Claustro 3, 2, 1… ¡acción!

Los que me seguís habitualmente en las redes sociales seguramente os habréis dado cuenta que, en muchas ocasiones, uso el blog como mecanismo para alargar un planteamiento algo más de los 140 caracteres que me permite mi red social favorita. Éste es uno de esos casos: un debate acerca del artículo de Dolores Álvarez (@peralias) acerca de los Claustros, su utilidad y su gestión. Un tema controvertido por la gran cantidad de sombras que planean acerca de una reunión cuyo objetivo para la mayoría es que no sea muy largo y para ciertos equipos directivos que se eviten las críticas que pueden surgir en las típicas cuestiones finales en las que se da voz al profesorado.

Me encanta leer a Dolores (me permito el tutearla porque creo que lo agradece). Me encanta su visión acerca de la educación. Me encanta su optimismo y dinamismo. Me encanta ver la Educación en mayúsculas desde los ojos de una maestra jubilada. Aunque no coincida en algunos planteamientos con ella, es una voz siempre a tener en cuenta para aquellos que queremos mejorar en nuestra práctica docente (que, por cierto, es más de plantearse cosas que de hacerlas -y con ello no estoy menospreciando el día a día del aula, ni mucho menos-).

Fuente: Indalecio Ojanguren (Archivo General Guipuzkoa)
Fuente: Indalecio Ojanguren (Archivo General Guipuzkoa)

Hoy sí que quiero aportar mi punto de vista acerca de los Claustros. Claustros que he vivido como docente receptor de los mismos y parte de  un equipo directivo. Reunión de pastores que, en demasiadas ocasiones, demuestra la inoperancia de un sistema de trabajo que tiene más de «obligación» que de «devoción». No hay devotos en el Claustro salvo que uno no tenga más vida que la puramente laboral. Hay sufridores. Sufridores y pescadores de alguna ignota luz que les permita que las manecillas del reloj avancen más rápido de lo que lo hacen.

Un Claustro sólo sería efectivo si dejara de ser un Claustro. Claustro dice mucho de organizaciones cerradas, de anacronismo, de funambulismo entre diferentes actores de un circo. Tiene mucho de macabro, de tétrico, de artes arcanas. Claustro suena a fumatas negras y blancas. Claustro, ya de por sí, tiene feo el nombre.

Cerrar un lugar para deliberar de forma poco transparente tiene mucho de algo decimonónico. Prohibiciones directas o indirectas de publicar lo que se habla. Sanciones a quienes lo hagan. Deliberaciones acerca de algo tan importante como es la gestión de un centro educativo sin contar con casi nadie de sus actores. Y no, el Consejo Escolar no suple esa falta de transparencia por mucho que uno quiera ponerle ganas.

No me gustan los Claustros por lo que implican. No me gusta los Claustros porque la gestión de los mismos en la mayoría de los centros es nefasta. No me gustan los Claustros porque, por mucho que algunos puedan parecer interesantes, se acaban pervirtiendo bajo una patina de documentaciones, informaciones y exposiciones de temas tan poco interesantes como pueden ser la necesidad de cambiar o no las llaves de las puertas de las aulas. Que no, que eso como docente me interesa más bien poco. Dejémoslo en nada y pasemos del eufemismo anterior.

Mantener reuniones improductivas sin dotarles de significado es algo que suena más a timo que a otra cosa. Reunirse por el hecho de reunirse (no olvidemos que se convocan sólo los tres Claustros prescriptivos en los centros para cumplir el expediente) es algo tan absurdo que no puede tener cabida en la mente de nadie cuyas neuronas disten aún un poco de estar completamente oxidadas. Ni cabida ni sentido.

Plantear una reunión y convocar a todo el profesorado para hablar de algo que tiene poco que ver con la función principal que debería ser la de la docencia (en su acto y preacto) es preocupante. Más aún cuando se sabe de facto. Incluso por mucho que algunos intenten disculparlo y encontrarle una utilidad que, tal como están montados y ejecutados la mayoría, es inexistente.

Empieza el curso y la diarrea de las reuniones improductivas. Claustro 3, 2, 1 y… ¡acción!

EDUENTERTAINMENT

Cuando la Educación se convierte en espectáculo

En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
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