Cuando nos creímos los mejores

Hoy me apetece contaros una historia de antaño. Quizás me repita a la que ayer os conté por un hilo de Twitter pero, reflexionando un poco más acerca de la misma, creo que hay un matiz importante que no conviene olvidar. Nada sucede por azar. Todo, por desgracia, siempre tiene sus tiempos que hacen que algo desemboque en lo mejor o en lo peor. Y gran parte de la culpa es de quienes, en un determinado momento, nos creímos mejores que nuestros compañeros.

Fuente: ShutterStock

Me acuerdo de cuando todo esto de la visibilización de los docentes empezó. Quizás, como digo siempre, el punto de inflexión fue el modelo Escuela 2.0. Un modelo que hizo que algunos, francotiradores sin demasiada puntería, nos planteáramos que otro tipo de escuela era posible. Y que la misma lo iba a ser gracias a las TIC. Craso error. Pero no adelantemos acontecimientos. O quizás sí. Qué importa la cronología cuando lo importante son los resultados…

Hace una década surge con fuerza Twitter y, sumado al reparto de ordenadores por parte del gobierno y el establecimiento de varios proyectos auspiciados por él (Buenas Prácticas, Internet en el Aula, Agrega, etc.) me sumo a un carro que, a pesar de ir traqueteando, tiene muy buena pinta. Se cuestiona abiertamente a las Comunidades que no se suman al reparto masivo de tecnología (léase, por ejemplo Madrid y Valencia) mediante el movimiento de “potachovizados“. Un movimiento que hizo que, de repente, todo nuestro timeline se convirtiera en una masa de fotografías de perfil con un portátil y culos de vaso. Algo perpetrado por Pedro Villarubia. Una especie de banderín de enganche de todos aquellos que creíamos que, en ese momento, podía surgir algo diferente en educación.

Empieza el primer error. El nosotros versus el ellos. El considerarnos algo frente a cientos de miles de docentes que, con mayor o menor acierto (al igual que hacíamos nosotros), intentaban lidiar con sus alumnos. Ya formábamos parte de un clan. Si no estabas potachovizado no eras “innovador”. Bueno, no había surgido el concepto con fuerza pero ya se intuía. Los que se negaban al uso de las TIC eran poco menos que malos docentes. Surgió una nueva raza: la de docentes 2.0.

Una de las diferencias importantes de ese movimiento era la aceptación de todo el mundo. Se daba la bienvenida a todos los docentes en Twitter, se montaban saraos donde nadie era mejor que nadie, se compartía altruistamente, se hacían proyectos colaborativos entre varios centros, se… en definitiva, no había ningún tipo de puerta de entrada para poder convertirse “en uno de nosotros”. Como veis, otro gran error. El nosotros que, por desgracia, tiene demasiadas connotaciones negativas.

No existían los bancos patrocinando nada. No existían, salvo algún intento por parte de Telefónica, multinacionales tecnológicas intentando llevarse ese modelo de cambio a su modelo de negocio. No aparecían los docentes en los medios. Se daba todo y, a su vez, se daba sin ningún tipo de contrapartida (ni económica ni de egos).

Pero algo cambió. Se empezaron a convertir los encuentros horizontales en un encuentro de “amiguetes” que obviaban a los nuevos que venían. En las mesas se empezó a reservar sitios al lado para los más conocidos en Twitter o, en algunos casos, los que más seguidores tenían. Se empezó a convertir la desvirtualización en algo que hacía que muchos se sintieran aislados al acudir a determinados eventos educativos. Algunos se sectarizaron. Bautizaron a sus nuevos asistentes como si fuera una religión. Y empezó a fraguarse el desastre.

No sé si fue el vídeo de Ken Robinson o César Bona el punto de inflexión. Quizás tampoco importa porque, hubo un momento en el que algunos se endiosaron tanto en su papel que se creyeron mejores que los demás. Bueno, en cierta parte, todos en algún momento lo pensamos. Craso error. Un error que ha llevado a la situación actual.

Muchos que creyeron en lo abierto y sin repercusión económica se fueron. Otros nos quedamos. Algunos se apuntaron al carro de las multinacionales, de los grupos cerrados o, simplemente, de encuentros patrocinados por terceros donde lo importante era el ser guays. Se empezó a cuestionar a quienes pensaban diferente que ellos. No fueron solo los que se quedaron. Entraron docentes sin escrúpulos. Se tatuaban a fuego el ser innovadores. Cuestionaban a quienes no eran como ellos e, incluso, se atrevían a criticar por poco innovador a alguien que llevaba décadas haciendo cosas diferentes. Totalmente faltos de cultura y sentido común. Premios y premiados que jugaban a juegos de nula afección en el aula. Y apareció la respuesta. Sí, toda acción tiene su reacción. Abusaron tanto del concepto innovación que se desvirtuó. Abusaron tanto de la crítica que, al final, fueron ellos los criticados. Vorágine en los medios. Vorágine en las redes. Vorágine en todo lo que en un primer momento era algo que surgió sin más. Planificación hasta lo insospechado. Miles de euros por charla. Ponentes que tanto servían para un roto que para un descosido. Gurús y acólitos (de uno y otro signo) desplazando a quienes creían que la mejora educativa vendría expandiendo una mancha de aceite sin más.

Resulta curioso que la baraja se haya roto. La culpa no es de los que han llegado. La culpa es, en parte, de los que creímos que éramos mejores que los demás. Ahora la situación es irreversible. No hay movimiento pendular que valga. Hoy toca ver el eduentertainment de unos y otros porque, al final, es el modelo Sálvame el que se lleva a todos los niveles.

Me hago mayor. Añoro ciertas cosas. Quizás, como digo siempre, lo de antes no era mejor. Seguro que no lo era pero, ¿realmente vale la pena convertir la educación en lo que algunos están proponiendo ahora? ¿Realmente hay docentes mejores y peores en función de su visibilidad, los premios a los que les nominen o, simplemente, la metodología por la que hayan apostado? Creo que no pero es solo mi humilde opinión. La opinión de uno que, también antaño, se equivocó por creer en ciertas cosas. Bueno, más bien en la manera de cómo nos las creímos.

EDUENTERTAINMENT

Cuando la Educación se convierte en espectáculo

En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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