Dios no existe… y los milagros, tampoco

El otro día descubrí que la empresa del youtuber finalista del Global Teacher Prize, que jamás ha dado clase en un aula ordinaria, le considera como Jesucristo. A ver, no voy a entrar en lo que supone que, por hacer un par de vídeos de cinco minutos, puedas «trincar» de la administración casi veinte mil euros (bueno, el precio exacto que se le pagó era el límite legal para no hacer proceso de contratación público) pero, ya os digo desde este momento que no es un milagro. Puede ser otra cosa pero, sinceramente, que un intercambio de dinero sea considerado como algo milagroso…

Fuente: Twitter

No, por mucho que en un colegio de esos con crucifijo, hayan puesto una fotografía de David Calle al lado de un tipo que algunos veneran, no es Dios. Ni su hijo, ni su espíritu santo, ni el alma del palomar. Pero es que ni él, ni nadie de los que algunos consideran enviados divinos. No existen dioses ni profetas por mucho que algunos se empeñen. Como tampoco, por mucho que otros, propietarios de centros educativos financiados con dinero público lo intenten, se puede revertir la orientación sexual de nadie. Joder, que a estas alturas del siglo XXI alguien se crea que hay posibilidades de convertir el agua en vino, es para mear y no echar gota. Vale para cualquier religión y tipo que se halle tras la misma. Así que, imaginaos en el ámbito educativo las posibilidades de encontrar seres inexistentes. Entre cero y ninguna por mucho que algunos lo intenten. Eso sí, hasta entonces unos y otros trincando de fantasias cada vez más fantasiosas.

Tampoco existen los gurús porque no existe de qué gurusear. Pero es que ni Bona ni Montessori. Ni tampoco lo son ninguno de esos que escribieron libros que en todas las Facultades de Magisterio se consideran como biblias inamovibles. Vamos a ver si nos lo tatuamos a fuego: no hay biblia educativa porque no hay Dios que haya dictado verdades absolutas. Ni absolutas ni, en muchas ocasiones, relativas.

Y ya si queréis entramos en los milagros. En metodologías que no tienen más validez que la prueba del algodón para detectar suciedad en los baldosines. Joder, que ni en Fátima hay milagros a pesar de todo el chiringuito que han montado a su alrededor. Eso sí, si uno quiere poner un pedrusco y ponerse a rezar de rodillas frente a él… contra eso no puede hacerse nada. Bueno, nada salvo más allá de intentar decirle, con buenos argumentos, que no hay montañas mágicas, ni cuartas reencarnaciones ni, ya si me tiráis de la lengua, hombres lobo en el Parlamento. Que esos y esas que llevan barba en los sobacos, lo único que tienen es un desarrollo más rápido de pelo. O, simplemente, que quieren taparse la calvicie. Es que más claro no puede decirse.

Algún día pagaremos lo de crear dioses educativos y encumbrar a los altares determinadas modas educativas. Quizás ya lo estamos pagando pero, por suerte, en este caso no hace falta consignarlo en la declaración de la Renta. Para todo lo demás, el sentido común y la inteligencia de cada cual.

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Cuando la Educación se convierte en espectáculo

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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