¡Cobarde!

No puedo menos que confesar que, pasados ya un tiempo considerable desde una videoconferencia, aún me tiemblan las piernas y siento un pánico atroz. No, no hay posible gradación al pánico sentido porque, por mucho que aparente que pueda ser una cosa, en la realidad soy mucho menos valiente de lo que pueda parecer. Muchísimo menos. Y, por eso, en días como hoy, sale esa parte de mí que intento mantener oculta a buen recaudo. Una parte que se empeña, cada cierto tiempo, en recordarme que lo de las bravatas y el ser bocazas, a veces, tiene sus consecuencias.

Fuente: ShutterStock

Vamos por orden porque, estoy seguro de que más de uno al leer lo anterior se teme lo peor. No, el pánico no ha sido por malas noticias. Ni mucho menos. Hoy he podido hablar con uno de los máximos responsables de una determinada empresa muy conocida y, salvo mencionarla, me permite esbozar de qué hemos estado hablado. Y hemos hablado nada más y nada menos de la posibilidad de «hacer algo por la educación» con un capital prácticamente ilimitado. Sí, he dicho prácticamente ilimitado. Hay interés en el ámbito educativo y, quizás ahora interesa la inversión sin recuperación de la misma a corto plazo. Ya, como ya sabéis, mi duda ha sido al plantearle (a él y a la otra persona que tenía a su lado) por qué esa inversión sin retorno. Y el típico discurso de no me creo nada. Ya, no me cuesta hablar de determinadas cosas ni me muerdo la lengua. Esté quién esté al otro lado de la cámara o delante de la mesa.

Me han preguntado cómo creía que debería invertirse esos recursos. De la necesidad de planificar la posibilidad de crear centros educativos con subvenciones de la multinacional o, simplemente, de la adecuación de determinadas prácticas de «visibilidad» para intentar dotar a la marca de unas ciertas posibilidades de acción. Sí, ellos tienen claro que el dinero no lo es todo y que, al final, esto de la educación es algo que algunos ya hace tiempo que han empezado a copar (con estrategias más o menos conocidas). La verdad es que en ese momento me ha salido la vena proletaria y les he espetado que lo mejor que podían hacer las empresas es dejar a la educación al margen. Risas y más risas al otro lado de la pantalla. Un iluso se les ha escapado en ese momento. Tienen su parte de razón.

Después de cerca de una hora con sus dimes y diretes, explicando mis ideas acerca de qué consideraba que debía ser la educación (se agradece que hubieran leído mis artículos en el blog porque, alguno lo tenían subrayado al lado), ellos me dijeron el motivo básico para haber contactado conmigo: ofrecerme un puesto de trabajo. Sin salario marco, sin horarios a lo largo de tres años (disponibilidad absoluta) y, sin nada que distrajera el trabajo que pretendían que hiciera para ellos. Un trabajo que, por lo visto, consistiría en que les asesorara dentro de un grupo que estaban formando a la hora de tomar determinadas decisiones que tenían medio elaboradas. Bueno, en ese momento de pánico, les he preguntado si también tocaría llevar una gorra con el logotipo. Ya, cuando me pongo nervioso digo las chorradas más impensables.

Dolor de barriga, retortijones extremos y, supongo, que la voz más temblorosa de lo habitual para decirles que no. Y no, no tiene nada que ver con mi concepción de la educación ni de la imposibilidad de poder trabajar para ellos por motivos variopintos. No, es un tema más personal que han entendido perfectamente. No han insistido (cosa que les agradezco) y me han emplazado para enviarme, sin ningún compromiso, los proyectos que van a llevar a cabo en breve.

Ahora ya os dejo que lo digáis… cobarde. Pues sí, y a mucha honra.

Muchas gracias por haberme permitido esbozar retazos de la conversación. Espero que la próxima, que la habrá, sea con luz y taquígrafos ;)
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Cuando la Educación se convierte en espectáculo

En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

6 Comments
  1. Que una empresa no busque beneficios a corto plazo (no soy del ramo, vaya…), se considera una inversión. Me ha parecido entender que ha habido un rechazo a la propuesta y me alegro. En el caso contrario, desde luego lo respeto. Y si hace falta alegrarse por quien nos ha dado tantas alegrías, pues se alegra una. En todo caso no me parece que dudar sea de cobardes. Quienes tildan de ilusos a los demás suelen vivir de ilusiones (no confesas) más absurdas todavía. Estaría bien saber algo más de eso. De hecho viven a costa del ilusionismo, propio y ajeno, más aberrante. Me pregunto a veces si saben a dónde van.

    1. Tengo claro que lo de no buscar beneficios a corto plazo se denomina inversión. También sé que tras la propuesta hay cierta necesidad de incorporar un producto/servicio al mercado para obtener, a medio-largo plazo beneficios (sean directos o indirectos) de dicha inversión inicial. Mis dudas no son precisamente de cobardes poque, sí que ha habido cobardía pero, más allá de eso, una situación personal bastante compleja.

      Y sí, en el fondo he actuado con cobardía porque, al final, quién ha valorado o ponderado el qué. Es complicado.

      Un saludo.

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