Dieciocho años de «innovación» educativa

Cuando algunos empiezan a llegar otros ya estamos de vuelta de todo lo que se está vendiendo como innovación educativa. Ya no es sólo cuestión de herramientas, más o menos modernas, para hacer lo mismo de siempre o ejercer un control desproporcionado sobre los hábitos de nuestros alumnos; se trata de una desproporcionada e ingente cantidad de métodos educativos milagrosos que van a llevar a las aulas de nuestro país a las alturas.

Supongo que podría dedicarme a ver pasar el tiempo, disfrutando acríticamente de lo que están vendiendo otros y, cómo no, de conformarme con lo que hago -o intento hacer- en mi aula y en mi centro educativa. Sí, el personal ya es mayorcito para que uno deba cuestionar sus decisiones o sus aplausos, siempre cambiantes, hacia lo más moderno que se está vendiendo. Ya no es sólo el tema de lo más mediatizado, ya simplemente el tema de la investigación educativa y sobre qué se investiga demuestra que lo importante no es analizar qué sucede. Lo importante es avalar o desmontar (sí, a algunos también les interesa desmontar toda innovación educativa que no sea la suya y realizada a su manera) cualquier metodología educativa o herramienta que, por motivos muy alejados de las necesidades de nuestros alumnos, va a ser aplicada en las aulas por parte de ilusos que quieren volver a inventar la sopa de cebolla. Y la verdad es que, en dieciocho años que llevo en esto, tengo muy claro que la sopa de cebolla no va a depender de usar una cocina más o menos moderna, con inducción o aplicando una espuma de producto químico encima y sí que va a hacerlo del cariño del cocinero, de los ingredientes y de la suerte que, en algo tan dispar como es la cocina, te otorguen los hados. Una misma sopa de cebolla hecha de la misma manera puede tener dos sabores totalmente diferentes. Lo digo por experiencia.

Este curso que viene va a hacer dieciocho años que estoy experimentando, con mayor o menor éxito, en mi aula. Fui de los primeros en introducir Moodle como entorno de enseñanza para mis alumnos e, incluso, me permití el lujo de dar cursos de formación a docentes en el año 2000 sobre el mismo. Cuánto ha llovido, cuántos inconvenientes le he visto a la plataforma -demasiado rígida para mi gusto- y qué decepción me llevé cuando descubrí que esa herramienta no funcionaba.

Fuente: Flickr CC
Fuente: Flickr CC

Curiosamente, también antes que nadie hablara de Edmodo, salvo un par de docentes en el territorio, o de cualquiera de sus alternativas (Schoology u otros) también lo llevé a modo de producción. Visto en perspectiva siempre, por lo visto, intentaba buscar una herramienta para «llevar el control» de mi clase y poder hacer fácil la gestión de la misma. Mirado en perspectiva un error que, por desgracia, estoy viendo que está siendo ampliamente repetido por un gran grupo de docentes: usar herramientas de control como único objetivo. Y eso que yo, por suerte, no cai en el tema de las rúbricas porque, si ya lo llego a hacer, apaga y vámonos. El control llevado al milímetro perdiendo el objetivo básico de lo que estamos haciendo -o debemos hacer- como docentes.

En medio de lo anterior irrumpió Twitter como red social reconvertida en espacio de conversación entre docentes. Un grupo de docentes en diferentes partes del territorio nacional e, incluso, contando con grandes docentes de países de habla hispana, montaron un contexto donde hablar sobre temas educativos, compartir experiencias y, lo que al final era más importante, encontraron un lugar donde el «raro» que hacía cosas en sus aulas podía hablar con otros que también las estaba haciendo. Aportando un espacio distendido donde, trasladado posteriormente al contexto real en diferentes encuentros educativos, se aprendía y se contrastaban ideas de forma altruista y, sin ningún interés más allá de ese intercambio. Algo que, curiosamente, también se ha pervertido al encontrar que Twitter, en más ocasiones de las que me gustaría, se ha convertido en un escaparate de marketing donde algunos venden sus productos, permiten que algunos salgan del aula para evangelizar y, cómo no, se haya establecido una jerarquía entre docentes -los guays que dominan el cotarro, los que quieren trepar y alaban a esos guays para ver si consiguen subir en la pirámide y, los pobrecitos que, por desgracia, siempre van a ser excluidos. Una masa demasiado heterogénea con demasiados intereses pervirtiendo una red fantástica. Bueno, supongo que es lo que se llama evolución. Y, al final, por lo visto, los únicos que sobreviven son aquellos que han conseguido hacer de la red su leitmotiv. No, no son mayoría, pero son los que más se ven. Reconocerlos es fácil… tuits prefabricados, mínima controversia en los mismos y, cómo no, asistencia masiva como ponentes retuiteando todo lo que les mencione. Uso acrítico con innombrables beneficios para ellos. No es malo, es una realidad palpable y fácilmente observable.

He entrado en el mundo de Twitter pero debía, mucho antes, haber empezado de los blogs. Para mí la mejor herramienta para ser usada en el aula y que, más allá de su uso minoritario (sí, se crean muchos pero se usan habitualmente en las aulas muy pocos) podría ser la solución a muchos problemas. ¿Os imagináis un acceso global y guiado al material -en cualquier formato posible- que vayamos a utilizar en nuestras aulas? ¿Os imagináis poder tener algo más flexible que un libro de texto de acceso ubicuo totalmente actualizable y de gestión muy sencilla? Pues eso son los blogs de aula. También, por cierto, desvirtuados por organizaciones como el INTEF que lo convierten en una obligación cuando, lo que debería hacerse es potenciar su uso. No es hacer un curso y que como tarea te manden crear un perfil en una red social o un blog. Es hacer un tipo de formación que permita que las herramientas se conviertan en algo sistémico que permitan poder ser utilizadas de forma sencilla y habitual. No es usar fuegos de artificio, a veces lo más sencillo es lo más eficaz y, seguro que eficiente.

Por cierto, en estos dieciocho años también he hecho prácticas con mis alumnos de realidad aumentada (antes de que proliferaran los expertos en realidad aumentada), he intentado hacer mis pinitos con el uso del inglés para dar algún tema a los chavales (sí, salió auténticamente mal) y todo lo anterior sin contar el uso de redes sociales con ellos (páginas de Facebook, cuentas de Twitter, Remind, Telegram y un largo etcétera) o herramientas de creación de vídeos, elementos multimedia y uso de infografías. He pasado por todo lo que se vende -no he mencionado el ABP u otras modas porque se suponen implícitas en lo que llevo redactado- y, quizás sea por lo anterior que ahora me plantée muchas cosas.

Ayer, mientras estaba viendo amanecer en un entorno envidiable escribí, de forma desordenada estas líneas que he intentado cohesionar hoy. Unas líneas que quizás, a nivel personal, me hagan entender el porqué de mi relación actual con lo que venden como «innovación» educativa. Y sí, creo que puedo hablar con un poco de propiedad sobre el tema. Eso creo que, al menos, me lo concederéis 🙂

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Cuando la Educación se convierte en espectáculo

En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

2 Comments
  1. Gracias, gracias, gracias. Estoy recorriendo tu mismo camino y te agradezco enormemente que alumbres las zonas que para mi están resultando más dudosas y oscuras , a la vez que pones el foco en lo que realmente importa y funciona en nuestra labor diaria.

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