El arte de «afiliar» al personal según sus opiniones

Resulta muy complicado analizar cuándo se dio la necesidad de taxonomizar al personal por lo que decían. Además, resulta imposible entender cómo algunos se quedan en un sencillo y provocativo titular sin entrar a leer la noticia para emitir juicios de valor acerca de quien escribe unas determinadas líneas. No es inmediatez y necesidad de contraponer ideas, es necesidad de hacer salir el enanito cabezón lleno de ideología en bruto para atacar o entronizar a los míos o los suyos. Que cuando algo va en mi línea ideológica merece ser aplaudido sin cuestionarlo. Que los míos son siempre los que tienen razón y que, aunque la caguen, dicha cagada ha sido para obtener un bien superior. Nada, mucho fan de películas inacabadas y de cabezas adoquinables. Algo que, por desgracia, en nuestra profesión, también existe. Y cuando uno tiene una cabeza de adoquín, prioriza su ideología frente a realidades objetivas y, cómo no, tiene la necesidad imperiosa de luchar contra dicha realidad para seguir viviendo en la ficción que le marcan sus impulsos neuronales o líderes de opinión, se le desmonta el chiringuito. Bueno, más bien deja de ser un lugar interesante para convertirse en poco más que un lugar de eslogan facilón envuelto en falsa intelectualidad.

Fuente: http://justpict.com
Fuente: http://justpict.com

Estos días se ha conocido que un docente, Alberto Royo, ha publicado un libro destinado a luchar contra todas las «novedades» que se están vendiendo desde la visión feliz e idealista de lo que supone el aula. Se puede o no compartir lo anterior pero, lo que es indudable es que las líneas que, con mayor o menor rigor, se hayan publicado desde un determinado punto de vista tienen su valor. Un valor que, por desgracia, queda oscurecido por cuestiones ideológicas. Sí, plantearse leer un libro cuando ya sabes que no vas a cambiar tu posicionamiento acerca de la visión que para ti tiene la educación es perder el tiempo. Leerlo y, una vez digerido, plantearte cuestionar determinados puntos que se plantean mediante experiencias personales -sí, sesgadas pero con un valor importantísimo en un ámbito como el educativo- o mediante dudas que puedas expresar en voz alta es siempre positivo. Los debates se generan desde la opinión, jamás desde la necesidad de «afiliar» al personal en un sector ideológico por pensar de una determinada manera en un determinado momento. Si jugamos a «afiliar» al personal y nos dedicamos a sesgar lo que leemos en función de una ideología que se ha convertido en algo vital, vamos a caer en muchos errores de interpretación.

Yo no voy a «afiliar» a Alberto Royo aunque sí que reconozco que el libro me ha generado muchas cuestiones y no estoy de acuerdo con sus planteamientos de fondo. Me parece, a pesar de ello, mucho más realista que el libro de César Bona u otros que han sido escritos desde un despacho. Eso sí, las soluciones que se proponen e, incluso el análisis inicial, creo que está realizado desde una ideología previa. Algo que ya he dicho que no es malo. Y no es malo porque expresar posturas ideológicas no es malo. Lo que es malo es mantenerlas con independencia de realidades poco subjetivas e, incluso, plantear el desprestigio del personal por el hecho de opinar de una u otra forma.

El ámbito educativo es imposible de objetivar. Por mucho que algunos se crean o nos creamos en ocasiones con parte de razón en nuestros argumentos seguro que, en muchas ocasiones, lo que decimos puede ser rebatido con argumentos igual de válidos e, incluso, usando los mismos datos que hemos usado para realizar alguna afirmación. No es malo lo anterior. Lo malo es convertir lo que debería ser un debate metodológico e, incluso, ideológico en una trampa mortal que hace que los puntos de vista se conviertan en verdades absolutas e impidan a nadie moverse de las mismas.

Lo divertido y productivo es la heterogeneidad. Y sí, dicha heterogeneidad es la que lleva a la crítica. Una crítica siempre necesaria por mucho que algunos la usen para, simple y llanamente, postularse como defensores del dios infalible que tienen marcado a fuego en su ADN.

Al final, como he dicho en más de una ocasión, se trata de un problema entre míos, tuyos y suyos. Un posicionamiento que, lo único que hace, es que la implicación por la mejora educativa sea mejor si la hacen los míos. Algo que, por desgracia, no funciona.

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

5 Comments
  1. Estimado colega:

    No es verdad que no esté dispuesto a replantearme mi opinión sobre determinadas cuestiones. El libro, pese a lo provocador del título, argumenta contra determinadas «metodologías» de manera muy concreta, no contra la pedagogía en su conjunto (sí contra los errores de la Pedagogía -según mi punto de vista, claro-), mucho menos contra «la novedad». Evidentemente parto de unas ideas que conforman mi concepción de la enseñanza, incluso de una ideología, como bien señalas, de la que ninguno, pienso, podemos desmarcarnos, aunque es importante que no condicione en exceso nuestras valoraciones. En definitiva, el ensayo pretende que el debate educativo exista, pues ahora mismo la gran mayoría de propuestas van en la misma línea. Entre estas propuestas, pienso que hay algunas aprovechables, otras que no tienen nada de novedoso por mucho que les pongamos un nombre «guay» y otras disparatadas y hasta peligrosas. Son estas las que en el libro describo. Por supuesto, se puede estar o no de acuerdo, faltaría más. Pero de la misma manera que quienes consideran que los que entendemos la educación fundamentalmente como transmisión de conocimientos (porque estamos convencidos de que el conocimiento es un valor y porque ello no excluye inculcar hábitos y valores importantes) somos unos trasnochados incapaces de adaptarnos a la modernidad y unas malas personas que solo pensamos en hacer sufrir y padecer a nuestros alumnos, creo que tenemos derecho a defender nuestros planteamientos y criticar aquellos que no compartimos, a argumentar nuestra postura y a explicar los motivos de nuestra «disidencia».

    Un cordial saludo
    Alberto Royo

    1. Hola Alberto,

      En primer lugar me gustaría confesarte que, por desgracia, hace tiempo que he dejado de leer libros acerca de cuestiones educativas. Quizás se deba a mi pereza innata o, quizás, mi literatura de cabecera vaya por otros derroteros. Eso sí, reconozco que me siento más identificado con un libro escrito desde el aula -por mucho que discrepe, como he comentado en el artículo, en algunos de los postulados- que con otro, de dudosa calidad literaria (sí, le he echado un vistazo en alguna librería) acerca de ficción educativa.

      No estoy de acuerdo en que no exista el debate educativo en los centros. Sí, el espectro mediático parece condicionar que haya un sector «guay» que esté en el candelero pero, en la realidad del día a día, las cosas no son tan bonitas ni maravillosas. Creo que falta mucho sentido común a la hora de debatir sobre educación y, por desgracia, los focos están girando hacia donde no deben (el caso concreto de los deberes como máximo problema educativo es sangrante). Un foco que distorsiona una realidad que deberíamos afrontar de forma seria por estarnos jugando mucho.

      Finalmente comentar que me disgustan los ataques personales (los que se han realizado hacia tu persona me parecen deleznables) y me gustan los debates productivos. Creo que, a pesar en las antípodas en algunas cuestiones, contigo -a diferencia de con otros- podría llegar a debatir tranquilamente. Quizás no llegaríamos a un acuerdo pero, lo que sí que tengo claro es que podría aprender de dicho debate.

      Un saludo de vuelta y gracias por pasarte por aquí.

      1. En efecto, Jordi (y esto es de alguna manera esperanzador), la realidad está lejos de muchas de estas propuestas gaseosas. Yo me refería más bien al debate «mediático» y al debate «oficial». Desgraciadamente, quienes marcan las directrices no suelen ser los docentes. Y desgraciadamente también, salirse del discurso de moda suele provocar una reacción agresiva y centrada en la descalificación personal, cuando lo deseable sería contraponer opiniones para generar un debate que me parece imprescindible. He leído algunas de las entradas de tu blog. Alguna vez he discrepado mucho y otras (creo que más) he estado muy de acuerdo. Seguro que podríamos discutir amigablemente, claro que sí. Un saludo cordial.

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