Charlottesville, el futuro de la sociedad española

Resulta curioso ver como gran parte de la sociedad española se echa las manos a la cabeza al ver las manifestaciones racistas de Charlottesville. Muchos tertulianos hablando acerca de las causas y, cómo no, explayándose en función de su ideología política defendiendo o denostando a determinados políticos americanos. Ya, todos sabemos que Trump, no olvidemos que al igual que Hitler fue elegido democráticamente, es alguien nocivo pero, en este caso, la situación que se ha dado tiene muy poco que ver con él (aunque tampoco ayude su figura) y mucho con una situación que lleva décadas fraguándose. Sí, desde el momento en que existen barrios para blancos y para negros, escuelas donde existen auténticos guetos y la proliferación de escuelas charter, no es nada extraño que suceda lo anterior. Menos aún cuando, al final, lo único que se hace es aumentar los motivos para seguir segregando desde la más tierna infancia.

Fuente: Getty Images

¿Será Charlottesville el futuro de la sociedad española? ¿Se están cometiendo los mismos errores en España y su recepción de inmigrantes que en otros países como Francia o Alemania donde, cada cierto tiempo, hay estallido social? ¿Realmente lo estamos haciendo bien para que no suceda lo que estamos viendo escandalizados por los medios? Pues va a ser que no. Imitamos ciertas prácticas. Usamos la discriminación por razón de raza, género u orientación sexual (entre muchas otras) para mantener una política educativa que está generando auténticos guetos. Seguro que para algunos que existan centros con más de un 65% de alumnado inmigrante mientras que, en otros, no llega al 1% resulte beneficioso. Si no fuera así no se explica que una de las principales causas de algunos padres para escoger determinados centros educativos sea, en primer lugar, la ausencia de determinadas razas o etnias. Pero no son sólo los autóctonos los que defienden esa segregación ya que también hay muchos inmigrantes que prefieren juntarse sólo con sus congéneres. Y ahí tenemos la gasolina. Gasolina que, encubierta bajo la libertad de elección -o segregación- de los padres, hace que sea extraño ver en determinados centros una mezcla heterogénea de razas y condiciones sociales. Seguro que lo justificaran bajo el mantra de no encontrar problemática en los centros y que sus hijos no tienen porque soportar alumnos disruptivos. Perdona… ¿estamos asociando un determinado color de piel o etnia a la conflictividad desde que uno nace? ¿Realmente alguien cree que se puede luchar contra la segregación segregando? ¿Realmente nadie se está dando cuenta que ya será tarde cuando nos encontremos, aunque ya lo estamos viendo con algunas bandas latinas de jóvenes, una problemática importante con el tema? Bueno, seguro que a algunos les importará bien poco mientras todos los hechos sucedan lejos de sus barrios pero, al final, llegará un momento en que ese barrio tan maravilloso que tienen también se convertirá en parte del problema.

Hoy estamos todos llorando amargamente por la suerte de varios jóvenes que han muerto atropellados en los disturbios. No se trata de intentar taxonomizar el asunto. Se trata de encontrar soluciones para que, dentro de bien poco, esto no suceda aquí. Bueno, seamos sinceros, ya está sucediendo aunque, por suerte, aún sigue siendo cosa de cuatro. El problema es cuando esos cuatro se convierten en cuatro mil y, al final, esos cuatro mil en cuarenta mil. Y ahí la educación tiene mucho que hacer. No sólo la que se da en la escuela, también el ejemplo de las familias y la perversión administrativa que permite que existan, en pleno siglo XXI, centros gueto. Es muy complicado luchar contra la desigualdad pero, sinceramente, no creo que la mejor solución sea incentivarla manteniendo centros con el dinero de todos que la potencien. Eso sí, cada uno es libre de defender lo que quiera pero, cuando dentro de unos años la situación explote definitivamente, que nadie diga que era algo inesperado.

El problema nunca ha sido la inmigración. El problema siempre ha sido la cerrazón de algunos, la discriminación y, por desgracia, la necesidad de educar a los niños en un determinado modelo educativo. Bueno, eso y una mala distribución de recursos que ha convertido los centros educativos, parques y lugares donde se hallan quienes no tienen ningún problema ni prejuicios apriorísticos, en zonas muy bien delimitadas.

Y cuando desde determinados centros educativos hablan de respeto a todas las razas, religiones y orientaciones sexuales sin tener ni un solo inmigrante, estar rodeados de crucifijos o, simplemente, venerando un determinado modelo tradicional de padre-madre-hijo/s con claro reparto de tareas entre niños y niñas (sí, hay colegios que segregan por sexo pagados con los impuestos de todos) ya uno empieza a vislumbrar el desastre. Por cierto.. no, no es demagogia. Lamentablemente, es realidad.

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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