De cómo mis alumnos construyeron una impresora 3D gracias a Youtube

Youtube mola. Mola mucho y, bien usado, puede ser una herramienta ideal para complementar nuestra práctica docente. Otra cuestión es pretender sustituir la presencialidad por esa virtualidad mal entendida falta de apoyo. Bueno, ya si eso, tampoco entremos en profundidad en esos que se consideran expertos en el séptimo arte y que pretenden explicar la Historia de Roma en dos minutos y medio de vídeo mal editado. No es algo banal lo anterior porque permite deducir muchas cosas. Demasiadas si uno quiere poner un poco de sentido común al asunto de las herramientas educativas, su potencialidad y, la necesidad de ser algo muy diferente a lo que algunos están planteando.

Pero hoy no voy a fabular acerca de las potencialidades y realidades de Youtube. Voy a hablar de lo que han hecho mis alumnos este año en mi aula gracias a Youtube. Y no es poco. Eso sí, ¿lo hubieran hecho al margen de mi presencia o del planteamiento inicial que les puse? Ahí entra la clave de todo el asunto.

Fuente: Elaboración propia

Pues bien, para aquellos que aún no lo sepáis, este curso mis alumnos de primero de Bachillerato a principios de curso montaron una impresora 3D. Una impresora que, por cierto, se pagó con el dinero de las donaciones que se hicieron a un libro que publiqué en septiembre. No es para dar mérito a lo anterior pero sí para reclamar la necesidad de que, de una vez, la administración se ponga las pilas en cuanto a las necesidades de los centros. Ya, seguramente una impresora 3D no sea imprescindible pero, al menos para los que estamos en el taller de Tecnología, sería interesante que veintipico años después renovaran la maquinaria. Bueno, vistas las instalaciones eléctricas de muchos centros creo que hay cuestiones más importantes, pero no nos despistemos con el asunto,…

Nada, que viendo que podía invertir algo de las donaciones en mi centro educativo mire por internet dónde comprar una impresora 3D que reuniera las típicas 3 B’s (buena, bonita y barata). Y, mira por dónde, que una de las que ponían por las nubes los que la usaban era una Anet A8 que salía por unos ciento cincuenta euros. Pues nada, a comprarla. Un par de semanas y el paquetito donde iban maravillosas piezas llega al centro con un bonito manual en… chino. Sí, he dicho chino. Bueno, o algo que se le parecía bastante porque, entre chino, coreano o japonés a nivel de escritura yo no sé verle la diferencia. Bueno, a nivel de diferenciar nacionalidades tampoco pero ese es otro tema.

¿Y ahora qué? Montar una impresora 3D por intuición no mola nada. Tocaba buscar los tutoriales en castellano (sí, se aceptaba como pulpo el italiano, inglés o francés). Por suerte unos cuantos en la red y muchos de ellos con imágenes a todo color. Lástima que, por no se sabe qué motivos, había cosas que no acababan de estar suficientemente bien explicadas. Es como cuando vas a Ikea y pretendes que con sus instrucciones puedas montar un sofá cama. Pues va a ser que no. ¿Solución? Bucear por Youtube donde, por cierto, hay cientos y cientos de vídeos acerca de todo. Y entre ese todo se encontraba la impresora 3D que habíamos comprado.

Proyección en la pared, un alumno fijo en el ordenador para ir parando cada cierto tiempo y pasando de vídeo en vídeo (buscando otros por si en algún momento nos encallábamos con la serie principal). Ocho sesiones para que los alumnos montaran la impresora gracias al aporte altruista que alguno puso en esa plataforma de vídeos tan monetizada, cuestionada y, por desgracia, sobrevalorada.

La reflexión resultante de lo anterior quedaba clara. Bueno, más bien debería reflexionarse basándonos en algunas preguntas y, muy especialmente en si esta necesidad puntual de uso para un montaje determinado, asesorado en el aula por parte de un adulto que, supuestamente, algo sabe de electricidad y electrónica, permite extrapolarse al resto de aprendizajes. A mí me da la sensación que es imposible aprender, al menos en etapas obligatorias, nada sin un guía que gestione y dé a los alumnos las herramientas que necesita en cada momento. Es por ello que plantear una educación obligatoria basada en Youtube es un error. Ídem el considerar que un vídeo puede sustituir la tarea docente y su posible uso en determinados grupos heterogéneos de alumnado con dificultades que impiden, tanto la atención en una clase magistral en formato vídeo (que es, al fin y al cabo lo que ofrece Youtube) como su comprensión sin la posibilidad de expresar las dudas al momento. No, por desgracia Youtube no tiene un botón de preguntas y respuestas. Bueno, y si a lo anterior aderezamos el mundo tan fantástico que ofrece la red para nuestros alumnos, ya queda claro que el vídeo no lo va a ver nadie. Bueno, si se pone un control en la visualización del vídeo que nadie obvie que, mientras en una pantalla lo están reproduciendo en otra van a estar jugando a Fortnite.

Algo muy inconexo que me apetecía compartir con vosotros y alejándome, un poco, de ese espectáculo palomitero que se está dando estos últimos días en Twitter. Sé que es raro que no haya entrado al trapo en el espectáculo pero es que me parece tan triste que tendría muy poco que aportar. Además, por suerte, no vivo ni tengo ganas de vivir de los likes 😉

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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