Se abre el telón y, después de una presentación espectacular, llena de tópicos, plagada de despropósitos y, con una vocalización más que cuestionable, realizada por la participante más joven de Gran Hermano, vestida de forma muy sensual, se procede a presentar a un gran cocinero. Bueno, a un cocinero, un jugador de fútbol, el presentador del Telediario y, uno que abandonó el aula cuando los dinosaurios poblaban aún la tierra. Todo ello, claro está, aderezado por la aparición estelar de algún participante de esos de Operación Triunfo que, en sus primeras ediciones, fueron de los primeros expulsados. Hay dinero pero no es cuestión de hacer un excesivo despilfarro.

Auditorio lleno. Grandes charlas tipo TED Talk, en la que alguien dice cuatro frases, tres de ellas diseñadas para causar impacto aunque no digan nada, mientras un nutrido grupo de docentes, después de la bolsa con el merchandising que les han regalado después de hacer horas de colas cual si sus alumnos estuvieran a punto de ver a Justin Bieber, está catatónico en sus sillas. Bueno, alguno haciéndose algún tocamiento muy poco casto mientras, por su comisura del labio, se le escapa esa típica babilla. Es lo que tiene el espectáculo. Bueno, y las drogas. Para qué lo vamos a negar.

Empieza a ser habitual la consideración de “experto educativo” a aquel que está alejado del aula. Se vislumbra la relación inmediata entre distancia al aula y grado de experto. A mayor distancia del aula, mayor experticia. Lo mismo que sucede en determinado tipo de cargos de la administración educativa. A menor cantidad de rozamiento con la silla en el suelo, mayor ineptitud. Ya sabemos que, según el Principio de Peter, el cual afirma que “las personas que realizan bien su trabajo son promocionadas a puestos de mayor responsabilidad, hasta que alcanzan su nivel de incompetencia”.

Por tanto y, aplicando dicha máxima a la situación de los expertos, gurús o influencers educativos, nos encontramos con situaciones que hacen tambalear el propio sistema educativo. Personajes que, base a méritos más o menos objetivables, ascienden a determinados cargos educativos (considerar el de los cargos unipersonales de Dirección de los centros educativos puede ser cuestionable, a excepción que consideremos los mismos como perennes e indefinidos a efectos de la máxima del principio) y, se encuentran sujetos a los siguientes corolarios del propio principio:

  • Con el tiempo, todo puesto tiende a ser ocupado por un empleado que es incompetente para desempeñar sus obligaciones
  • El trabajo es realizado por aquellos empleados que no han alcanzado todavía su sistema de incompetencia

Nos encontraríamos así, con la teorización de los comportamientos que se observan en muchos docentes que, promovidos a diferentes cargos educativos y, en los cuales llevan un largo período de tiempo, donde se percibe una cierta pérdida de la realidad de las aulas. ¿Ello es bueno para el propio sistema? ¿El alejamiento de, en otra época docentes de aula, durante largos periodos de tiempo promovidos a diferentes cargos es positivo? Me genera mis dudas el afirmarlo ya que, por motivos de la experiencia adquirida en los mismos, hace que su facilidad de manejo a la nueva realidad laboral pueda realizarse de forma más efectiva y sencilla. Aunque, quizás sería lógico tener en cuenta el aforismo de Ortega y Gasset cuando, en referencia a los empleados públicos comentó que “todos los empleados públicos debían descender a su grado inmediatamente inferior, porque han sido ascendidos hasta volverse incompetentes”.

¿Qué hacemos? ¿Mantenemos los ascensos o realizamos un vaivén del sistema? ¿Devolvemos a los docentes que estaban ocupando cargos de responsabilidad al aula, con la experiencia adquirida en esos años, antes que, según el propio Principio se vuelvan indolentes e incapaces, o ninguneamos la aplicabilidad del mismo al sector docente considerando que la incapacidad, en caso de producirse, sea transitoria?

Este Principio tiene una connotación interesante (más allá de la creencia o no en el mismo): la necesidad de establecer un sistema de promoción profesional docente, por escalones y, en condiciones. Que primen más las capacidades y méritos objetivos que cualquier elemento externo y, que permitan ser subidos o bajados los escalones de dicha profesión de forma flexible y sencilla. Si alguien no sirve en escalones superiores, y ha demostrado su incapacidad de una forma manifiesta, que baje hasta donde sea útil para el sistema. Si alguien promociona y es válido en su nuevo estado, mantenerlo. Es algo a analizar, más allá de utilizar este principio de forma totalmente demagógica en uno u otro sentido.

Si se ha de establecer un sistema de promoción, que el mismo se abra a todos. Que todos los docentes de este país puedan acceder en igualdad de condiciones y que se primen los sistemas de objetividad y equidad en esas promociones. No es lógico ni razonable, en un sistema como el actual, donde una parte de la culpa del fracaso escolar recae en una mala gestión de sus recursos humanos, que se puedan blindar plazas de promoción a docentes por motivos extraprofesionales.

Aparte de lo anterior, quizás sería bueno establecer, tal como se nos comenta en algunas revisiones neoliberales del propio Principio, que he ido leyendo en diferentes lugares, la posibilidad de realizar un intercambio de estadios de promoción nominales por cantidades económicas. Podría ser que alguien no quiera ascender porque en ese estadio nuevo de promoción iría ligado el mismo a un desligamiento progresivo del aula. Por tanto, ¿por qué no “vender” ese ascenso a la propia Administración a cambio de algún tipo de prebendas? ¿Sería posible establecer ascensos sin necesidad de abandonar el aula y manteniendo las retribuciones económicas que supondrían los mismos? ¿Sería factible renunciar a esas retribuciones económicas con el fin de ascender? Mucho que hablar para, basándonos en un Principio más o menos creíble, establecer una carrera profesional docente en condiciones.

Pero ya veis que me he ido, como me sucede habitualmente, por las ramas y no he seguido el hilo argumental lógico de la grandeza de algunos héroes del papel cuché. Superprofes. Grandes Profes. Aquellos que, normalmente, aparecen en las páginas de economía de los medios como adalides del cambio educativo. Mercadotecnia que no para ni en festividades de guardar. Esto de que, después de una de esas comilonas en las que la digestión es entre mala y muy mala, te pasen un artículo ilustrado por una imagen de un docente enfundado en un disfraz de Spiderman para venderte que “el sistema educativo tradicional es lacónico”, ya te hace imposible digerir esa paella fantástica que ha cocinado tu suegra. Se ha de ser muy memo para creerse todo lo que nos venden los medios y, más aún para pretender que organizaciones bancarias, tecnológicas o, simplemente, experimentos muy viralizados que se hacen en las aulas, van a mejorar la educación. Bueno, siento la comparación por los memos. O por los mimos. La verdad es que tampoco importa demasiado.

Hacer de payaso, mago o, simplemente, presentarte a todos los premios que surjan, solo o con tus alumnos, que patrocinan industrias armamentísticas, sex shops o, simplemente, una multinacional de esas que cortan la luz a miles de ciudadanos cada día, no tiene mucha extrapolación a la realidad del aula. Bueno, sí la tiene siempre y cuando como hacen algunos, te sirvan para largarte del aula para vender libros, dar charlas o, rizando el rizo, plantarte en la Universidad para explicar algo tan poco científico como neuroeducación desde una formación inicial en Magisterio. Ya, yo tampoco con mi titulación de Ingeniería, me atrevería a hablar de neurociencia aplicada a la educación. Creo que tampoco mis compañeros psicólogos o, la mayoría de neurocirujanos que hay en nuestro país. Da igual, siempre hay quien, después de leer un par de búsquedas de Google y un par de artículos de algún blog, se enfunda en la experticia que le da dicha búsqueda o lectura.

Lo importante son los premios. Lo importante son los egos que se adquieren cada actividad que se difunde en SIMO o, en cualquier otro macroprostíbulo educativo de esos que, por desgracia, tanto pululan en nuestros días. No hay día sin nuevo premio al mejor docente, al que sabe más de magia, al que le salen pedorretas con una mayor tonalidad. El espectáculo es una deriva que me preocupa. Más aún cuando algunos se atreven, sin ningún sonrojo, a decir que se mejoran los resultados con su método infalible. A ver si nos enteramos… el que evalúa es el docente y, por ejemplo, si yo me invento un modelo de clase en el que mis alumnos deben venir con camiseta amarilla, poniendo en la programación que lo anterior valdrá un porcentaje de la nota además de diseñar unos exámenes que validen mi modelo… voilà, ya he mejorado los resultados de mis alumnos. Qué fácil es manipular los resultados para que den lo que yo quiero y que demuestren lo que a mí me interesa.

Cada día que pasa hay menos cosas que me sorprendan como docente pero, al final, siempre hay algo que sigue superando mis capacidades de comprensión. Lo sé, tendría que tener la mente abierta pero, ¿me dejáis seguir cuestionando aquello que me chirría en exceso? Que, por lo visto, vamos a seguir teniendo nuevos rostros de cartón piedra en el ámbito educativo. Toca esperar qué personajes se nos mediatizan y sí, por fin, se publica la primera investigación seria patrocinada por una marca de calzoncillos que diga que si los docentes usan los de esa marca, se convierten en superhéroes innovadores. Eso sí, siempre que se lleven por fuera con la marca bien a la vista no sea que la marca pierda el dinero que ha gastado en premios al docente más innovador o publicidad.

No discuto la necesidad de la caverna mediática de rodearse de ponentes que vendan su nombre para que el evento sea más visto. No discuto la necesidad de priorizar el share por delante de la utilidad de los eventos. Lo que sí que cuestiono es comprar este tipo de eventos por parte de la comunidad educativa como solución a los problemas del aula.

Yo no soy un gran profe pero sí que conozco a grandes profes. Y los Grandes Profes son los que están en el aula. Y sí, lo anterior no implica que los profesionales que participan en el evento no lo sean. Simplemente que es muy complicado hablar de algo que sólo se conoce de oídas e intentar dotar de soluciones sin contar con los principales implicados (no sólo docentes).

No ser mediático no implica no ser un buen profesional de la docencia. Mis padres jamás han sido mediáticos y eran grandes docentes. Mi mujer, mi hermana y mis cuñados también lo son y, por no tener blog ni ser activos en las redes sociales, no son más o menos hábiles y válidos que yo en su tarea profesional. Al menos se lo curran o se lo curraban bastante más. O quizás no pero, ¿realmente os creéis que por el número de seguidores, entrevistas que se conceden a los medios o libros que se publican, uno es un mejor profesional de aula? Sí, he dicho de aula y lo repito. La profesionalidad de un docente se demuestra en el aula y no es un concepto a corto plazo.

En estos últimos tiempos me estoy dando cuenta que conozco a casi todos los que imparten cursos de formación. También conozco, de forma virtual en la mayoría de ocasiones, a la mayoría de docentes que salen en los medios. Resulta curioso que se denomine mejor docente a alguien que ha hecho con sus alumnos una determinada actividad cuando he visto a muchos de mis compañeros hacer prácticas similares en sus aulas. Prácticas con grupos mucho más complejos que ese reducido grupo de alumnos con el que el gurú de cabecera de la educación española vendió el proyecto. A muchos docentes no les interesa vender ni venderse. No es malo que uno se dé visibilidad. Lo perverso es convertir automáticamente la visibilidad en capacidad profesional. Algo que no va, en muchas ocasiones, relacionado. Hay innovadores que siempre tienen problemas en sus centros y con sus alumnos. No lo digo yo. Me lo cuentan padres hastiados al ver cómo algunos de los que dan clase a sus hijos parecen más interesados en colgarse medallas que en otra cosa. No son todos pero sí cada vez más. Seamos sinceros, hoy en día sólo forman a los docentes los más mediáticos. Si uno no tiene perfil en Twitter, pertenece a determinadas asociaciones o participa en determinados juegos, no existe a la hora de ser “bendecido” con la oferta de dar un curso de formación. El buen docente se confunde, interesadamente, con el docente mediático.

¿Nadie se está dando cuenta que lo que estamos mediatizando son las prácticas edulcoradas y manipuladas para que queden bien de los docentes? ¿Nadie se plantea por qué nunca son los alumnos los que se mencionan en los medios? ¿Nadie se ha preguntado nunca por qué, a la hora de conceder una entrevista, la mayoría de los docentes más mediáticos jamás mencionan a los chavales a los que han dado clase, a sus compañeros de trabajo o, simplemente, a aquellos que les han marcado a la hora de su profesión? Porque un docente sin alumnos no tiene sentido. Menos aún uno sin compañeros, centros educativos en los que se imparta clase o, simplemente, ejemplos que les ayudan a ser mejores en su praxis. Y ahí no son las starlets que salen en los medios los que ayudan. Son esos compañeros que, día tras día, dan lo mejor de ellos en el aula.

No voy a cuestionar que haya docentes mediáticos que estén haciendo las cosas bien en sus aulas y que se merezcan reconocimiento. Otra cuestión es creerse que, por estar nominado por un banco, hacerse una foto con un cocinero o, simplemente, escribir un libro uno sea mejor docente que sus compañeros. No es cuestión de premios. Es cuestión de mejorar las condiciones de los docentes porque, al final, el que va a mejorar el futuro de sus alumnos (dentro de sus posibilidades) va a ser el docente que está con ellos en el aula; no aquel que se larga para evangelizar pingüinos ni el que dé más cursos de formación a sus compañeros. El trabajo de un buen docente no tiene porque ser tan visible. Eso sí, lamentablemente, en un contexto en el que parece que todo tenga un precio y que, incluso sea defendido el modelo liberal de la concepción de la docencia por parte de algunos, es bastante complejo el entender que, al final, lo que debemos reivindicar es el colectivo docente. Un colectivo en el que una minoría se mediatizan y muchos cientos de miles no. Grandes profesionales a la sombra que, por suerte, siguen haciendo lo mejor de ellos mismos a pesar de no ser reconocidos mediáticamente. Bueno, seamos claros… ¿a quién le interesa priorizar el reconocimiento mediático frente al agradecimiento que, pasados los años te dan tus alumnos? Mejor, obvio la pregunta.

Algunos seguirán dando clase con más o menos ganas, otros seguirán fuera de ellas preparando el PowerPoint para su nueva charla y, finalmente, algún otro será entrevistado en los medios donde explicará su trabajo. Yo voy a reivindicar a mis compañeros de trabajo. A los que han trabajado personalmente conmigo en alguno de los años en los que he dado clase y a los que dan clase en otros lugares. A los que están en Infantil, Primaria, Secundaria, FP o con adultos. A los de las EOI. A todos aquellos que, sin ser conocidos mediáticamente y con ganas de hacerlo bien, van a tener delante de ellos muchos ojos que van a estar observándoles. Claro que hay malos profesionales en el aula poco mediáticos ni mediatizables pero, sinceramente, ¿alguien cree que ser más o menos mediático está relacionado con la profesionalidad de uno?

Espero que alguna vez cuenten con los que realmente saben lo que pasa en las aulas porque, el día en que empiecen a contar con ellos, quizás se empiece a vislumbrar el cambio. Un cambio muy necesario a estas alturas de la película educativa gestionada desde un casting demasiado mediático.

Lástima que la esperanza anterior se trunque por la realidad porque, a diferencia de una pirámide trofica del grandísimo docente (ya da igual si ha dado clase alguna vez o no) está copada por un tipo que vive de hacer un cajón flamenco, otro de publicar para su academia privada vídeos en Youtube o, un tercero cuya mayor virtud es llevar la magia a sus clases -y no me refiero a magia a nivel de mejora milagrosa del aprendizaje de sus alumnos y sí a los trucos de Magia Borrás- creo que vamos a seguir confundiendo el concepto de Grandes Profes.

Cualquier cosa que queráis comentarme del borrador de este capítulo no dudéis en hacerlo. La redacción del libro va a estar en abierto para que me podáis aportar cosas (como comentario, por mail o, simplemente, por las redes). Espero os resulte interesante.
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Cuando la Educación se convierte en espectáculo

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