¿Cómo seleccionan a ponentes y formadores las administraciones educativas?

Nunca me he metido con las empresas que, dentro de sus discrecionalidad, deciden elegir a tal o cual persona (docente o no) para que imparta una charla o dé una determinada formación dedicada a profesionales de la educación, padres o alumnos. Jamás voy a entrar en la manera de gestionar el dinero privado, siempre y cuando el mismo se gestione con arreglo a la ley vigente. Una empresa, que obtenga parte de sus ingresos del sector educativo, tiene todo el derecho a contratar a quién quiera bajo la premisa que considere oportuna (ideología, aspecto e, incluso, por motivos que tengan mucho de subjetivos y poco de razonables). No es mi problema. Yo decidiré libremente si acudir a su formación o no. Además, al estar pagado con dinero privado, no se tienen que seguir los criterios que, presumiblemente, deberían imperar para las contrataciones con dinero público.

Fuente: https://www.noticiastoday.es

El problema es la selección de profesionales que realizan las administraciones educativas para dar charlas o cursos. Nunca he visto ningún proceso meritocrático o, simplemente, una selección más allá del típico «conozco a este que tiene un blog o, a éste que es amigo mío o amigo de algunos de los que ya han dado algún curso para nuestra administración». Sí, la selección de los que imparten cursos o dan charlas, tiene mucho de subjetivo, amiguismo e, incluso, de clamorosos ninguneos a quienes, por determinados motivos, se han posicionado ideológicamente en las redes sociales o por cualquier otro medio, contra el partido político que dirige determinadas Comunidades. Uno es difícil que dé cursos para el INTEF si no se posiciona de forma afín, ahora al PP, antes al PSOE (aunque se admiten algunos de ambos porque se sabe que tarde o temprano van a ir rotando) o tiene la «suerte» de tener conocidos ahí. Es algo muy curioso. No se valora la calidad de la formación, se valora la persona. Se valora su popularidad en las redes. Se valora que tenga un blog. Se valora lo que vende y no lo que sabe. Y así nos encontramos a magníficos formadores y a formadores, entre malos y muy malos. Es cuestión de suerte. Los amiguetes no lo copan todo y a alguno que sabe (por suerte más de uno) tienen que contratar. Eso sí, el proceso… opaco, opaco, opaco.

Veo mucha formación que ofrecen las administraciones públicas que se adaptan al formador. Son, curiosamente, los mismos colegas de metodologías magistrales que trabajan en las asesorías, los que contratan a los que defienden la misma metodología que ellos creen milagrosa y, para ello, se dirigen a los mismos con los que ya comparten a menudo cafés y «quedadas». Bueno, ahora lo de las «quedadas» está en horas bajas pero los que ya lleváis un tiempo por aquí me entenderéis. No hay puntada sin hilo. Todo es muy raro y, en ocasiones, huele demasiado a contrataciones dedocráticas por motivos muy poco profesionales. Y eso que entiendo que si uno no está en las redes, no publicita/vende lo que hace en su aula y se da a conocer, es muy complicado que le llamen para dar un curso. Con lo fácil que sería investigar la trayectoria profesional de la gente que se contrata en lugar de contratar por lo que dicen los propios contratados. Con lo sencillo que sería, por ejemplo, para dar charlas de mindfulness, contar con profesionales, titulados en psicología, que pusieran en valor el modelo o se encargaran de criticarlo con argumentos coherentes, en lugar de contratar a un maestro que cuelga fotos en su blog haciendo mindulness con sus alumnos. Lo sé, no se busca la profesionalidad de los ponentes ni de los formadores. Se busca otra cosa.

La verdad que, al menos en mi caso, he dejado de hacer mucha formación que ofrecen las administraciones educativas porque, una vez he llegado a ellas, me he encontrado a alguien que, supuestamente era un experto y cuyo discurso sólo colaba a alguien que no tuviera ni idea del asunto. Está muy bien que te apetezca sacarte un sobresueldo impartiendo cursos y que, conociendo al asesor de turno o al contratante, puedas dar un curso hoy de ABP, mañana uno de inteligencias múltiples y, la semana siguiente, uno de Arduino. El problema es que no cuela. Se puede saber muchas cosas pero, por desgracia, no en suficiente profundidad para poder impartir formación a docentes que, en algunos casos, no vienen a pasar el rato y a certificar el curso, y sí a aprender.

Falta mucho por hacer en cuanto a la transparencia y el buen hacer de las administraciones educativas en el tema de la contratación de formadores. No se trata de contratar a quien escribe libros, alardea de ciertas cosas en su blog o redes sociales o, simplemente, es afín ideológicamente a la administración de turno o es uno de esos «amiguetes» que conozco. La cosa es mucho más seria porque, al final, lo que nos estamos jugando es la calidad de la formación docente. Una calidad que, lamentablemente, dista mucho de ser la correcta porque, aunque hay grandísimos formadores, hay demasiados que lo son por cuestiones que tienen muy poco que ver con su calidad.

No es una crítica a la necesaria formación en ciertas metodologías o herramientas. Sí al sistema -o más bien a la falta de él- transparente y meritocrático de selección de ponentes y formadores con dinero público. Porque ya cuando te encuentras a personas que, ni son inspectores, ni abogados, ni han sido nunca directores de un centro educativo, impartiendo formación a futuros directores, ya ves que algo no va demasiado bien. Y es sólo un ejemplo muy puntual de los miles de ejemplos que os podría poner.

Una aclaración... yo sí que he dado formación remunerada para docentes, siendo contratado por algún centro de profesorado, y cobrando con dinero público. También voy a seguir haciéndolo pero ello no obsta a que me gustaría que, más allá de contratarme por el blog o por las redes sociales, lo hicieran porque conocen mis capacidades y trayectoria profesional.
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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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