Desde la irrupción de Ken Robinson en nuestro reproductor de Youtube, lo mediático y esperpéntico en el ámbito educativo está a la orden del día. Más aún después de ver la importancia que, tanto algunos docentes como especialmente los medios, están dando a unos personajes cuyo único mérito ha sido el ser finalistas a un premio educativo determinado, del que toca dar algunas pinceladas acerca de su patrocinio y utilidad real para la educación.

La verdad es que nos la han colado bien. Han hecho de un evento privado, bajo el pomposo nombre de Global Teacher Prize (traducido por algunos medios de forma interesada como el Nobel de los docentes), un ejemplo de lo que debería ser la docencia. Sí, una empresa privada dedicada a comprar centros educativos y a jugar, por lo visto, con grandes capitales que les permiten, en algunos países en vía de desarrollo apropiarse de parte de sus escuelas, denominada GEMS Education en su momento decidió, desde Dubái, convocar un premio para los docentes. Un premio que, curiosamente, contó con mucho apoyo mediático (¿interesa saber la relación de esta empresa con determinados lobbies editoriales?) y que, a día de hoy, se ha comprado por muchos países como algo más serio de lo que es cuando no deja de ser un simple espectáculo montado por una empresa privada cuyo objetivo está muy alejado del interés por la mejora educativa. No, no es algo que diga yo. Es algo que es fácil comprobar cuando uno se dedica, más allá de leer a los medios de educación generalistas o ver determinados programas donde magnifican a los nominados, a investigar un poco el asunto.

Ya nos intentaron timar en su momento con el primer desertor de aula. Un personaje (sí, permitidme que me centre en el personaje por el interés que presenta lo que representa) que ahora cuenta con un encargado de protocolo, un jefe de prensa y, cómo no, más de un leguleyo de esos que, por lo visto, intentan proteger sus cada vez más ingentes beneficios que está obteniendo de la venta de su imagen. Alguien que, por el simple hecho de ser nominado por una empresa privada, dentro de un concurso que tiene muy poco de educativo, se ha encumbrado al top ejemplarizante de lo que debería ser un docente. Supongo que por eso ha huido rápidamente de esas aulas que le gustan tanto y de las que tanto pontifica. Además, sabéis lo que me jode en este caso… que tenga todo el desparpajo de decirnos a los docentes que estamos en el aula de cómo hacer nuestro trabajo. Hay qué joderse. Por cierto, nada que ver con los dos últimos finalistas españoles que se conocen: un youtuber que jamás ha pisado un aula de un centro educativo para dar clase y un mago. Los gurús es lo que tienen. Alergia a la realidad. Bueno, o la potenciación de juegos de entretenimiento para niños o para su club de fans.

Voy a intentar, más allá de lo que os he dicho del interés empresarial de potenciar este tipo de premios, a hablar de su jurado. Un jurado que conoce muy bien el mundillo educativo y, por ello está formado por actrices, diseñadoras de moda, representantes de entidades bancarias, fundadores de hoteles con encanto, cocineros, periodistas y, por qué no decirlo de una vez, gestores de capital en países como Panamá. Ya, ya sé qué estaréis pensando más de uno. Vaya exageración. Pues va a ser que no porque, en este caso, hay una prueba más empírica que la del propio algodón. Un simple googleo (a estas alturas se supone que todos estamos de competencia digital a tutiplén) a este jurado creo que vale para confirmar lo anterior y poder decir bien claro que se trata de un concurso que, lo que menos implica es la capacidad educativa de los nominados porque, ya no es sólo la inexistencia de ningún docente de aula en el mismo o investigador sobre temas educativos de reconocido prestigio. Es el batiburrillo de personajes, de profesiones muy relacionadas con el uso y la venta de relojes y coches de alta gama, que se han reunido para entregar un premio de un millón de dólares al que, en su momento, les parezca más interesante.

La verdad es que el Global Teacher Prize y las declaraciones de sus nominados tienen la misma importancia para la mejora educativa que la imposición de manos para curar el cáncer. Y, lo más grave del asunto, es que hay docentes que se lo creen, medios de comunicación que lo alientan y, por qué no decirlo, algunos a los que les va muy bien que se dé importancia a este tipo de espectáculos circenses. Ya sabemos que los concursos gustan y más aquellos que permiten huir de la realidad, crear superhéroes y facilitar que algunos sigan ganando mucho dinero con la educación. O, más bien, con la falta de ella.

¿Quién ha decidido que los exiliados de las aulas sean los que dan ideas acerca de qué hacer en ellas? ¿Quién ha decidido que un personaje como Ken Robinson se convierta en el gurú de la creatividad desde púlpitos muy alejados de la realidad de un aula convencional? ¿Quién ha dicho que Finlandia, uno de los países con mayor tasa de suicidios, debe ser el espejo educativo al cual mirarse? ¿Quién ha vendido la mejora educativa a una organización económica como la OCDE y al Banco Mundial? En definitiva, ¿quién decide el valor que se da a determinados personajes, metodologías, herramientas o, políticas educativas, bajo el pretexto de mejorar la educación? Porque, que yo sepa, no han sido ni los alumnos, ni los docentes ni, muchísimo menos, los padres más preocupados por acabar sus largas y eternas jornadas laborales para poder estar un poco con sus hijos.

Llevo algunos años observando la tendencia de mediatizar y encumbrar a determinados personajes. Hay aspectos de los mismos que, curiosamente, son un calco de modelos empresariales como, por ejemplo, los que se exportan desde Silicon Valley o de ámbitos más relacionados con el nivel de ingresos que a uno se le puede suponer. Ya no es sólo el mediatizar a toreros, tonadilleras y, personajillos que nos llenan la parrilla televisiva. Es la necesidad de trasladar ese modelo banal, lleno de frases prefabricadas de nulo significado, al contexto educativo. No creo que ninguno de esos referentes educativos que nos están vendiendo sean ejemplo de nada. Y aún menos, ejemplo de lo que debería hacerse o cómo hacerlo. Eso sí, se sabe vender muy bien el asunto. Demasiado bien. La cantidad de primos que nos rodean y la falta de sentido común están a la orden del día. No sólo en ámbitos culturalmente desfavorecidos ya que, curiosamente, son también aquellos a los que se les supone un determinado nivel cultural por la profesión que ejercen los que caen en sus redes. Sí, hay médicos que defienden la homeopatía y algún físico que otro que avala tesis acerca de las relaciones negativas de las ondas wifi. El analfabetismo intelectual ya no sólo depende de los estudios ni de la profesión que uno ejerce. Ya es algo que va mucho más allá de lo anterior.

Uno puede entender la necesidad, por dinámicas marcadas a fuego a lo largo de muchas décadas, de buscar religiones y dioses. Bueno, seamos sinceros, para justificar lo absurdo de lo anterior, uno se queda con profetas que, con una labia adecuada y estando en el momento justo, se permitieron y están permitiendo el lujo de predicar modelos infalibles. Que ya lo de vender resultados no interesa porque, ¿vosotros conocéis a alguien que haya vuelto de la muerte para explicar si hay cielo o infierno? Bueno, ¿alguno de vosotros ha visto realmente un OVNI sin haber abusado de la cazalla o de otras bebidas de contenido alcohólico similar? Pues mirad cómo lo venden en Cuarto Milenio y cómo se lo tragan algunos. No son sólo las Caras de Bélmez, es la interpretación interesada y torticera de ciertas cosas para que algunos ganen dinero con ellas, otros vivan de sus problemas mentales y, finalmente, otros muchos vayan en peregrinación a lugares tan absurdos como los anteriormente mencionados.

Decidir a qué dotar valor absoluto es la clave de cualquier estrategia que lleve a controlar ciertos aspectos de un contexto. Y, en este caso, queda claro que el contexto educativo debe estar controlado por alguno con sus pintamonas, magos y, por qué no decirlo, dioses. Dioses infalibles, metodologías montables y desmontables según se tercie y, un gran club de acólitos que se hallan acojonados por no saber cómo hacer su trabajo. Vamos a ser serios de una vez y a dejarnos de comer ese ternasco a baja temperatura con migas de arce cazado a primera hora del alba y transportado por camellos yemeníes para comer algo más consistente y ,sin dejarnos tanto dinero en lo anterior porque, sinceramente, esto de algunas cartas de restaurantes se parece demasiado a esas esperpénticas comuniones para la que más de uno debe pedir un préstamo personal.

Nos rodea el magufismo educativo, los referentes que nadie sabe quién ha denominado así y, por qué no decirlo claramente, un modelo interesado de venta de un modelo educativo que en quien menos piensa es en los alumnos. Eso sí, todo está lleno de humitos de colores, globitos colgados y una bonita traca final. Que, como dicen algunos, lo de vender tiene mucho de arte. Y más cuando lo que se quiere vender es, simplemente, un traje a un emperador que sigue estando desnudo por mucho que algunos sastres hayan cobrado por las telas, otros tengan elevada miopía y, muchos más no se atrevan a cuestionárselo porque piensan que quizás ellos son los que son incapaces de ver que el personaje va en pelotilla picada. Eso sí, por suerte siempre nos quedará ese niño o… quizás no.

Además, uno no puede menos que observar con preocupación que, a pesar de haber algunos que han optado por la profesión de gurú, hay otro colectivo de profesionales que está intentando trepar a ese estatus: los economistas.

En un contexto donde hasta el poseedor de la barriga cervecera más bien dotada se ve capacitado para saber cómo debería jugar alguna de esas estrellas de fútbol que, entre pufo y pufo a Hacienda, se permiten el lujo de hacernos disfrutar con su visión del juego es lógico que, en algo tan poco importante como es la Educación, surjan los grandes expertos en su gestión y planificación. Expertos con un buen título de ADE que, además de configurar productos bancarios o analizar la contabilidad de determinadas empresas, tienen tiempo para alzarse como gurús educativos. Profesionales del ámbito más especulativo dentro de una honrosa profesión encontrando la solución a todos los problemas educativos en función de parámetros económicos. Sí, legiones de minions enfurecidos a la tragala de afirmaciones de esos grandes expertos en doctrina educativa y que, como muchos sabemos, tienen en sus manos la solución a todos los problemas educativos.

La gestión educativa debe poseer su parte económica. No nos olvidemos que una inversión, a efectos de PIB tan importante como la destinada a Educación, debe tener muy claro cómo hacer una correcta gestión de ese dinero. Por cierto, ya habéis visto que estoy hablando de inversión, no de gasto. Algo que, a los mordaces economistas que consideran textualmente “que los recortes educativos sientan bien a la educación española” se les debería tatuar en alguna de sus partes que tanto se miran a lo largo de su día a día. No señores, no. La Educación no es un gasto. Es una inversión que, por desgracia, no debería estar sujeta a las reglas del mercado. Es muy bonito hablar desde sus púlpitos, conseguidos después de arduos estudios en Universidades privadas donde, los únicos que pueden llevar a sus hijos son personajes de su nivel y ahí establecer futuras relaciones profesionales, acerca de la Educación pero, lamento informarles de que la Educación no consiste en lo anterior. Y sí, al igual que yo desconozco mucha jerga económica e, incluso si tuviera que diseñar un plan de contingencia para una empresa, sería incapaz de hacerlo en condiciones, les pediría el mismo respeto por un ámbito que ustedes, más allá de verter su opinión interesada y sesgada, desconocen. No, ustedes no han dado clase frente a un grupo de alumnos heterogéneos, de procedencias diversas y, por desgracia, con unas necesidades perentorias en muchos casos que van más allá del aprendizaje. Bajen del pedestal al que se han puesto y visiten ese tipo de centro. Y qué demonios, den algunos días de clase en ellos. Ya verán que sus trajes no sientan bien en esos contextos y que, lamentablemente, sus discursos demagógicos conllevarán un pequeño “accidente” en sus Mercedes. Bueno, intenten no llevar Mercedes porque, si se fijan en donde aparcan los docentes -esos que cobramos tanto y vivimos tan bien- no creo que encuentren ninguno de la gama de los suyos. Es la ley del mercado. Una ley que, tanto les gusta pero que, por desgracia, desmonta sus argumentos unos tras otros.

Creo que es bueno que todo el mundo sepa su lugar en la sociedad. Desconocerlo o pensar en que uno es igual de bueno vendiendo preferentes que operando a corazón abierto, lleva a grandes desencantos. Bueno, todo depende de si uno tiene amor propio o sentido de la vergüenza. Algo que no es, vistas las declaraciones de algunos y las estrategias de otros, lo más habitual en todos aquellos economistas que se han erigidos como paladines educativos de una sociedad, para ellos, demasiado enferma para confiar en sus docentes.

Por cierto, ¿creen realmente que el objetivo básico del sistema educativo es la creación de personas capaces de cubrir puestos de trabajo y supeditarlo a ello?

Y, finalmente un último detalle de los que han optado por la magna profesión de gurú: su incapacidad absoluta de posicionarse frente a decisiones educativas tomadas por los políticos porque, como todo el mundo sabe, el gurú vive de arrimar el ascua a su sardina.

No es raro es que, a día de hoy, siga sin haber ningún posicionamiento de esos gurús educativos que, por determinados motivos, acostumbran siempre a dar maravillosas charlas delante de auditorios embobados y que, como siempre, a la hora de decir qué les parece un determinado articulado legislativo o una decisión política, acostumbran a mantener un perfil bajo antes de, en caso de darla, intentar dar una respuesta para no mojarse. Mucho defensor de métodos innovadores, organizaciones educativas que van a cambiarlo todo y personajes, cuya máxima, es el puro merchandising educativo. No es raro lo anterior, algunos deben defender su modus vivendi y mesurar -y mucho- sus palabras antes de, si se tercia en alguna ocasión, expresar su opinión de la forma más neutra posible. No conviene perder compradores de su producto. Un producto basado, casi siempre, en una nula crítica a la administración educativa, una eliminación selectiva de comentarios en sus blogs y perfiles de las redes sociales y, como no podría ser de otra manera, procurando dejar pasar el chaparrón cuando hay algo importante que sucede en el ámbito educativo.

Para aquellos que se pregunten por qué pretendo que algunos se posicionen abiertamente sobre determinadas cuestiones, me gustaría constestarles con lo siguiente… “es imprescindible que alguien que tenga visibilidad mediática opine sobre las decisiones educativas que se toman porque, por desgracia, siempre se escucha más a alguien con esa visibilidad que a otros miles de compañeros o ex compañeros que, a pesar de hacer un trabajo fantástico en sus aulas, no han tenido la posibilidad o no han querido potenciar su perfil público”.

Un gurú educativo no nace, se hace. O lo hacen.

Cualquier cosa que queráis comentarme del borrador de este capítulo no dudéis en hacerlo. La redacción del libro va a estar en abierto para que me podáis aportar cosas (como comentario, por mail o, simplemente, por las redes). Espero os resulte interesante.
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