queréis hacer balconing pero, si he dejado de leeros y pedir que dejéis de enviarme publicidad engañosa, será por algo.

Ya veis que, de nuevo, el sentido y la coherencia de los últimos artículos, brillan por su ausencia. Es lo que tiene haberse pasado al lado oscuro. Un lado que, por ahora, no me mola nada. Pero nada de nada.

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Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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