Croquetizando

En el día de la croqueta qué mejor que hablar de croquetas. Bueno, antes de hablar de esas croquetas que, por desgracia, algunos consumen de forma indiscriminada procedente del supermercado despersonalizado que explota a sus trabajadores, permitidme hablar de felicidad y emociones. Ha de sentirse muy feliz alguien al celebrar el día de la croqueta. Más aún al ver como puede dar un curso de Felicidad en mayúsculas, dentro de un Congreso Galáctico, para trincar unos cuantos euros (fuente). Hay personas que serían capaces de vender hasta su madre o, simplemente traficar con bebés o ponerse a las órdenes del dictador de turno, con tal de ganar pasta. El dinero para algunos lo justifica todo. Para otros, aunque haya veces que debas perder parte de tu ética, no. Uno no se vende a cualquier precio. Bueno, a veces, ni tienes precio para hacer ciertas cosas. Otros, a golpe de chequera o reconocimiento de lo fantásticos que son, cualquier cosa.

Fuente: El Comercio

Ha de ser emocionante ir a un Congreso como el anterior. O, simplemente asistir, como espero hacer yo, de asistente a un curso de disciplina positiva mezclado con mindfulness impartido por un arquitecto. Es lo que tiene la emoción. Más aún que el saber que posiblemente se te deshaga la croqueta porque, como tienes tan poca consideración por la misma, acaba dándote lo mismo. El aceite, al final, lo de menos. Lo importante es poderte meter entre ocho y nueve croquetas entre pecho y espalda. La cantidad frente a la calidad. La desprofesionalización frente al creer en tu profesión. El saber que, al final, como hay docentes que tienen menos luces que una croqueta, vas a llenar ciertas cosas. Y más si cuentas con un influencer que vive de piratear los trabajos de otros. Eso se llama curador de contenidos top. Sí, aquel que copia las recetas de croqueta de la abuela y las vende como propias. Alta cuisine. Coste por plato desorbitado. Media croqueta al precio de ocho docenas en el mejor restaurante de la capital que vosotros elijáis.

Ya veis que estoy croquetizando por encima de mis posibilidades. Cómo no hacerlo ante una sociedad plagada de tópicos. De tipos que son capaces de decirte que van a cambiarte el lavabo sin haber usado uno en su vida. Racistas incapaces de ver más allá de su nariz blanca por el abuso de determinados productos. Incultos que solo saben buscar en Google y que, por desgracia, tampoco saben interpretar lo que encuentran. Monos de feria reconvertidos en docentes amantes de una foca con balón. Payasos que viven de decir chorradas. Chorradas que se multiplican por medios que no saben qué noticias poner en sus páginas. Atentados a la ortografía justificados y para muchos, justificables. Inútiles al mando de barcos en los que cada uno rema hacia donde le da la gana. Gente que se traga que lo urgente deja de serlo para dedicarse a hablar de chorradas. Bailes más allá del sentido común. Post-its a la orden del día. Investigaciones acerca del modelo educativo que suponen las croquetas por encima de nuestras posibilidades.

Yo soy feliz. No he comido croquetas pero estoy muy feliz. Contento de ser pobre. Contento de no tener necesidad de hacer payasadas para poder llevar un plato a la mesa. Soy de gustos baratos. Soy, en definitiva, un gran amante de las croquetas que hacía mi abuela o de las que me puedo comer en determinados lugares rodeado, por suerte, de gente que sabe distinguir una croqueta de un mejillón. Y eso, por lo que estamos viendo últimamente en el mundillo educativo, ya es un mérito.

Croquetizando, que es gerundio.

EDUENTERTAINMENT

Cuando la Educación se convierte en espectáculo

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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