El país de los expertos

Hace mucho tiempo que me he dado cuenta que estamos en un país inclasificable. Inclasificable según todos los parámetros medibles que tan de moda están hoy en día. Inclasificable y habitado por un maremágnum de expertos que, día tras día, se dedican a verter sus opiniones fundamentadas sobre todos los hechos y aspectos de la vida. Pero, intentemos centrar e hilvanar ligeramente el contenido de este artículo. Un artículo destinado a todos aquellos expertos que pululan en nuestro país. Un artículo destinado a todos aquellos que creen reunir las condiciones que vienen marcadas a su condición por la definición que nos suministra nuestra maravillosa enciclopedia digital (la Wikipedia), la cual nos define a ese experto de la siguiente manera:

Una persona reconocida como una fuente confiable de un tema, técnica o habilidad cuya capacidad para juzgar o decidir en forma correcta, justa o inteligente le confiere autoridad y estatus por sus pares o por el público en una materia especifica. En forma más general, un experto es una persona con un conocimiento amplio o aptitud en un área particular del conocimiento. Los expertos son requeridos para dar consejos sobre su tema de especialización, aunque no siempre coinciden en sus apreciaciones con las opiniones aceptadas sobre ciertos temas específicos de su tema de estudio. Se cree que un experto puede, gracias a su entrenamiento, educación, profesión, trabajos realizados o experiencia, tener un conocimiento sobre un cierto tema que excede el nivel de conocimiento de una persona común, de manera tal que otros puedan confiar en la opinión del individuo en forma oficial y legal

¿A alguien le suena la definición anterior? ¿Alguien conoce alguno de sus compañeros de tapa y caña a los cuales se pueda aplicar lo anterior? ¿Alguien ha tenido alguna vez la imperiosa necesidad de exponer sus «expertas» opiniones delante de sus amiguetes en diferentes foros para demostrar su amplia cultura y capacidad? Yo reconozco la mayor. Sí. Es algo genético que no puede evitarse por muchos condicionamientos que uno le ponga.

Hace bien poco tiempo estábamos plagados de una legión de entrenadores de fútbol. Entrenadores de un equipo deportivo, primado con cientos de miles de euros del erario público, dando ejemplo en las celebraciones con cogorzas típicas del españolito de a pie, que nos permitíamos el lujo de, sin tener ni puñetera idea de estrategia deportiva, dar consejos cual si fuéramos el señor marqués. Marqués de Riscal para los pudientes. Queríamos delanteros. La defensa fallaba porque faltaba poner en un determinado punto del campo a algún jugador imprescindible. Errores del entrenador. Nosotros sí que sabemos de fútbol. Para eso nos hemos pasado cientos de horas visionando a unos personajes de calzón corto delante de la televisión desde que tenemos uso de razón. Nosotros sí que somos los expertos.

Eso ya es pasado. Una temática más o menos divertida. ¿Por qué no vamos a medir nuestra experiencia con algo más serio? ¿Por qué no atrevernos a criticar las labores de extinción del incendio que ha quemado más de cincuenta mil hectáreas en la Comunidad Valenciana? ¿Por qué no explicar desde el sillón y con una servilleta cómo se habría de haber atacado el fuego para extinguirlo a los pocos minutos? ¿Por qué no nos habrán llamado para que les ayudemos? Si nosotros lo tenemos claro. Incluso en la playa podemos hacer una simulación de como apagarlo en la arena y con un palo. ¡Qué sabrán los bomberos! ¡Qué sabrán los militares de la UME! ¡Qué sabrán los ingenieros de montes! Aficionados.

Podría seguir con los expertos en física que hay en nuestro país. Que no saben pronunciar ni bosón ni Higgs pero se atreven a teorizar sobre ese descubrimiento de una forma totalmente asombrosa. Saben exactamente que se trata de un regalo divino. De algo que Dios ha puesto en una máquina y que hace luces. Que esas luces son muy bonitas y amarillas. Saben incluso los hilillos que desprenden. Bueno… mejor dejemos de hablar de hilillos porque a algunos se les puede ocurrir hacer memoria y recordar desastres naturales que no se habrían producido si ellos hubieran tomado esas decisiones.

No puedo resistirme antes de finalizar el artículo de hablar de expertos educativos. En este caso hay de dos tipos. Los expertos que se atreven a opinar de todo sin tener ni pajolera idea de nada. Inofensivos por las barbaridades que sueltan por su boca. A menos que alguno pueda legislar. Cosa difícil aunque tal como está la política hoy en día… no sé si alguno no se ha colado en algún despacho con firma. Después existen los peligrosos. Aquellos que escriben gruesos legajos con lenguaje ininteligible y con palabrejas que no hay mortal que entienda. Envueltos en su aura de sapiencia. En su erudición suprema. En su falsa capacidad de decir y hacer nada coherente más allá de soltar sus verborreas en diferentes púlpitos o en artículos muy sesudos. Esos son más peligrosos. Alguno de ellos asesora al político de turno. A aquel que legisla. A aquel que, según los otros expertos, la caga.

Estamos en el país del experto. Encuentro raro que haya tanto paro y que la economía esté tan mal. Con los grandes economistas de café, copa y puro… ¿qué está saliendo mal?

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Cuando la Educación se convierte en espectáculo

En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

2 Comments
  1. Es asombroso cómo lo local es también global. Pinta tu aldea, dicen, y pintarás el mundo. Tus reflexiones lo demuestran. Argentina-España en un viaje de ida y vuelta… y un paisaje increíblemente similar. Acá también abundan los «expertos»…
    Muchas gracias por decir lo que alguien tenía que decir y con las palabras justas. Como siempre.

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