Con ganas de vacaciones

Va a ser que, al igual que la mayoría de mis compañeros de aula, empiezo a llegar al límite de mis fuerzas. No es sólo el buen tiempo que parece que ha venido para quedarse el que hace que, mirando por la ventana, a uno le apetezca más estar tomando algo en algún chiringuito de playa que dando clase mientras los goterones de sudor van resbalando por las mejillas. Es ver como, ni la actividad de los chavales era la de hace unos meses ni, por desgracia, su capacidad de atención o, simplemente, la tolerancia de ellos y la tuya a determinados cuestiones está en su punto más álgido. A estas alturas de curso, dar clase no es que sea complicado… es que es una misión imposible de esas que van por, en mi caso, la decimoctava temporada.

Fuente: http://cositasderoci.blogspot.com.es

Ayer me invitaron a asistir a unas charlas. Sí, a algunos no les entra en la mollera que, lo de ir a jornadas educativas en sábado -y más a estas alturas de curso- es tan malo como tomarte una bebida congelada a nitrógeno líquido después de correr una maratón. Ya está bien de reducir los fines de semana y los festivos para formarse porque, sinceramente, es como decir que mi trabajo no tiene horario y, tengo ganas de regalarlo, con todo lo que ello implica. Qué no, que el personal tenemos familia y ganas de estar con ella. Y poniendo en una balanza los pros y los contras, salvo que uno no quiera aparecer en casa, mucho mejor quedar con la gente que te apetece en una terracita disertando sobre cuestiones más banales que realidades aumentadas, mindfulness o, simplemente, permanecer en silencio mientras alguien va desgranando toda su sabiduría. La verdad es que, como he dicho antes, llego muy fundido a estas alturas de curso y quizás sea por eso mi perspectiva y mi necesidad de huir de la inmensa mayoría de propuestas de formación que se plantean después de una semana agotadora de trabajo. No es malo ir pero… si es por el simple hecho de ir y dentro de la capacidad de elección que tenemos algunos, se prefiere descansar un poco más, disfrutar leyendo y/o escribiendo y, por qué no decirlo, esperar con ansia la hora del aperitivo en ese barecito en el que toca un poco de aire. No es ser muy buen docente según los cánones actuales de flagelación y necesidad de estar las veinticuatro horas de los trescientos sesenta y cinco días aprendiendo y formándote pero, es que uno ha nacido para disfrutar de su vida y sabe que su trabajo, por mucho que le guste, es sólo un trabajo. Bueno, un trabajo cuya clave está en cobrar a fin de mes, en las vacaciones y en buscar, por todos los medios posibles, que los chavales que tienes delante de lunes a viernes aprendan.

Me gustaría conocer el secreto de aquellos que a estas alturas siguen frescos para seguir dando charlas, montando experiencias fantásticas con los alumnos y conseguir que, cada uno de los días de clase o de guruseo, se tengan más energías que en el día anterior. Yo estoy en período chof. Peor que eso. Estoy llegando, sin prisa pero sin pausa, a ese estado de no poder con mi alma cada vez que, a las ocho y media de la mañana me suena el timbre para empezar la primera clase del día. Y eso que, para que los chavales no lo noten demasiado, intento disimularlo pero debo reconocer que cada vez es más difícil.

No puedo más y estás últimas semanas se me están haciendo muy cuesta arriba al igual que a la mayoría de mis compañeros. No hace falta preguntar, sólo hace falta ver la cara de tus compañeros a primeras horas, ver su rictus al cabo de las horas y, mirarles fijamente el andar cuando suena el timbre que indica que ya se pueden ir para casa.

Puedo entender que desde fuera se vea este artículo como un brindis al sol acerca de un trabajo que, para muchos, sólo tiene su vertiente vacaciones. Sí, lo de la crítica a las vacaciones de los alumnos y docentes siempre ha sido algo que, para muchos, es esa larga coletilla que se ha aceptado por difusión de la misma pero, sinceramente, a esos les digo que, a día de hoy, algunos estamos totalmente agotados. Yo estoy agotado. Mis compañeros están agotados. Y también los chavales. Que esto va en pack. Que el agotamiento en educación es algo que no entiende de edades, razas o sexo.

Necesito con urgencia vacaciones para intentar descansar un poco de este curso que, al igual que los dieciocho anteriores, acabo contento por muchas cosas, preocupado por otras y, completamente destrozado físicamente.

Salva, la próxima vez me invitas a un almuerzo de esos que ya sabes 🙂
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Cuando la Educación se convierte en espectáculo

En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

1 Comment
  1. El curso es muy largo. 175 días, 20 horas lectivas, clase de más d e20 alumnos cada uno con sus peculiaridades, tardes, reuniones, papeleos, actualizaciones, programaciones….
    ¿El curso es muy largo? ¿Enseñar aburre? ¿O es todo culpa del entorno? A estas alturas estamos todos agotados (los deportistas también tienen que reposar), pero buena parte del agotamiento depende del sistema. Trabajar con grupos pequeños, equipos en realidad, cohesionados, con proyectos compartidos sería más estimulante. Estoy perdido, no conozco la solución, pero la educaci{on del s XXI no puede ser la del modelo de la cadena de montaje actual. Estamos en la educación que criticaba Huxley (ya sabéis, las ciudades destruidas como monumento a los educadores del mundo, el mundo feliz). Es necesario un sistema nuevo, revolucionario, con implicaci{on de la tribu (los ayuntamientos, la sociedad, los medios), un sistema menos rígido para para preparar para un fuuro abierto… Y no tengo la solución.
    Lo que nos cansa no es este curso, lo que nos cansa es esta cadena de montaje, es, como diría León Felipe, llevar tantas vidas (tantos cursos, tantos alumnos) dando vueltas siempre a la misms noria.

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