Carta de un cascarrabias intolerante

Soy muchísimo más tolerante de lo que pudiera parecer en las redes (especialmente en Twitter) o por lo que escribo en el blog. Tengo una capacidad enorme de pedir disculpas en caso de equivocarme y, cómo no, una afición innata a bucear por internet y la documentación que hay colgada en determinados lugares, para ratificarme en todo lo que digo. Y sí, ya os digo desde ahora que, a pesar de no querer llevarme por la ideología, hay cuestiones relacionadas con la educación y con el modelo, que tienen mucho que ver con cuestiones ideológicas y de modelo social deseado. Pero hay ciertas cosas que no tolero… y con la edad, os prometo, que aún las tolero menos.

Fuente: ShutterStock

No tolero a alguien que manipule lo que digo o haga afirmaciones acerca de la existencia de cosas que no existen. Menos aún que lo haga a sabiendas que está mintiendo y manipulando para decir algo que no tiene nada que ver con la realidad. Sí, en el ámbito educativo también hay hechos objetivos. Y algo objetivo es el montante de la inversión en PIB o, simplemente, el número de docentes que están trabajando en los centros educativos dando clase. No, que haya un cierto número de docentes y un número de alumnos no permite inferir una mierda en relación a las ratios porque, si uno sabe algo de lo que pasa en los centros, sabe que, una ratio de cinco alumnos y una de 35, se convierten automáticamente en una ratio de 20. Qué bonita es la estadística para mentir y manipular. Y lo anterior es sólo uno de los cientos de ejemplos que os podría dar.

Tampoco tolero que con dinero público se paguen a personas que contratan empresas privadas u organizaciones de muy poca moral. No, no me gusta que mi dinero se dedique a lo anterior. Nada que ver con cuestionar a las personas porque, como personas y trabajadores, no tienen ninguna culpa de lo anterior. Lo repito de nuevo, aunque ya lo he repetido en muchísimas ocasiones. Algo que, por lo que se ve, algunos no han escuchado a pesar de seguir mis desvaríos desde hace tiempo.

Mi tolerancia también está en horas bajas con los palmeros de determinados gurús o metodologías que, simplemente buscan aquella coma que me he comido en Twitter para armar un pitoste llamándome poco menos que analfabeto funcional. Ya, los que se masturban cada vez que hacen lo anterior tienen excusa. Es lo que tiene carecer de nadie que les quiera y les sale mucho más barato que alquilarse una peli en Netflix. O bajársela. Que eso también da mal rollo.

Tampoco tolero a los beatos de la educación. A los que lo ven todo de color de rosa pálido mezclado con arco iris de colores. Hay días buenos y malos pero, no por ello deja de ser interesante nuestra profesión. Los pies si no se lavan huelen a queso ya pasado. Lo mismo que esas almejas y mejillones que, una vez abiertos se dejan en el banco aguardando a las próximas Navidades. Todo el mundo tiene derecho a ver las cosas de color de rosa. Yo también lo tengo a no tolerar tanta tontería.

Bueno, los que me venden determinado tipo de formación de nula calidad pues al paredón. Lo mismo que aquellas multinacionales que se dedican a envasar horchata bajo marcas blancas, verdes o azules. Qué hastío. Tolerancia cero.

La verdad es que me he vuelto un intolerante. Un rebelde sin causa. Un cascarrabias sin remisión. Es que todo lo veo mal. Es que, según algunos, incluso estoy empezándome a plantear empezar a dar palizas a quienes no piensen como yo. Bueno, eso jamás. Uno puede ser lo que quiera mientras no me meta en medio. Para los demás de la troupe, un biomanán y… a cagar.

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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