Como en cualquier profesión, en la docencia existe un período profesional en el que te das cuenta que, por desgracia, pasan los años y sigues cometiendo determinados errores. Algunos no escarmentamos y, al igual que sucedió con la ilusión del desembarco tecnológico en los centros educativos en forma de miniportátiles de hace ya un tiempo o, simplemente, la apuesta por el uso de determinadas herramientas y servicios en el aula, nos damos cuenta demasiado tarde que, en más ocasiones de las asumibles, tomamos ciertas decisiones totalmente huérfanos de sentido común. Es lo que tiene la educación. Es lo que tiene un contexto profesional, demasiado ramificado, en el que lo importante se convierte en secundario, lo urgente en innecesario y lo totalmente secundario, en más ocasiones de las que la lógica marca, en lo que está en las hojas de trabajo de los políticos o, simplemente, en las necesidades que algunos se han generado de forma totalmente ficticia. Necesidades que, hoy en día, se ven acentuadas por un espectáculo demasiado obvio que reconvierte la educación en algo muy parecido a una opera bufa.

Tener una determinada cultura no te hace inmune a cantos de sirena. Tampoco te hace ser más crítico ni, por lo visto, revisor de hemerotecas educativas. No es solo ver cómo se llenan determinados auditorios para escuchar a personajes que, sinceramente, solo sirven para decir cuatro frases branding, mientras ves a otros plagados de grandes historiadores, científicos o personas con un amplio currículum profesional detrás, que no llenan ni una sexta parte del aforo. Es lo que tiene priorizar el espectáculo por encima de la necesidad de mejorar profesionalmente. Ya si queréis nos ponemos con los cursos de formación de mindfulness, neurocosas aplicadas a todo o, simplemente, aquellos que hablan sobre metodologías multicolores que, si uno echara la vista atrás, leyera algo o, simplemente, viera qué ha sucedido en países de su entorno que llevan más años vendiendo determinadas zarandajas, se mantendría al margen de todo lo anterior. Lástima que todo eso es muy vendible. Y, por lo visto, comprable. El fenómeno fan trasladado, de forma más o menos efectiva, al ámbito educativo. Bueno, ya si queréis hablamos de aquellos que se fotografían con determinadas camisetas de una determinadas multinacional convirtiéndose en una parte más de su negocio.

Estos últimos días me ha llegado por diferentes medios que, en determinados países hermanos del otro lado del charco, están empezando a probar con el modelo innovador que algunos conocemos muy bien. Por cierto, ¿alguien tiene información acerca de las evidencias que ha supuesto en determinados centros educativos la adhesión determinados proyectos innovadores? Es que, algunos nos preguntamos dónde están esos datos que iban a publicar en abierto y que nos iban a permitir ver cómo había mejorado la educación en esos centros. Pues va a ser que no existen. Bueno, existen algunos informes sin datos que hablan de luces multicolores. Así no se hacen las investigaciones. Eso sí, algunos siguen empeñados que su modelo funciona. Y lo exportan de forma global. Porque, no nos olvidemos que, la orfandad del sentido común permite, en muchas ocasiones, globalizar el despropósito. Una globalización muy relacionada con determinados intereses. Y no, por favor, a estas alturas de la película no me defendáis que todo lo que está sucediendo en educación se hace por las ganas de cambiar el modelo de algunos docentes. No cuela.

Cuando uno va a ver a su equipo de fútbol (o cualquiera de los deportes que le interese), se posiciona abiertamente a favor del mismo, obviando los penaltis que puedan cometer los jugadores de “los suyos” y creyendo que “los otros” siempre están fuera de juego. Incluso algunos se atreven a cuestionar algo tan objetivo como el VAR. Es lo que tiene la subjetividad. Ser capaz de manipular hasta la saciedad las visiones propias para convertirlas en entelequias de diferente calado. Algo que se ve potenciado por una falta absoluta de ganas de leer, investigar o, simplemente, no quedarse con una visión siempre parcial de un contexto concreto. Todo es mucho más complicado. Muchísimo más.

Los docentes estamos (me incluyo) faltos en muchas ocasiones de sentido común. Se aceptan alegremente muchas cosas que nos venden interesadamente los medios, se montan películas de ciencia ficción que muchos van a ver en el cine educativo o, simplemente, se acaban comprando verdades que distan mucho de serlo. Y lo más grave del asunto es que hay algunos que, después de ver ciertas cosas que han pasado y, en muchos casos fracasado estrepitosamente, siguen creyendo en las bondades de las mismas porque se lo han acabado vendiendo muy bien o simplemente cambiado el envoltorio.

Actualmente hay muchos centros educativos que están estudiando la posibilidad de implementar tabletas (o ya lo están haciendo) para ser usadas con sus alumnos. Una decisión muy importante ya que cuando se tiene que optar por una solución basada en estos dispositivos tecnológicos hay algunas cuestiones realmente importantes, entre las que destacan, cuestiones presupuestarias, diseño de un entorno de uso, aspectos de gestión de aula y capacidad de extracción de unos beneficios educativos.

Por tanto, al igual que con cualquier otra herramienta a introducir en entornos de aprendizaje, necesitamos responder a algunas cuestiones básicas para optar por dicha decisión (más allá de hacer la misma como estrategia “de lo bonito que va a quedar” o como “incitación a una mejora educativa a posteriori que no se ha analizado en condiciones”).

Lo anterior significa que nos hemos de hacer algunas preguntas realmente importantes antes de tomar dicha decisión. Una decisión que va a marcar el devenir de la instrucción en nuestros centros educativos. Unas cuestiones como las siguientes:

1. ¿Cuáles son los objetivos que se plantea llegar con la adopción de las tabletas? ¿Habrá compromiso entre la comunidad educativa, facilidad de usar libros digitales de creación propia, acceso a entornos digitales virtuales para la formación, etc.? ¿Por qué hacer dicha inversión?

2. ¿Qué puede hacer la tableta que no sea posible hacerlo con otra herramienta tecnológica? ¿Qué problemas de aprendizaje resuelve que no puedan resolverse de otra manera? ¿Por qué son mejores las tabletas? ¿En qué puntos ganan la comparativa con sus alternativas?

3. ¿Qué tipo de planificación podemos hacer con las tabletas? ¿Qué elementos instruccionales (aprendizaje basado en proyectos, gamificación u otros) se nos facilitan con los nuevos dispositivos? ¿Mejoraría la metodología con la introducción de tabletas?

4. ¿Cómo se planificará la nueva metodología con el uso de tabletas? ¿Qué alternativas metodológicas se han de tener en cuenta que el aprendizaje pueda seguir siendo efectivo si se producen errores técnicos de las tabletas o de las conexiones? ¿Qué planes B, C o D tenemos que montar para que no nos quedemos encallados cuando se producen esos errores? ¿Qué sistema tenemos para minimizar el esfuerzo para montar los planes alternativos?

5. ¿Qué nivel de confort supone el uso de la tecnología en el centro educativo donde se quieren implantar las tabletas? ¿Están los docentes capacitados previamente para su uso? ¿Se ha dispuesto de un mecanismo para ayudar en el uso de esos nuevos dispositivos? ¿Hay motivación para su uso? ¿Está el profesorado implicado? ¿Hay una apuesta decidida por parte de la comunidad educativa para llevarlo a cabo?

6. El uso de tabletas requiere una planificación y metodología específica, ¿qué cambios se harán en el centro para permitir que dicha incorporación en el aula sea lo más fluida posible? ¿Qué se hará previamente a su introducción? ¿Dónde van a ser usadas? ¿Se usarán en todas las aulas y materias? ¿Se habrán de adecuar los espacios a su incorporación?

7. ¿Cuál es el papel del alumno en el uso de la tableta? ¿Tendrán suficientes aplicaciones para resolver los problemas que se les planteen a lo largo de su aprendizaje? ¿Se verán obligados a usar unas aplicaciones específicas? ¿Se dejará libertad para que ellos mismos, entre las aplicaciones que hacen lo mismo que hay disponibles, elijan la que les sea más cómoda?

8. ¿Estará el aprendizaje centrado en estándares, en datos (objetivables) o en el estudiante? ¿Quién marcará los ritmos? ¿Se dará libertad en el uso de la herramienta para que el alumno configure su propio aprendizaje? ¿Será un aprendizaje guiado?

9. ¿Se ha pensado en nuevas metodologías para encontrar ventajas con el uso de ese tipo de dispositivo móvil? ¿Se ha analizado los estudios sobre su uso en otros entornos (experiencias previas)? ¿Se ha hablado con otros centros donde se han implantado dichos aparatos?

10. ¿Cuál es el grado de compromiso del centro educativo en la implementación de tabletas?

También podríamos considerar otros detalles, como pueden ser la implicación de las familias y del entorno en el cual se halla el centro educativo (posibilidades de pedir subvención a empresas y fundaciones para su compra), sistema de compra del dispositivo (propio o en préstamo), uso de la tableta fuera del centro educativo (posibilidad de que se la lleven a casa), tipología de tableta (en qué sistema operativo esté basada y su tamaño), establecimiento de contactos con la empresa a la cual se los compremos para que asuma los problemas técnicos con rapidez (posibilidad de enviar tabletas de sustitución), etc.

Muchos interrogantes y planteamientos que habrían de quedar plasmados en un documento de trabajo y ratificado, cuando se fuera a llevar a cabo, por todos los miembros de la comunidad educativa. En definitiva, mucho trabajo previo y sentido común antes de implantar un nuevo dispositivo tecnológico en las aulas. No se ha de plantear su introducción como un capricho de un día. Se trata una herramienta de trabajo que hemos de aprovechar al máximo.

Creo que estamos perdiendo el norte en algunas de nuestras aulas. A veces da la sensación que se hayan convertido en un campo de pruebas de ideas que, por desgracia, han convertido al alumno en un simple conejillo de indias que sirve para un propósito muy alejado de su beneficio personal. No, no estoy escribiendo sobre ficción educativa. Estoy hablando de la realidad habitual de, cada vez más aulas, que está permitiendo a algunos vender lo que hacen más allá del simple hecho de dar clase. Vaya… he dicho dar clase y ya sabemos todos que es algo que, por desgracia, no vende nada bien.

Uno cuando entra a un aula debe tomarse un tiempo, más o menos largo, para pulsar el contexto de la misma. No pueden llevarse metodologías preconcebidas ni, mucho menos, estrategias basadas en una determinada herramienta porque, por mucho que en algún momento de nuestra vida profesional hayan funcionado, lo han hecho bajo unas premisas muy concretas, con un grupo de alumnos que no es el mismo y sujeto a una disponibilidad determinada de aquellas herramientas que, puede ser, que ya no tengamos. Y querer usar una determinada herramienta sí o sí es algo que no dice mucho del sentido común del que quiere aplicarla con sus alumnos. Bueno, eso y la necesidad, en determinados cursos de conseguir una determinada calificación para poder acceder a su carrera favorita. Que por experimentar, hay algunos que lo hacen en ese segundo de Bachillerato que viene tan marcado por una Selectividad, que puede gustar más o menos, pero que va a decidir el futuro de nuestros alumnos. Algo que debería preocupar más a aquellos que optan por las estrategias personales a cualquier precio. No son nuestras estrategias de aula lo importante, lo importante es el aprendizaje de nuestros alumnos o, el simple hecho de saber en qué lugar estamos y qué debemos hacer para que nuestros alumnos sean capaces de ir superando las etapas hasta llegar al objetivo final. Un objetivo que no va a ser único y que va a depender de muchos factores. Un objetivo que nos obliga a aplicar el sentido común en nuestra praxis.

Como he dicho antes, hay una deriva peligrosa envuelta bajo papel de diferentes colores. Necesidad de justificar la venta de determinados productos bajo la simple experimentación en las aulas. No hay nada malo en hacer cosas diferentes cuando algo no funciona. Ni tampoco es tan malo seguir con algo que sí lo hace aunque no sea tan vendible. A lo mejor hay ocasiones en los que la “innovación” es contraproducente pero eso es algo que, si uno es buen profesional, debería ser capaz de discernir. Bueno, si uno es buen profesional y tiene claro su objetivo. Un objetivo que tiene muy poco de figurar y mucho de trabajo silencioso. Un trabajo que, en muchas ocasiones no se ve, no permite obtener palmaditas en la espalda por las redes sociales y, ni tan sólo va a permitir que seas contratado como ponente de grandes eventos edumediáticos. El sentido común no vende y es por ello que, debe ser aplicado en el día a día teniendo muy claro que, pese a no vender, es lo mejor para los chavales que tenemos delante. No nos olvidemos que la clase de tercero de ESO B o de cuarto de Primaria A están conformadas por alumnos que necesitan a un docente que sepa adaptarse, que no tenga necesidad de vender milongas y que, a la postre, se preocupe por sus alumnos.

No todos los que prueban cosas diferentes en el aula han perdido el sentido común. En muchos casos, probar cosas diferentes es la constatación más fehaciente de la aplicación de ese sentido común. Eso sí, uno debe tener claro que, a lo mejor, ese sentido común te hace que en algunos momentos tus alumnos no se emociones, puedan sentirse puntualmente infelices y, a lo mejor, a lo largo del curso no entiendan muy bien por qué tienen que hacer ciertas cosas de determinada forma. Ya, el sentido común a veces obliga a hacer las cosas de forma difícil porque no hay camino fácil para llegar donde queremos porque, hablemos claro de una vez… ¿quién dijo que el aprender y el conseguir un futuro maravilloso fuera fácil? Porque no lo es.

El sentido común en nuestra profesión, con la problemática añadida de no poder ver, a diferencia de otras profesiones, resultados a corto plazo, dista mucho de forma global en ser el que deberíamos tener. ¿Por qué dejar que la realidad nos estropee una bonita ilusión que nos hemos montado? Pues, simplemente, por nuestros alumnos y por la sociedad en su conjunto. Ahí no hay ilusiones que valgan.

Por la vuelta del sentido común a la educación. Bueno, eso si alguna vez lo ha tenido. Mejor eso que finiquitarlo como pretenden algunos.

Cualquier cosa que queráis comentarme del borrador de este capítulo no dudéis en hacerlo. La redacción del libro va a estar en abierto para que me podáis aportar cosas (como comentario, por mail o, simplemente, por las redes). Espero os resulte interesante.
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