Bueno, de érase a es va un simple cambio de tiempo verbal. Así que no nos preocupemos por si era, es, había o hay.

Estamos en un país de farándula y circo. Nadie puede discutirlo a la vista del interés que presentan los eventos deportivos en una situación límite para el país. Cientos de miles de ciudadanos olvidándose, anestesiados delante de sus pantallas de televisión observando el buen juego de su equipo de fútbol subvencionado con millones de euros del erario público, de la situación real de su día a día. No es una crítica al fútbol. Ni mucho menos. Es simplemente la exposición de una situación empírica. Además, no olvidemos que esta financiación pública se complementa perfectamente con la publicidad de casas de apuestas.

Se incide poco en la ludopatía como conducta de riesgo en los alumnos de la ESO. Alumnos que, confirmado por ellos mismos, en muchas ocasiones juegan y hacen sus apuestas deportivas de forma continua en esas máquinas que hay en la mayoría de bares de nuestro país. A la luz del día y con el beneplácito de los dueños del bar, más interesados en mantener un modelo de negocio con las máquinas de juego que, por desgracia, en el procomún. Ya, lo sé. Nadie pone una pistola en la frente a nadie para que juegue pero, sinceramente, ¿alguien se cree que hacer fácil el juego ayuda a evitar la adicción?

Pero no quiero irme por las ramas. Quiero hablar de esos alumnos que, en los últimos años me han ido enseñando su tarjeta con la que cobran beneficios y me han ido diciendo las cantidades que, semanalmente, gastan en esas apuestas deportivas. Y, curiosamente, dicha afición a los juegos de azar está muy relacionado con el desempeño académico ya que, la mayoría de los que juegan habitualmente, también son alumnos que se hallan en grupos complejos (FP Básica, PMAR o PR) y cuyo rendimiento en sus estudios es entre malo y muy malo. Tengo claro que me faltan datos para asociar el juego habitual con el rendimiento académico y no hay, por ahora, estudios serios que lo relacionen en nuestro país pero… ¿no os parece extraño que, hablándolo con compañeros de otros centros se dé siempre la misma relación causa-efecto?

Hay alumnos que me dicen que no han fumado en todo el fin de semana porque, si fumaba no le iba a quedar para apostar a partidos múltiples. Que con cinco euros se podía sacar hasta cuatrocientos. ¿Sabéis qué? No les tocó pero, alguna vez toca y se enganchan. Las cantidades que juegan cada vez son mayores. La dependencia de la apuesta se hace cada vez más a deportes más absurdos. Apuestan a deportes que ni tan sólo sé qué son. Y pierden. Se enfurruñan. Buscan pasta. Apuestan. Recuperan algo hasta que, al final pierden lo recuperado y las pérdidas se hacen cada vez más grandes. Adictos al juego a los catorce y quince años. No son pocos. Cada vez son más pero, como socialmente no se ven tanto como los del botellón, se corre un tupido velo acerca de su existencia. Una existencia de adicto que, por ser de baja intensidad, no se mediatiza por falta de interés. El problema es cuando necesitan más dinero del que tienen para apostar pero ese es otro tema…

A mí me preocupa la ludopatía en la ESO. Me preocupa bastante más que un alumno de la ESO apueste a que se fume unos cuantos cigarros. Me preocupa porque, a nivel social eso va a tener sus consecuencias. No hay talleres extendidos. No se viene a hacer jornadas para informar de los problemas de la ludopatía. No se hace, por desgracia nada, más allá de, cuando salen de los centros educativos ya con una edad determinada y totalmente enganchados al juego, generan un problema social.

Quizás es que cada vez esté viendo más jóvenes echando dinero a las máquinas de apuestas. Quizás es que me guste saber qué hacen mis alumnos. A lo mejor me preocupo demasiado y debería mirar a otro lado ante ese problema pero, sabéis qué, no puedo. Creo que muchos adolescentes están malgastando su vida por culpa del juego. Y no, no estoy exagerando.

Pero no hablaba solo de la ludopatía como mecanismo de huida de la realidad. Estaba hablando del circo que suponían desterminados deportes. Un circo que, curiosamente se está trasladando a los centros educativos. Centros educativos que se movilizan masivamente para organizar vinos de honor, cenas de bachillerato, viajes a Portaventura (u otro sitio igual de lúdico), orlas o tareas igual de educativas que las anteriores. Eventos que gustan a los padres. Escaparatismo masivo cara a la galería.

No me parece mal la situación anterior. No me parece mal que los equipos directivos se movilicen para que todo eso quede muy bonito y “obliguen” al profesorado de su centro a venir bien acicalado para la foto de las orlas. No me parece mal que obliguen al profesorado a que participe en ese circo, ya que a los chavales les gusta que lo hagas. Es algo más. Algo importado directamente de las películas americanas y de los centros privados que se deben antes a las familias que a los alumnos. Algo que no me da ni frío ni calor.

¿Dónde está el problema de lo anterior? ¿Cuál es el gran hándicap de este despliegue de medios docentes orquestado por los equipos directivos de los centros? Simple y concreto. ¿Por qué no se hace lo mismo ni se brinda el mismo apoyo a los proyectos colaborativos que se están llevando a cabo en los centros educativos?

¿Por qué los docentes que solicitan ayuda para llevar a cabo proyectos educativos no consiguen implicar al resto del Claustro? ¿Por qué parece que las actividades formativas se conviertan en secundarias frente al despliegue escaparatístico? ¿Por qué sólo se mueven los equipos directivos cuando alguna de esas actividades que se han llevado en silencio y con el trabajo de pocos gana algún premio? ¿Por qué sólo entonces se van a hacer la foto de rigor para acompañarlos?

Por una parte parece que cueste mucho conseguir la implicación del profesorado en tareas que benefician el aprendizaje de los alumnos, mientras que para otras cosas (a mi entender más insustanciales) se involucra a todos los docentes en los fregados. Unos fregados que, más allá de lo bien que se queda con los padres y lo guay que se queda con los alumnos, no ofrece ninguna satisfacción.

Una triste farándula educativa, reconvertida en un exceso de alcohol, capaz de cargarse el alcoholímetro más moderno. Nos estamos pasando con la bebida. Reconozco que la euforia que algunos tienen frente a discursos educativos vacíos de contenido y plagados de frases buenistas, incuestionables y dignas de Mister Wonderful, está llegando a extremos insospechables. Con César Bona empezó algo que quizás ya hacía tiempo que estaba gestándose: la conversión de la educación en algo mediático, alejado del aula y de los intereses de nuestros alumnos y, por desgracia, plagado de connotaciones dignas del papel cuché más amarillento. Entre premios que son el Sálvame educativo, hasta llegar a la necesidad de vivir por y para determinados premios educativos, trinques más o menos jugosos o, simplemente, conseguir esa evasión de la realidad que tanto necesitan algunos, hay un montón de posibilidades. Estamos borrachos de influencers, innovadores y gurús. Y lo más grave del asunto es que el camarero aún sigue sirviendo alcohol. Un alcohol cada vez con más graduación que, al evaporarse, cada vez deja menos residuo. O sea, menos educación y más circo.

Algunos docentes pretenden convertirse en producto. No solo docentes. Los intereses que hay detrás de esas bambalinas y focos que todo lo esconden, están interesados en que cada vez sean menos docentes y más vividores del cuentacuentos. Ya ni tan solo necesitas haber pisado un aula en tu vida para que te mediaticen como el mesías. Branding, merchandising y jeting en diferentes proporciones. Único objetivo: el ego, la pasta o la necesidad de imitar a aquel que ha actuado como detonante de la fiesta. Una fiesta que se está dando de forma global, cambiando nombres pero con la misma intención final.

Hemos perdido el norte en la educación. Lo del control de alcoholemia necesario brilla por su ausencia. Y ya no digamos el sentido común de algunos al creerse ciertas cosas que, de forma edulcorada, algunos van vendiendo mientras otros diseñan una campaña de márqueting para el próximo producto que sea necesario sacar al mercado. Quizás con un envase diferente pero, al final, con el mismo grado de adicción por ser un producto tan bonito que sabe mal no comprarlo. Innecesario, claro está.

Cuando uno piensa que se ha llegado al límite en el uso de ciertas cosas y personajes, se descubre que aún puede ahondarse más en el paripé. Desde el momento en que la única manera de darte cuenta que estás borracho y tienes un problema, es reconocerlo en algún momento de sobriedad, tenemos un hándicap porque, en el circo educativo, no hay momento en que pueda darse últimamente esa sobriedad. Es lo que tiene el vicio. Más aún el vicio incentivado, potenciado y provocado por todo tipo de actores.

Me da la sensación que la resaca, cuando nos despertemos de la actual borrachera, va a ser de campeonato. Y mucho me temo que no va a ser nada agradable.

Lo mejor para pasárselo bien es cachondearse de determinados personajes y del circo que tienen montado. Más aún hacerlo con gracia. Les jode. Bueno, les jode aún más que en sus auditorios el porcentaje de sillas vacías cada vez sea mayor. Así que, cuando os hablen de cuencos tibetanos para la bioneuroemoción de vuestros alumnos, un docente titulado en magisterio -o imparta clase en Secundaria- se autoconvierta en experto en neurología (bueno, en ese caso neuromandangas), alguien os diga que con un método que obliga a trabajar cien horas semanales vuestros alumnos serán más felices o, simplemente, un mago se pone a partir un libro de texto en dos después de haber explicado a sus alumnos que la tierra es plana, soltad vuestro grito de guerra: Yabadabadú. No sé si servirá de mucho pero, como mínimo, algunos sabrán que otros no nos callamos y que, campar por determinados lugares diciendo chorradas, tiene su coste. Lo sé, tiene el mismo valor que un change.org pero, ¿no me digáis que como iniciativa no os gusta? Que empiece el juego… porque el circo hace ya demasiado tiempo que dura.

Si sumamos al puro espectáculo circense lo que nos bombardean mediáticamente, a determinadas formaciones que están recibiendo nuestros compañeros (en activo o futuros docentes), uno empieza a tener mucha necesidad del calimocho. No es para reírse que, curiosamente, en ningún momento se plantee el dominio de la asignatura, la capacidad de oratoria, el pensamiento crítico o la capacidad de adaptación al alumnado. Que para ser un docente debas dominar ABP, Flipped, gamificación o, ya lo más surrealista, neurociencia, dice muchas cosas. Más aún cuando sabes que la mayoría de lo que se engloba bajo el concepto “neuro” tiene mucho de marketing hecho para incautos. ¿Seremos los docentes tan incautos para caer en lo anterior? Pues vista la cantidad de chorradas que nos dicen y la poca cantidad de compañeros que se ciscan en lo anterior, se levantan de esas ponencias en las que les intentan vender la burra o, simplemente, elevan a los altares determinados personajes y modas educativas, creo que muchos han caído. El problema es que, al final, todo eso repercute sobre la calidad de la educación que damos a nuestros alumnos. Si ya cuesta dar clase, ¿os imagináis plantearse dar clase con la necesidad de mantener el puto circo? Sí, acabo de decir puto y, como buen docente, creo que toca dar por finiquitada esta disertación.

No busquéis el circo fuera, lo tenéis al alcance de la mano impartido por vuestro coach de referencia.

Cualquier cosa que queráis comentarme del borrador de este capítulo no dudéis en hacerlo. La redacción del libro va a estar en abierto para que me podáis aportar cosas (como comentario, por mail o, simplemente, por las redes). Espero os resulte interesante.
EDUENTERTAINMENT

Cuando la Educación se convierte en espectáculo

En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
No Comments Yet

Deja un comentario