Los dinousaurios poblaron la tierra hace millones de años pero, por desgracia, un desastre (natural o provocado por los extraterrestres) ha impedido que en la actualidad podamos disfrutar de sus gráciles andares, sus esbeltas figuras y sus ansias de destrucción. Por suerte no todo se extinguió. Sobrevivieron nuestros profesaurios. Ungidos por el mismo ADN de Adán y Eva han sido capaces, según algunos, de sobrevivir hasta hoy. Bueno, también lo dice Iker Jiménez y supongo que, si lo dice él, seguramente será algo parecido a las Caras de Belmez.

Pero, ¿qué es un profesaurio según los cánones innovadores y las flatulencias 8.0 de algunos docentes? Pues es un ser, ataviado con levita y poseedor de un amplísimo catálogo de látigos, digno de la mejor zona sado de cualquier sex shop, que se dedica a impartir clase en un grupo de alumnos en completo silencio (sí, se puede oír el ruido de una mosca con problemas de vuelo) de una forma entre sádica y unidireccional. Es el que sabe más. El que decide en qué posición ponerse el mondadientes. En definitiva, el supremo valedor del aula. Es la hembra o el macho alfa de la manda. Sin contemplaciones.

En pleno siglo XXI seguro que los habréis visto en la mayoría de aulas. Se camuflan como innovadores pero, realmente, mandan deberes en formato vídeo, usan proyectos para hacerse los guays y, al final, se certifican por alguna multinacional tecnológica con el fin de mantener su disfraz. Son profesaurios de Youtube, de Instagram y de, por qué no decirlo claramente, Tinder. Un profesaurio tiende a devorar a los seres inferiores y a rodearse de un grupúsculo de miniprofesaurios anodinos cuyo único objetivo en la vida es traer la carne (o las hierbas escogidas) al que encabeza la pirámide trófica del asunto. Ya, ya he dicho antes que iban con levita pero, al igual que un buen superhéroe, lo importante es el camuflaje. Obligad a que se quiten camisa, suéter o blusa. Seguro que encontráis todo lo clásico. Y ya si nos quitamos las gafas para no ver, la cosa se nos hace muy evidente.

Los profesaurios no explican los Reyes Godos. Los gamifican. Por cierto, ¿qué es gamificar? ¿Qué solución aporta para esos profesaurios travestidos? Pues, simplemente, la gamificación consiste en aplicar conceptos y dinámicas propias del diseño de juegos al campo educativo con el objetivo de estimular y hacer más atractiva la interacción del alumno. Utiliza la predisposición natural humana hacia la competición y el juego para hacer menos aburridas determinadas tareas. Unas tareas que, supuestamente, con este método pasan a ser realizadas de forma más dinámica y efectiva.

Son muchos los profesaurios que defienden la gamificación del aprendizaje. La posibilidad de introducir masivamente determinados tipos de “juegos” que permiten “premiar” al jugador (el alumno en caso de la gamificación aplicada al entorno educativo) mediante diferentes tipos de regalos. Regalos, en la mayoría de casos, consistentes en insignias (badges) que indican la superación de determinados niveles. Unas insignias, por cierto y tal como corresponde a un buen profesaurio, basada en figuras de Dante, Torquemada y allegados.

Parece, a priori, una buena idea. Aprender jugando. Aprender quemando diferentes etapas del aprendizaje para llegar a adquirir unos conocimientos de una forma más natural para los alumnos (acostumbrados a los juegos de ordenador y al uso de consolas). El problema es analizar un poco más el asunto.

¿Cuáles son las principales cuestiones que se deberían tener en cuenta para admitir “gamificación” como tercera maravilla o genial modelo de aprendizaje?

La primera cuestión, como siempre, la económica. ¿Se trata de un modelo postulado desde instituciones o administraciones educativas? ¿Se trata de un modelo gestionado por docentes y dirigido específicamente a los alumnos? O, ¿se trata de un modelo postulado por empresas con ánimo de lucro?

Parece ser que detrás de dicho “concepto” hay unos números realmente escalofriantes. Números que indican que el mercado de “juegos de aprendizaje” alcanzará los “lo siento no llego a expresar esa cantidad ni a comprenderla por ser enorme” dólares. Lo del cambio lo buscaría en Google pero, a pesar de mantenerse más estable que los bitcoins, cambia cada día.

Unos números donde se observa un mercado emergente destinado a satisfacer unas “necesidades” educativas. Algo que, curiosamente, debería hacernos pensar sobre las intenciones que existen tras la mercadotecnia que se está realizando de dicho mecanismo de aprendizaje.

¿Y la incorporación de “premios” por haber realizado algún tipo de actividad de aprendizaje? Unos premios que, según la naturaleza humana, hace que los que juegan a esos juegos educativos tengan “ganas de ganarlos”. Unas ganas que se van a basar más en la realización rápida de tareas para asumir los objetivos marcados que en la asimilación del aprendizaje que se halla detrás de las tareas anteriores. Un ejemplo claro sería una tarea que obligara a un alumno a ver cincuenta veces un vídeo de Ken Robinson para superar el nivel. ¿Qué creéis que pasaría? ¿Lo vería? Bueno, salvo hacer trampas, seguro que acabaría reproduciéndolo esas veces para poder acceder al nivel superior y ser ungido como el preferido del profesaurio.

Un problema grave de falta de regulación del premio (más allá de las ganas que tenga el alumno de conseguirlo) que, mediante una implementación de juegos que pueden permitir el paso rápido entre etapas o la posibilidad de “hacer trampas” (habitual en muchos juegos actuales mediante páginas donde se explican trucos para conseguir más vidas o energía), hace que la gamificación pueda ser totalmente inútil para un aprendizaje eficaz.

Además de lo anterior, también se pueden llegar a cuestionar los diferentes puntos:

  • Los alumnos son personas y, las personas son competitivas y quieren ganar. Seguramente, ese espíritu de “querer ganar”, se va a trasladar a buscar formas de ganar al sistema y, por ello, pueden dar lugar a resultados de aprendizaje inexistente (dejando en segundo término el aprendizaje que se ha planteado con dicha gamificación)
  • Los alumnos quieren divertirse y entretenerse. Los juegos que sean especialmente “atractivos” redundarán en detrimento del aprendizaje mientras que, los que son demasiado “aburridos” los desmotivarán. Es muy difícil encontrar el término medio en un juego para asegurar que dentro de un entorno interesante puedan realizar un aprendizaje efectivo asumiendo los aprendizajes que se pretenden
  • Las recompensas son, muchas veces, intrascendentes. Las ganas de obtener insignias u otro tipo de “regalo inmaterial” no perviven en el tiempo (el ejemplo más claro es el de Foursquare, donde cada vez hay menos usuarios – si es que aún funciona- ya que las recompensas -ser nombrado “mayor” o “destronar a alguien de un cargo” de un lugar han perdido la motivación inicial)
  • Los juegos están planteados, en la mayoría de juegos educativos vendidos bajo la denominación “gamificación”, como lineales. Una linealidad que no da cabida a los diferentes intereses y estilos de aprendizaje. Una linealidad que, por muchas opciones que tenga el juego, nos van a llevar a tener que asumir los mismos objetivos para obtener unas recompensas

No hay duda que la gamificación está llegando pisando fuerte pero, también queda claro que no va a ser un éxito inmediato, ya que todavía tiene algunos errores que resolver. Y todo el mundo sabe que un juego con errores en el mismo, no es divertido en absoluto. Bueno salvo que seas un profesaurio de incógnito.

El profesaurio tiene Twitter para pontificar de su religión. No hay ponencia educativa ni tuit que se precie en el que no aparezca el demonio educativo del siglo XXI: la escuela innovadora. No, no hay gurú (sí, dentro del colectivo de profesaurios también hay gurús) que soporte más de cinco minutos de charla sin referirse a ella, ni medio de comunicación que no deba justificar ciertas afirmaciones de los personajes anteriores que, dentro de su máxima de vender, intoxicar y conseguir pingües beneficios, le permitan seguir siendo de esos medios tan “imparciales” cuando se habla sobre temas educativos. Qué demonios, la escuela innovadora vende. El diablo, envuelto en papel cuché, siempre tiene su punto entre erótico y perverso. Siempre es bueno encontrar excusas cuando uno debe vender cosas. Y al final, la realidad, impone que esa venta sólo puede darse si uno encuentra enemigos, sean o no productos de la imaginación. Bueno, muchos se tragan que Elvis está por Hawai disfrutando de sus merecidas vacaciones después e hacerse el muerto. Y, otros muchos, que hay soluciones rápidas para todos los problemas globales y que, son todos los que los padecen, los que no quieren solucionarlos. Nada, lo de siempre. Echar la culpa a terceros y al imaginario colectivo de todos los males.

El concepto de “escuela innovadora” vende muchísimo más que la “tradición”. Los docentes “profesaurios” lo son por contraposición a lo que padecen (sic.) lo que ven en las películas del youtuber de moda y, cómo no, a aquello que les cuentan, con lágrimas en los ojos, todos los alumnos de la mayoría de profesionales que están en las aulas. Sí, venden mucho las películas de ciencia ficción. Más aún aquellas que, lo único que hacen, es tirar de tópicos absurdos para hacer demostraciones que no superan ni una triste prueba con algodón de la empresa que los vende. No, si uno está en el aula, abre los ojos sin prejuicios y se planta, de forma más o menos visible, a ver lo que hacen sus compañeros verá que, ni todos son tan sádicos, ni el alumno está tan triste, ni las técnicas pedagógicas de la pizarra digital pululan en sus centros. No, hay una cierta necesidad de vender modernez docente y son rara avis. Tan raros que, en ocasiones, se agradecería que hubiera alguno para preguntarle acerca de su modelo educativo porque, al final, resulta que no hay un modelo educativo único. Hay tantos como docentes estén pisando las aulas. No hay dos docentes iguales, al igual que no hay dos alumnos que, más allá de usar el mismo tipo de vestuario marcado por unas ciertas modas que, al hacerse uno mayor ya no entiende (bueno, el de nuestra época también debería ser incomprensible para los docentes que tuvimos), tengan las mismas necesidades educativas. Y sí, se personaliza el aprendizaje. No solo el aprendizaje, se intenta ayudar a los alumnos aunque algunos no se lo crean o les interese vender que no es así.

Resulta curioso que se tire de algo que no existe para justificar la necesidad de otra cosa. Me suena demasiado al discurso anti inmigración o, simplemente, a aquellos que defienden la existencia de platillos volantes en Roswell. Seguro que algunos se lo creen pero hay muchos otros que lo único que quieren es sacar tajada de lo anterior porque, seamos claros, ¿a quién le interesa crear ficticiamente un modelo educativo que no existe, hablar de tópicos y vender soluciones milagrosas para esa ficción? No, no hace falta que me respondáis. Creo que todos sabéis a quién.

Así pues, id con mucho ojo no os la intenten colar. La realidad es que los profesaurios son los mismos que han acuñado el concepto para dirigirse a unos enemigos inexistentes. Los mismos que, un día sí y al otro también, sustituyen los Cuadernos Rubios por la app que permite hacer sumas y restas en el iPad. Son aquellos que acaban complicándose la vida con las TIC para hacer lo mismo que antes hacían en pocos segundos.

Un inciso importante. Hay momentos en que los docentes nos debemos plantear el uso de las TIC en el aula. Por mucho que a algunos profesaurios les gusten con locura las nuevas tecnologías y su aplicación en el aula hemos de tener en cuenta cuando dicho uso, más que positivo, llega a ser perjudicial para nuestros alumnos. Un mal uso de las TIC puede ser igual de contraproducente que un libro de texto e, incluso, ese mal uso puede llegar a provocar problemas en el aprendizaje de nuestros alumnos.

No se debería usar las TIC cuando…

  • Su uso va en detrimento de habilidades básicas que deben asumir los alumnos (cuestiones básicas de lectoescritura, expresión escrita y operaciones matemáticas básicas de cálculo mental).
  • Su uso comporta el mantenimiento de prácticas idénticas a las que se realizarían sin esos dispositivos digitales (usar las TIC para hacer lo mismo de siempre es un error).
  • Su uso está excesivamente condicionado por la infraestructura técnica del centro. Conexiones lentas en los centros educativos hacen que usar las TIC se convierta más en una cuestión de fe que en una posibilidad real de uso.
  • Su uso supone una pérdida de tiempo respecto al uso de otras alternativas viables.
  • No se está suficientemente preparados para ello (y no me estoy refiriendo sólo a formación en la herramienta a usar).
  • Se usan por obligación o fe.
  • Lo único que se hace es sustituir los libros en papel por libros digitales.
  • No se tiene claro el objetivo real de su uso.
  • Pensamos en las TIC como un enemigo a domesticar, etc.

Se pueden aportar muchos noes al uso de las TIC, pero lo que SÍ que conviene tener claro es que las TIC nunca han de convertirse en el núcleo del aprendizaje.

Y aquí, entre cuentos de profesaurios sumando otras zarandajas, creo que ya el personal puede hacerse una idea bastante clara del asunto.

Aviso a navegantes… nunca nada es lo que parece. Acordaos de la serie V.

Cualquier cosa que queráis comentarme del borrador de este capítulo no dudéis en hacerlo. La redacción del libro va a estar en abierto para que me podáis aportar cosas (como comentario, por mail o, simplemente, por las redes). Espero os resulte interesante.
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