Diferencias sobre cómo mejorar la educación

Tengo muy claro que, a pesar de los cantos de sirena alabando las pruebas estandarizadas o mediatización de determinadas fórmulas aplicadas, en grupos normalmente filtrados, la mejora educativa no va a llegar a menos que introduzcamos un objetivo claro. Si el objetivo que se pretende es que un alumno apruebe un determinado examen, aprenda una determinada lengua, memorice o, sepa realizar de forma repetitiva determinadas operaciones, no estamos hablando de mejora de la educación. Estaríamos quizás hablando de competencia en la resolución de pruebas estandarizadas, bilingüismo poco natural en caso de programas bilingües o, incluso, de esa línea tan difusa que convierte una operación matemática en el objetivo último de ese aprendizaje. Y no, para mí no es éste el camino necesario para la mejora educativa.

Reconozco que es muy cómodo defender aprendizajes memorísticos, pruebas estandarizadas y libros/materiales obligatorios para todos los alumnos que hacen de la imaginación docente para ir más allá una auténtica utopía. Reconozco que muchos padres lo único que quieren ver es el triunfo en una hoja de calificaciones o, incluso, en un título firmado por el responsable político de turno que garantice, según ellos, que su hijo o hija, tiene posibilidades de acceder a un determinado empleo. Qué bonita es la ilusión. Ilusión que impide ver el objetivo último de la educación. Un objetivo que, más allá de potenciar el título o la medida del éxito o fracaso en función de cantidad de papeles atesorados, debería ir en la línea del cambio social. Porque, perpetuar un sistema como el actual, basado en la endogamia -y no la competencia- en la mayor parte de empleos y, destinados los mismos, a una simple reducción de cuotas de tiempo basándonos en un falso objetivo de aumento de producción hasta el infinito, es algo que debería hacer pensar. Más aún cuando la mayoría de empleos en la empresa privada se consiguen, en la actualidad, por los contactos que uno pueda haber generado o que, mediante las relaciones familiares, le permita acceder a determinados puestos. Sí, por desgracia el «padrino» laboral es la máxima en muchas empresas privadas de nuestro país. Conocer a alguien abre más puertas que una determinada calificación e, incluso yendo más lejos, que una determinada competencia profesional.

Es por lo anterior que jamás puedo estar a favor de los que propugnan, de forma libre y totalmente lícita -las opiniones siempre deben serlo-, un sistema de medición de resultados educativos basados en el simple hecho de pruebas cada vez más objetivas. Objetivar a los alumnos y dejarlos simplemente como partícipes en un sistema donde lo único que les gestiona es un número, da para pensar. Más aún cuando se pretende que dichas pruebas, avaladas por parte de la sociedad y organizaciones empresariales que se han colado, desde hace mucho tiempo, en la gestión educativa de las administraciones, sean tomadas como referencia del aprendizaje de tal o cual alumno. Y eso, a mí no me va.

No, yo no quiero que se realicen pruebas desde la guardería para taxonomizar a los alumnos entre buenos y malos. Menos aún que usen las notas numéricas o resultados de exámenes para, supuestamente, reconducir la situación y mejorar la educación.

isanz1

Eso sí, tengo muy claro que el objetivo debe ser la mejora educativa pero ahí, por desgracia, la visión de un economista -por bien que me caiga a nivel personal- y la mía, no van a tener nada que ver 🙂isanz2

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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