No seas un muermo. Deja tu cara menos divertida fuera del aula. Conviértete en un experto capaz de motivar a alumnos, cada uno hijo de su madre y/o de su padre. Grandes frases. Grandes afirmaciones vertidas, a golpe de megáfono, en alguno de esos auditorios donde a uno le apetece oír únicamente algún chiste de los fallecidos Eugenio o Chiquito de la Calzada. Es lo que tiene la diversión en estado puro aplicada a la educación. La incapacidad de algunos de reírnos al ver ciertas cosas.

El objetivo del sistema educativo es algo muy complejo de definir. Ya si hilamos tan fino de preguntarnos cuál es el sentido de la educación que, de forma más o menos reglada, se imparte a lo largo de determinados años por parte de docentes, ya nos encontramos con más de un quebradero de cabeza. Esto de buscar soluciones a problemas que se plantean cuando, ni tan solo se plantea el sentido de todo el asunto de forma global, tiene mucho de kafkiano. Bueno, más bien de kantiano. O va a ser roussoniano. Nada, se lo dejaré a los de filosofía que algo sabrán del tema.

La respuesta fácil sería la de considerar como objetivo último del sistema educativo el aprendizaje de los alumnos, el aumento de posibilidades futuras para ellos y, de rebote, una mejora de la sociedad en la que viven. Sí, una respuesta tan fácil como, a la vez, ¿errónea? O va a ser que la respuesta fácil es la respuesta correcta. La verdad es que no lo tengo claro. Tengo claro para qué me pagan e intento enseñar mi asignatura lo mejor que sé, utilizando las mejores herramientas disponibles y que mejor se puedan llegar a adaptar a mis alumnos (como el resto de compañeros), pero sigo sin tener claro el asunto. Creo que definir un sentido a algo que no se sabe ni en qué consiste es intentar buscar el sexo de unos ángeles que nunca han existido y solo son fábulas en busca de excusas concretas. ¿No será que buscar el objetivo del sistema educativo es una simple excusa para no buscarlo? ¿De verdad alguien tiene claro para qué enseñamos, por qué enseñamos así y, por qué lo hacemos en algunos períodos concretos con más ahínco que en otros? No, tampoco me sirve la típica digresión acerca de la conversión del sistema educativo en un destierro absoluto de conocimientos más academicistas. La cultura no llega por inspiración divina; la cultura se aprende, se disfruta y se padece a partes iguales. Parte se enseña, parte se aprende, parte se obvia. Quizás sea éste uno de los objetivos del sistema: el aumento de cultura de la sociedad pero, ¿qué es cultura? ¿Leer mucho, conocer muchos autores o, simplemente, saber qué noticias están sucediendo actualmente y efectuar una visión crítica, personal y no inculcada por terceros sobre la misma? Qué complicado se hace el asunto.

Creo que debo ser muy mal profesional porque no se el objetivo máximo del asunto. Sé que los procesos tienen su importancia, que el aprendizaje es clave, que el sistema educativo permite que aquellos nacidos en determinados contextos tengan esperanza de salir de ellos. Creo que es falso que el objetivo del sistema educativo deba ser “obtener” personas con unas determinadas características, que piensen de una determinada manera o que defiendan verdades absolutas. No creo en el adoctrinamiento, ni en la homogeneidad educativa ni, por desgracia, en que el objetivo del sistema educativo sea el mismo para dos alumnos. Ya, estoy echando balones fuera pero, entre que tengo cada vez menos claro el asunto y que, lamentablemente, tiendo mucho a dudar de quienes lo tienen todo tan claro estoy hecho un lío. Es lo que tiene pensar demasiado porque, a veces, el dejarse llevar por la intuición, reflexionar de forma superficial sobre ciertos temas o, simplemente, obviarlos, quizás sea para algunos la mejor manera de conseguir dar determinadas respuestas de forma muy rápida y contundente. Siempre es más cómodo poder decir que el objetivo del sistema educativo es (…). Qué suerte tienen algunos.

Bueno, supongo que queda claro después de la digresión anterior que a algunos les gusta llenar el paréntesis anterior con una palabra. La palabra que define clarísimamente la función de esa educación: el divertimento asociado a una motivación infinita.

“Los alumnos están deseando aprender pero, el problema, es que en la escuela usamos estrategias que no les motivan o no les genera suficiente felicidad su realización”. No, no es una frase tomada al azar. Es una fórmula que se repite en la mayoría de ponencias educativas y, cómo no, obvia de forma absolutista cualquier premisa que hable de otras cuestiones. Sí, aprender debe provocar la felicidad, ser fácil y tratar de resolver los problemas que tienen los alumnos. Problemas, totalmente alejados de cuestiones memorísticas, realización de operaciones matemáticas básicas (para algo existen las calculadoras) y sin ningún tipo de objetivo más allá de satisfacer su motivación intrínseca. Que el alumno quiere aprender pero el problema es que no sabemos diseñar las metodologías adecuadas para que lo hagan. Ni las que les damos son suficientemente motivadoras y divertidas.

Estos días llevo recorriendo lugares que, hace unos pocos meses estaban plagados de jóvenes jugando al juego de moda para móviles. Salvo alguna persona ya talludita (sí, curiosamente, el juego se ha trasladado al mundo adulto) y algún chiquillo despistado, ya no hay nadie jugando al juego. Bueno, sigue jugándose pero, como he dicho antes, de forma totalmente residual. Un juego que reunía todas las características para triunfar: motivador, diferente, usando las últimas tecnologías (Realidad Aumentada) y vendido hasta la saciedad por los medios. Lástima que los chavales se hayan cansado del mismo. Sí, la motivación dura lo que dura y, es por ello que las actividades motivadoras a medio plazo no existen. Si optamos por la senda del diseño de una actividad nueva cada semana, nos encontraremos con la necesidad de multiplicar por diez las veinticuatro horas diarias. Y, sinceramente, ¿hasta qué punto debemos prescindir del aburrimiento y la necesidad de que todo sea motivador y maravilloso? ¿Hasta qué punto obviamos las fórmulas más denostadas por los innovadores para convertirlo todo en un restaurante donde debemos cambiar la carta a diario y, procurando no repetir ningún plato no sea que nuestros alumnos se quejen por ello? No estoy hablando de inmovilismo, estoy hablando de un tren desbocado que, por desgracia, lo único que hace es perjudicar a toda la comunidad educativa porque, sinceramente, entre la velocidad que lleva y el poco tiempo que hay para disfrutar del paisaje, tenemos un problema. Un problema muy serio.

No es ser más o menos tradicionalista o carca. Tampoco creo que lo de taxonomizar al personal porque siga o no los dictados de un modelo educativo que viene impuesto por personajes que nunca han pisado un aula, basados en referencias científicas sesgadas y de dudosa interpretación, sea muy positivo. Lo que sí que tengo claro es que la motivación asociada, fundamentalmente al divertimento, no puede ser un valor absoluto, el divertimento debe ser aplicado en su justa medida y, por qué no decirlo, dejar al libre albedrío de los alumnos su aprendizaje (en cuanto a los tiempos y al qué) lo único que denota es una falta de profesionalidad absoluta del docente.

Estimular a nuestro alumnado se hace imprescindible. Eliminar las prácticas que no funcionan, también. Pero, a la hora de hablar de motivación, juego y aprendizajes, lo único que pido es que alguien piense un poco con la cabeza y nos dejemos de posturas extremas para intentar dar lo mejor posible a los chavales. Algo que, quizás, en un primer momento no les guste pero que, en un futuro, les puede ser muy útil.

Aprender no puede ser siempre divertido. No es divertido aprender a ir en bici porque te caes a menudo. No es divertido aprender a nadar porque al principio no hay manera de que flotes (como no sea con un maravilloso flotador). No es divertido aprender a cocinar porque los primeros platos que cocinas son un auténtico desastre. No es divertido aprender a tocar un instrumento porque no hay manera que salga nada que parezca un atisbo de musicalidad. No hay nada divertido cuando uno empieza con algo. Por tanto, ¿por qué nos planteamos el aprendizaje de los alumnos como un entorno seguro, donde debemos eliminar el fracaso y debemos centrarnos en que el alumno se lo pase bien? ¿Es lícito, en algo tan importante como es el aprendizaje, restar del mismo todo lo que pueda hacer que el alumno se estrese por haber de realizar un esfuerzo?

Todo aprendizaje requiere esfuerzo. Un esfuerzo que debe estar alejado de premios inmediatos. Un esfuerzo a largo plazo que debe llevar a un crecimiento en conocimientos, habilidades y actuaciones. Un crecimiento sostenido en el tiempo. Un crecimiento cuyo esfuerzo realizado en el antes va a permitir una satisfacción en el después. Una satisfacción que debe mostrarse pero nunca garantizarse. Una satisfacción en diferentes encapsulados que debe ser consecuencia de un trabajo previo.

Al rememorar los años de alumno (aún lo sigo siendo, aunque haya cambiado la forma en que realizo el aprendizaje -más autónomo y menos dirigido-) descubro que todo el esfuerzo pasado valió la pena. Lo difícil siempre era algo que costaba superar pero, una vez superado, era algo que te impulsaba para seguir con paso más firme hacia delante. Si hacemos desaparecer las montañas con el fin de convertir todo el aprendizaje en mesetas… ¿qué nos queda? ¿qué emoción reciben los alumnos del mismo? ¿qué impacto futuro tendrá esa falta de esfuerzo en superar y quemar etapas?

No se trata de hacer angosta la senda del aprendizaje pero, entre dar un vehículo cargado de gasolina que nunca se agote y andar a pie por un terreno arenoso a pleno sol creo que hay un término medio. Un término medio que pocos encuentran y casi nadie postula. Un término medio donde quizás deberíamos habernos parado antes de escorarnos hacia sectores que no nos corresponden de consecuencias impredecibles.

Eso sí, si conviene jugar a la casuística dual entre la diversión o el reventar, tengo claro en qué caso me gustaría encontrarme. Me quiero mucho y, por eso, si uno decide que su esfuerzo debe ir al margen de lo que se supone que es su faceta profesional, se suma a la campaña de payasismo imperante (pido excusas a los trabajadores del sector de la animación infantil) y, al final, todo su tiempo debe ir destinado a ver qué puede hacer para ser lo más entretenido dentro del contexto que es el aula, ya hay claro ganador. Además, qué mejor satisfacción para un docente que sus alumnos tengan ganas de volver a su aula para ver de qué se ha disfrazado hoy, qué manera de chocar las manos va a tener con ellos o, simplemente, si ya hablamos de etapas de adolescencia, saber hasta que punto van a utilizar las armas sexys que tenemos algunos profesores.

El Club de la Comedia ya está pasado de moda. Ahora lo interesante es visitar alguna de esas aulas tan innovadoras donde, lo importante ha pasado a ser el divertimento y la motivación mediante la excitación permanente. Al final, tampoco importa demasiado si el alumno aprende porque, cuando llegue a casa, seguro que sus padres, con vida laboral muy complicada en caso de tenerla, van a tener suficiente con hacer la típica pregunta de… ¿te lo has pasado bien hijo mío? Y la respuesta ansiada va a ser: sí, además tengo muchas ganas de volver mañana.

Lo que suceda en unos años, ¿a quién le va a importar? Lo importante, como siempre, la visión cortoplacista de una educación, cada vez más convertida por algunos en espectáculo que, al final, va a perder todo su sentido. Bueno, salvo que seas un cascarrabias, no te juntes con los comediantes y pretendas, más allá de motivar, conseguir que tus alumnos aprendan algo. Cosa que, a veces, no vas a conseguir pero, como mínimo, tendrás las cosas claras y sabrás cuál es tu función.

Que las clases sean amenas es fantástico. Que el único objetivo sea amenizarlas, es harina de otro costal.

Cualquier cosa que queráis comentarme del borrador de este capítulo no dudéis en hacerlo. La redacción del libro va a estar en abierto para que me podáis aportar cosas (como comentario, por mail o, simplemente, por las redes). Espero os resulte interesante.
EDUENTERTAINMENT

Cuando la Educación se convierte en espectáculo

En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
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