No sé por qué les ha entrado esta manía a algunos docentes de autodenominarse innovadores y basar toda su existencia en la necesidad de “molar”. Tampoco entiendo la necesidad de justificarse en todo momento por serlo, cuestionar a todo el mundo que no innove (o lo haga según el modelo estandarizado que tengan cada uno de ellos) ni, en ocasiones, la necesidad de plantear las críticas que recibe su modelo por parte de alumnos, padres u otros compañeros, como un error de quien osa cuestionarles. Ya, cuando uno es juez y jurado pasa lo que pasa. Cuando uno pierde cientos de horas montando una clase ideal, mediante una metodología que debe instaurarse a fuego sin conocer a los alumnos y, por desgracia, el asunto le sale mal, siempre es mejor echar balones fuera y decir que la culpa es del otro. Claro, del sistema educativo encorsetado, de las pruebas externas o, simplemente, de lo mal vistos que están en los centros educativos en los que trabajan porque son unos incomprendidos. Por eso están en las redes. Para que algunos les den algunas palmaditas en la espalda y les digan lo guays que son y lo maravilloso que es su método. El aula, simplemente, un pequeño contratiempo para sus aspiraciones mesiánicas y metodologías maravillosas.

Creo que esto de la innovación se nos ha ido de las manos. No se trata solo de no saber a día de hoy a qué se refiere el personal con ser innovador. Es tener que oír lo malos docentes que son todos los que no hacen lo que dicen los que se autodenominan innovadores. Que si uno no flipea, es un mal docente. Que si uno no usa las TIC es que está desfasado. Que si uno no reduce la explicación a la mínima expresión es que, lamentablemente, no entiende en qué sociedad vivimos ni las ventajas de tener Google. Claro que no tiene ningún sentido el aprendizaje de nuestros alumnos tal y como lo plantea más del noventa por ciento de los docentes. Claro que estamos equivocados. Claro que si no innovamos, estamos perdiendo la posibilidad de sacar genios de nuestras aulas. Es que, por suerte, todos son unos genios. Y si no llegan a materializarse, la culpa es del sistema educativo y, especialmente, de aquellos profesionales que se empeñan en no innovar. Qué cansinos que son algunos. Bueno, y cuando se añaden conceptos como hacer de coach, ser un influencer educativo o, simplemente, ser el padavan del aprendizaje, ya es que uno no puede menos que echarse unas risas.

Algunos están hablando demasiado y teniendo demasiados problemas en sus aulas para no plantearse qué están haciendo. En veinte años de docencia jamás he tenido problemas por usar una metodología u otra con mis alumnos. Tampoco la he tenido por no usar libro de texto o, usar herramientas para que los alumnos hagan determinadas cosas. Es por ello que me sorprende el típico discurso del innovador que siempre tiene problemas; que siempre está cuestionado por todos. La verdad es que no lo entiendo. Bueno, sólo puede entenderse en el caso que sea un profesional auténticamente inútil que deba justificar su incapacidad de dar clase con trucos de magia. El problema es que usar trucos de magia o palabras guays no cuela en el aula. Y mucho menos delante de los alumnos. Los alumnos no son tontos y saben perfectamente, a partir de una cierta edad, qué es lo que quieren. Y no me estoy refiriendo que quieran aprender de motu proprio. No van a tener esa iniciativa porque nadie la hemos tenido pero, como mínimo, lo que deberíamos hacer como profesionales es darles las mayores posibilidades para el futuro. No para un futuro ideal o utópico que algunos se plantean. No para trabajos que no existen. Un futuro que les permita, gracias al bagaje que van acumulando (sí, van a olvidar muchas cosas pero seguro que, si lo necesitan, van a poder tirar de los recuerdos) ser felices y triunfar. Algo que sí que es innovador. Mucho más que lo que nos están vendiendo como innovación.

Estoy harto de los innovadores que cada vez que se miran al espejo se recuerdan que lo son. Estoy harto de disertaciones estúpidas acerca de planteamientos metafísicos que entroncan con la realidad. Estoy harto de ficciones educativas. Estoy, en definitiva harto, de todos aquellos que, para justificarse, tienen que hacerlo acusando a todos los que no son como ellos de ser malos docentes. Hay qué joderse.

Por favor, por qué no nos dejamos de tanta disertación acerca de innovación y tradición para centrarnos en lo que debemos hacer. Nuestro trabajo es mucho más importante que jugar con palabras, disertar en las redes sociales fabulando acerca de si uno es maravilloso o ha encontrado “el método” o, simplemente, dedicar a escoger bando. Lo de los bandos ya está muy demodé porque, el único bando que mola es el que no existe. Y el de los profes molones va a ser que es muy difícil de comprar.

Además, no olvidemos que para molar de verdad, uno debe expresar máximas educativas de calado. Máximas que, supuestamente, también deberían aplicarse. Éste es el caso del docente antidocente. Sí, aquel docente que cree que todo el aprendizaje se da fuera del aula y que, la función del docente en pleno siglo XXI, queda reducida a poco menos que nada. Sí, apostar por la desaparición del docente cuando uno cobra por serlo es un poco difícil de tragar. Más aún si dichos postulados se dan desde la facilidad de no dar ejemplo. Porque, si uno no cree en el docente, lo mejor que podría hacer en caso de serlo es cambiar de trabajo. Ya está bien de criticar al colectivo y su función poniendo la mano cada mes para cobrar por hacer algo que consideran totalmente innecesario.

Yo sí que creo que el docente sirve y es necesario. Necesitamos docentes. Más allá de cuestiones vocaciones, necesitamos profesionales implicados en nuestras aulas. Implicados y que sepan adaptarse a las mismas. Sí, es un trabajo pero, si uno no cree en la necesidad del mismo poco podemos hacer. ¿Para qué sirve un docente? Puede servir para mucho o poco pero, lo que es indiscutible, es la necesidad de su existencia porque, la información (y la disponibilidad de la misma) no es lo principal. Lo esencial en el aprendizaje es saber gestionar la misma y, eso, por mucho que tengamos la mejor conexión a internet del mundo, necesita de alguien que ayude a gestionarla. Y ahí aparece la función del docente. Alguien capaz de analizar, interpretar y enseñar a dar validez a esos millones de datos.

Puedo llegar a entender que algunos consideren que las aulas no se adaptan a lo que deberían ser, que cuestionen cómo se gestionan los recursos por parte de la administración, que plantee, cada vez más a menudo, el rol del docente pero, de ahí a cuestionar su existencia. Bueno, a negarla… Eso es una gran diferencia. Negar la existencia de un colectivo debería impedir formar parte de ese colectivo. Sí, resulta un poco absurdo plantear un movimiento antidocente desde la propia docencia. Bueno, el problema no es plantearlo. El problema es la hipocresía que supone hacerlo y no tomar medidas para subsanarlo porque, si uno no cree en algo, ¿lo lógico no sería dejar su puesto para alguien que crea en esa función? Hipocresía justificable pero, al fin y al cabo, demasiado fácil de defender la postura desde un puesto que, según ellos, no debería existir.

Me sorprende el discurso del docente antidocente. Me suena demasiado al discurso crítico con un determinado partido político y acabar votando a los mismos. Un discurso que se basa en la facilidad, en la compra por parte de algunos (demasiados) del mismo y, como no, en la incapacidad de hacer frente a la coherencia que supondría lo anterior. Sinceramente, si alguien que es docente cree que los docentes no deberían existir, le recomiendo con muchísimo cariño que se extinga. Eso sí, sólo en sentido laboral

Quizás, como he dicho en muchas ocasiones últimamente, sea que me estoy haciendo mayor. Sí, envejeciendo bastante mal porque, por lo visto, cada vez mi umbral de tolerancia hacia ciertas cosas que suceden en mi profesión, es cada vez más bajo. No tengo claro qué me sucede. Lo que sí que tengo claro es que, al final, lo que necesitamos es empezar a considerar la docencia como algo plagado de personas heterogéneas y muy “normales”. Quizás dentro de esa normalidad heterogénea coexistan docentes más o menos afines con sus alumnos, usuarios y detractores de los libros de texto o, simplemente, empecinados en hacer las cosas de una u otra manera porque, por lo visto, es lo que mejor les ha funcionado según la experiencia que algunos llevan atesorada. La experiencia, por mucho que a algunos no guste oírlo, es un grado. Y la cantidad de errores que atesoramos los docentes con la experiencia es clave para mejorar nuestra praxis. Mucho más que cualquier otra cosa. Mucho más que ese cursillo realizado acerca de metodologías que jamás vamos a poder aplicar en nuestra aula. Mucho más que esos cantos de sirena que, normalmente en páginas económicas de los medios, nos taladran día sí y al otro también.

Los docentes no somos superhéroes ni debemos serlo. Los docentes no somos infalibles ni debemos aspirar a serlo. Tampoco, por cierto, somos mesías ni tenemos la solución a cada uno de los problemas de aprendizaje de nuestros alumnos. Por no tener, a veces no tenemos ni un triste boli en el bolsillo (ya, pegadme colleja, he vuelto a hablar en clave personal). Y aún así, dentro de esa normalidad que algunos nos intentan cuestionar, sacamos adelante a algunos alumnos. No a todos. Ni los mejores docentes de la galaxia si existieran podrían hacerlo. No hay metodología milagro que salve determinadas situaciones de contexto. No, no la hay. Al igual que no hay docentes excelentes. Hay docentes apañadillos. Bueno, también alguno de malo pero como en todas las profesiones. No todos se han podido largar a evangelizar pingüinos a Antena 3. Ya, otra colleja. He vuelto a sobrepasarme. Es que es escribir y me aturullo.

Siempre voy a defender al docente que hace su trabajo lo mejor que puede y sabe. Jamás voy a cuestionar a alguien por hacer lo que considere en su aula. Eso sí, voy a defender hasta la muerte (bueno, tampoco exageremos) la profesionalidad de la mayoría de nuestro colectivo y no voy a dejar pasar la idea de aquellos que, curiosamente adueñándose poco a poco de las redes, van diciendo por activa y por pasiva que los docentes son un colectivo mediocre plagado de profesionales que están a verlas pasar. No, no es así. Por mucho que se empeñen en repetirlo algunos, recibiendo aplausos por otros, no es cierto. Los docentes no somos pasivos en el aula. Los docentes no vivimos en el siglo XX. Los docentes tenemos chavales delante nuestro y hemos de lidiar con ello. Joder, ¿tan difícil es de entender que la cagamos o acertamos en la misma proporción que el resto de personas que no trabajan en esto? Vamos a poner un poco de sentido común a ciertas cosas. Que uno -y este soy yo- ya está harto de tanto artículo cuestionando la profesionalidad de todos menos del que escribe y viendo como, sin ningún sonrojo, algunos hablan de un modelo de escuela que no existe ni en los cromos.

El docente “normal” existe y es tan diferente dentro de su supuesta normalidad como los alumnos que tiene delante. Un gran profesional que, vaivén va, vaivén viene, hace lo que puede con lo que tiene o quizás se inventa, con lo que no tiene, algo que le permita dar clase. Y al final, los alumnos aprenden. Ni mejor ni peor que con fuegos de artificio. Simplemente, salen adelante. Y muchos más de los que parece o que nos venden en estadísticas cada vez más cocinadas y manipuladas. Va a ser que, gracias a la normalidad anormal imperante en nuestro país (no sólo a nivel educativo), todo va muchísimo mejor de lo que sería lo esperable.

A veces, ser docente no mola. En ocasiones hay problemas en nuestras aulas de difícil solución. O, simplemente, hay realidades no paralelas que obligan a bajarte de la senda de baldosines amarillos en busca del unicornio para no pegarte un morrazo porque, va a ser que romperte la crisma por una mala caída, no mola nada.

Cualquier cosa que queráis comentarme del borrador de este capítulo no dudéis en hacerlo. La redacción del libro va a estar en abierto para que me podáis aportar cosas (como comentario, por mail o, simplemente, por las redes). Espero os resulte interesante.
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