César Bona no es María Montessori

No me gustan algunas de las sandeces que, en ocasiones, Emilio Calatayud, conocido juez de medidas populistas a menores, suelta. Puedo compartir otras y, a pesar de ello me preocupa que, para desmontar sus afirmaciones, se use ese tipo de vocabulario tan vacío de contenido del que se ha poblado últimamente la mediatización educativa. Desmontando a Emilio Calatayud no es más que otra pataleta infantil para defender la existencia de un modelo de escuela que no existe para contraponerlo a esa escuela divina e innovadora que tantos forofos de la viralidad, trinque y ausencia absoluta de evidencias científicas, demandan. Lo sé, todo el mundo tiene derecho a defender lo que le apetezca. Y, al igual que lo anterior, todos tenemos derecho a cuestionar esas apetencias. Por suerte hay libertad de pensamiento y escritura. Bueno, cada vez menos pero algunos seguimos aprovechando esos pequeños resquicios.

Fuente: https://commons.wikimedia.org

Emilio Calatayud no defiende la escuela tradicional ni la clase magistral. Defiende un modelo de pedagogía que, por suerte dejó de existir -si alguna vez lo hizo- hace muchísimas décadas. No, el problema no es la clase magistral, ni la instrucción directa, ni la memorización, ni tampoco la construcción del aprendizaje mediante modelos de escucha activa. El problema es el considerar que existe dicha uniformidad, vender como clase magistral lo que no es e intentar, dentro de las escasas pruebas científicas que existen actualmente, diseñar un modelo educativo que hace copia y pega de cosas de antaño, mezclándolo con anglicismos varios e, introduciendo la viralización de las mismas para que se estén adueñando de todo el mercado. Hablo de mercado porque, en definitiva, no es más que el típico carromato de buhonero, empujado por algún que otro animal de tiro, que se para a vender sus múltiples productos para la alopecia, el mal de ojos e, incluso, esa hemorroide salvaje que se empeña en dar la tarde cada vez que algunos van de vientre. Es por ello que no conviene afirmar lo que ya sabemos: que es muy fácil opinar desde la barrera y difícil lidiar desde el coso. Ya, lo sé. Me podéis flagelar por la comparación y por el uso en ocasiones de trincheras porque dar clase no es ir a la guerra (salvo algún grupo de PMAR o FP Básica) pero es esa tradición mal entendida de las comparaciones decimonónicas.

Veo correcto que cada uno vaya a lo suyo y el organismo se especialice (me gustaría saber cómo cuadra eso con el trabajo cooperativo y la transversalidad pero no voy a intentar hacer sangre hacia el pobre articulista). No veo mal que uno hable de lo que le apetezca ni que tenga ideas propias. Miente quién diga que jamás ha hablado de medicina, de los productos que le van bien para la cefalea o, simplemente, de recomendaciones culinarias aunque no sea un chef de tres estrellas. Hablar de todo nunca puede ser peyorativo. El problema es tomarlo como verdad absoluta o creerse a determinados tertulianos. Preocupante, mucho más, cuando dicho tertuliano es escuchado por quién tiene que gestionar un servicio como el educativo y, en su formación o experiencia, aparece nada relacionado con la educación. Otra cuestión es el poder hablar. Y ahí yo soy el que más permisividad otorgo. Otra cosa es el caso que se les haga.

La demagogia educativa no es propiedad del señor Calatayud. El propio educador (sic.) que firma el artículo hace suya la demagogia. Comparar a María Montessori con César Bona es de traca. No es lo mismo. Al igual que no es lo mismo un docente de aula que cuenta cuentos, que uno que vive del cuento. Mis experimentos de Quimicefa no me hacen aspirar a ser el Premio Nóbel. Bueno, ahora eso de los premios, al menos en el ámbito educativo, está muy desvalorizado. Tanto que incluso me dieron uno a mí. Así que ya veis…

Las competencias son algo mucho más complejo de lo que habla el jurista. Mucho más aún de lo que habla quien redacta el panfleto defendiendo la homeopatía educativa más torticera. Seamos sinceros, si preguntas a mil docentes, novecientos noventa y nueve no lo sabrán y el que falta no te podrá contestar porque estará montando un vídeo para flippear la clase. Las competencias no son la adquisición de habilidades para la vida. Son la adaptación/uso/consolidación de aprendizajes para poder desenvolverse en la sociedad que nos rodea. Eso es ser competente. Eso es aprendizaje. Ya, no vende relacionar conocimientos con competencias pero son dos conceptos que van indisolublemente ligados.

Y ya si esto de comparar la vieja pedagogía frente a la educación emocional, el aula invertida, el aprendizaje por proyectos, la asamblea, el trabajo cooperativo, los valores cívicos, las inteligencias múltiples, la tecnología o la gamificación lo dejamos para otro día. Eso no es vieja ni nueva pedagogía. Eso se denomina aprendizaje y medios para que nuestros alumnos aprendan. Por cierto, recordar que el tema de las inteligencias múltiples ha quedado totalmente defenestrado después de múltiples investigaciones independientes que lo desmontan.

Eso de los entornos educativos más naturalizados y flexibles como que ya me he perdido. Es lo que tiene ser un simple docente de aula.

Mi particular y personal opinión acerca de un "desmonte" que se intenta convertir en otra cosa.
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En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

2 Comments
  1. Hola.

    Acabo de descubrir tu blog buscando precisamente críticas a nuevas corrientes metodológicas como la que representa César Bona. La verdad sea dicha, he quedado un poco decepcionado con las entradas que te he leído sobre el tema.

    No planteas críticas concretas a los principios metodológicos contra los que has declarado esta cruzada. En lugar de ello, creo que las caricaturizas por medio de falacias de hombres de paja. No veo tampoco que expongas evidencias empíricas sobre las que apoyes tu postura. En resumen, no entiendo el propósito de lo que, a mi parecer, no son más que libelos.

    Además, creo que esa carencia de argumentario acaba afectando hasta a tu prosa. Párrafos muy largos pero repletos de redundancias y divagaciones que rompen la coherencia discursiva de lo que, esperaba, fueran críticas rigurosas.

    Mi único afán con esta reseña es aportar una opinión que contribuya a la mejora de un blog que, al menos según me parecía desde fuera, tiene como objetivo la difusión de conocimiento útil para la práctica docente desde la experiencia de un docente que trabaja dentro del aula. Desafortunadamente, no he podido extraer ninguna información útil para mi práctica de estas entradas anti-Bona.

    1. Hola Alberto,

      Uno no debe buscar crítica a nuevas corrientes. Debe investigar por su cuenta para intentar, con lo leído, hacerse una idea acerca de qué subyace tras determinadas cosas, adaptar algunas y refusar otras.

      En el caso que comentas de este post, el objetivo no es hacer de libelo o de panfleto (no tengo nada qué defender). No uso falacias de hombres de paja ni argumentos de autoridad. Simplemente reflexiono desde la experiencia que me da ser docente de aula a lo largo de veinte años. Claro que tiene muchos sesgos lo anterior pero es lo único que puedo aportar. Eso e intentar plantearme que quizás no sea todo tan bonito como algunos pretendan creer.

      No soy un literato. Tampoco me avergüenzo por ello. Quizás sea la divagación lo más interesante del asunto porque, al final, aquí no intento «vender» nada y sí reflexionar para llevarme un determinado aprendizaje. Algo que me he llevado con tu comentario aunque, debo decirte, que nunca ha sido el objetivo de este despropósito literario el ser anti nada 😉

      Un saludo y gracias por comentar.

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