De lo políticamente correcto a las fabulaciones educativas

Lo siento. No soporto las ambigüedades a la hora de hablar de cuestiones educativas. Aún menos la facilidad de algunos en hablar mucho y no decir ni hacer nada. Mucho fabulador de ideales mágicos y, por desgracia, muy poco currante de a pie entre los mismos. El aula es real. El aula no es ese grupo de alumnos homogéneos que algunos desean ni, aún menos, ese lugar fantástico e ideal donde uno puede dar clase y experimentar con maravillas pedagógicas que, por desgracia, siguen vendiéndose demasiado bien. Hemos pasado de ser políticamente correctos en nuestras apreciaciones a contar relatos fantásticos que, por desgracia, aportan muy poco a lo que es la mejora educativa. Bueno, prefiero hablar de que aportan poco a lo que supone el día a día.

Fuente: John Tenniel
Fuente: John Tenniel

En el ámbito educativo, al igual que en el resto de ámbitos, lo de ser políticamente correcto es una completa boutade. Eso de querer quedar bien con unos y otros es completamente imposible. No sólo imposible, auténticamente kafkiano. No se puede decir una cosa y su contraria para agradar al personal. Sí, uno puede variar de opinión pero, cuando los vaivenes se producen a los cinco minutos de haber dicho una cosa, es que algo falla.

Mucho buenismo en las redes. Mucha idea educativa que sólo se sostiene, con suerte, sobre el papel. Mucho soñador que debería despertarse y ver la realidad. Mucho debate estéril por estar basado en apriorismos y la necesidad de matizar continuamente las opiniones para que nadie se lo tome a mal. Para hacer una tortilla deben romperse los huevos y hay gente que sigue sin entenderlo. No sé si es la necesidad de sustituir el huevo por un producto previamente manufacturado sin sabor y que te ahorra el cascarlo o, quizás, es que la tortilla ya no vende y lo que vende es un menú envasado en plástico de alguna de esas multinacionales de los platos prefabricados.

Cuando veo a alguien que es políticamente correcto, que habla con miedo a lo que supone opinar en un sentido o en otro y que, a veces, se llena la boca de argumentos educativos que jamás va a aplicar en su aula, es que algo no va como debiera. Sumarse al carro de lo moderno o de lo que en ese momento vende, plantearse la necesidad de quedar bien con todos y procurar que, en ningún momento se le pueda ver un asomo de naturalidad, preocupa. Bueno, más bien entristece.

Las civilizaciones emergen, se expanden y, finalmente, acaban desapareciendo siendo sustituidas por otras. Lo mismo con los temas educativos: lo que hoy está en el candelero, mañana ya es historia. El problema es cuando hay necesidad de adaptarse a lo que se vende y a los vendedores procurando ser políticamente correcto. Y, prometo que, desde mi óptica, debe ser muy difícil porque, intentar defender una cosa y su contraria, es algo que obliga a demasiados malabarismos para mi gusto.

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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