El éxito de un colegio (innovador) de la vieja escuela

Empiezo a sentirme totalmente desubicado, si es que alguna vez estuve ubicado, acerca de la necesidad de posicionarme como innovador o tradicionalista. Da la sensación que, en plena vorágine de metodologías fantásticas, saltos sin paracaídas y, recuperación de los clásicos más naftalínicos, deba existir la necesidad imperiosa de agruparse en clanes como en la prehistoria. No evolucionamos. Seguimos cometiendo los mismos errores de considerar acríticamente como maravilloso un determinado resultado educativo, muy mediatizado por intereses varios, en función de si dicho éxito es de los míos o, simplemente, colocarle el sambenito de falso por el simple hecho que no comulga con mis ideas preconcebidas acerca de lo que debería ser la educación.

Fuente: ShutterStock

Ya, siempre se compra muy bien por algunos que un colegio de la vieja escuela sea maravilloso. Algunos, a día de hoy, seguimos sin entender qué es vieja o nueva escuela. Si ni tan sólo sabemos delimitar el concepto de tradición e innovación aplicado al ámbito educativo… cómo vamos a ser capaces de discernir las prácticas que se están llevando a cabo en los centros. Yo ha llegado un momento en que no sé si hago ABP, discurso expositivo, aprendizaje activo o, simplemente me dedico a ver pasar las horas en el reloj esperando que suene el timbre. Lo reconozco, llevo la profesionalidad muy mal al no saber taxonomizarme de forma homogénea. Bueno, en ocasiones cuesta incluso saber por qué esa mano hace lo contrario que le digo o una rodilla se empieza a quejar cuando la apoyo en una posición que no debo. Qué mal llevo la docencia. Al menos la teorización de la misma. Incapaz de conseguir entender investigaciones educativas, innovaciones o clásicos que sólo se usan sesgadamente para que digan lo que uno quiere oír. Me estoy haciendo mayor. Demasiado mayor.

No creo en profesionales aislados que apliquen tal o cual doctrina. No creo que la estabilidad de la plantilla sea un lastre para nada si hay un proyecto educativo bien asentado y gestionado en los centros. No hay docentes imprescindibles porque Messi o Ronaldo no existen en el ámbito educativo. Existen buenos profesionales, centros que funcionan mejor o peor por muchas situaciones y, finalmente, alumnos que dentro de sus posibilidades van a aprender más o menos. No hay recetas mágicas. No hay centros homogéneos porque no hay dos docentes homogéneos por mucho que algunos se empeñen. No hay éxitos globales, hay mucho trabajo que, a veces sale bien y otros mal. Y no, no por dedicar más horas a preparar las clases (no por ello niego la mayor de la preparación), tener una programación más o menos delimitada hasta el tiempo que uno puede ir al servicio u, otro tipo de detalles como metodologías o experiencia, tengan mayor validez que el porcentaje que se pueda dar dentro de todas las circunstancias que confluyen en un alumno. Digo alumno porque, al final, es el objeto del asunto.

Cada uno puede vender el éxito en función de sus necesidades y obviar el fracaso. Incluso, uno puede ser tan pesimista, para obviar los éxitos y sólo ver lo negativo que le ha sucedido en su profesión. La verdad es que de visiones subjetivas está el mundo educativo plagado. Es por ello que, quizás, antes de vocear maravillas de ciertas cosas que leemos en la prensa, nos venden algunos en las redes o, simplemente, llegan a nuestros oídos por una conversación descontextualizada, conviene poner un poco de sentido común al asunto.

La verdad es que, lamentablemente en el año 2017, parece que todo sea cuestión de ver quién es más tradicionalista o innovador cuando, al final, no existe ninguna de las dos acepciones en el aula. Lo siento para los puristas del asunto pero es lo que hay. Eso sí, siempre se puede seguir insistiendo pero, al igual que los unicornios no existen, tampoco existen, más allá de la mente más o menos compleja de uno, esas realidades educativas inventadas, sesgadas o manipuladas que algunos se empeñan en defender.

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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