¿Es alguien ecuánime cuando habla sobre temas educativos?

No, la verdad es que la ecuanimidad no es una virtud de quien diserta, desde posiciones más o menos cercanas a la profesión docente, acerca de temas educativos. Ser ecuánime implicaría aislarse de ideologías propias y, más allá de casos particulares o suposiciones acerca de qué debe ser lo correcto, basarse en datos reales y concretos tomados al margen de cualquier interés exógeno. Ya veis que tampoco sirven, por ello, las pruebas externalizadas para pulsar el sistema al estar ya viciadas por la propia organización que las diseña y ejecuta. La ceguera parcial es habitual y, por mucho que alguien afirme con rotundidad A, B o C, se verá obligado a replantearse dicha afirmación si intenta aislarse de ideas preconcebidas o valores absolutos. Además, seamos sinceros, ¿a alguien le interesa ser ecuánime cuando habla sobre temas educativos?

Fuente: ShutterStock

Las ópticas siempre son divergentes al tratar de situaciones sociales y, es por ello que la Educación -conformada por una relaciones sociales sin parangón- siempre va a ser analizada de forma parcial. Ya no es sólo el planteamiento previo de uno que hacer ver diferentes colores en función de la inclinación de los rayos solares. Se trata de la necesidad imperiosa de sentirse formando parte de un grupo que piense como él. No hay realidad. Hay falta de ecuanimidad y suposiciones que, en ocasiones, hacen que la habilidad para modificarlas en función de guiones nada prediseñados, sea la clave de la opinión. Sí, todo es opinión y por tanto todo es opinable. Bueno, más que opinable… defendible. Las argumentaciones educativas permiten siempre defender una cosa y su contraria. Además, curiosamente, con argumentos igualmente sólidos y basados en investigaciones supuestamente realizadas científicamente.

Cuesta encontrar verdades educativas. Bueno, dudo que las haya. Eso sí, la facilidad que tenemos algunos de indignarnos cuando vemos a ciertos personajes que se atribuyen la ecuanimidad absoluta en sus palabras, el buenismo o, yendo aún más lejos, sus postulados ideológicos impolutos que les permiten defender a ultranza lo que digan los «suyos», es algo preocupante porque debería importarnos más bien poco. Conversaciones ecuánimes para demostrar que no lo son. Planteamientos absolutistas que lo único que tienen de absoluto es la falacia argumental de los mismos. Estrategias fantásticas que se desmontan al poco de pisar un aula y, que tienen muy poco que ver con cuestiones científicas y mucho con realidades de contexto, nos lleva a algunos por el camino de la amargura.

Supongo que me estoy haciendo mayor. Que la realidad siempre me complica y me impide justificar ficciones educativas más o menos bien elaboradas. No, quizás no llega uno al estado de implosión pero, hay ocasiones en las que a uno le gustaría tener la falsa ecuanimidad de la que hacen gala cada vez más farsantes del vodevil educativo.

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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