¿Es esto la innovación educativa?

Esta semana ha empezado el curso escolar en la Comunidad Valenciana, al igual que lo había hecho antes en otras Comunidades y hecho hoy en otras. Vuelve la realidad educativa. Se acabó el fabular acerca de metodologías milagrosas, pruebas que nadie pide ni sabe para qué sirven ni, tampoco, el hablar de lo maravilloso que se es por dar libros de texto gratuitos, plegarse a un modelo innovador o, simplemente, escudarse en que los otros aún hacían menos. Ahora toca entrar en esas aulas, cada vez más masificadas porque, por mucho que nos digan que las ratios se reducen curso tras curso, nos encontramos (y no son excepcionales) aulas con treinta y muchos alumnos. Sin ir más lejos, un caso que me toca de cerca. El IES María Moliner de El Puerto de Sagunto, donde van las hijas de mi mujer, con treinta y siete alumnos en el aula de primero de Bachillerato. Sí, he dicho treinta y siete. A ver si algunos se dejan de milongas mediáticas y se ponen a hablar de estas realidades y solucionarlas.

Fuente: Daniel Sponton

No es un caso aislado. Ahora me acaba de contar mi mujer que en su centro son treinta y cinco, en otros centros tienen clases de ESO de treinta alumnos. Ya si eso distinguimos por Comunidades pero va a ser que la masificación es algo demasiado habitual. Y ahora espero que no me salte el típico diciendo que con cuarenta alumnos se daba clase fetén. Por favor, dejémonos de gilipolleces. No es cierto. Ni antes se daban las clases en condiciones con esas ratios, ni ahora pueden darse. Eso sí, por lo visto, lo de tener las aulas masificadas no vende. Al menos, no mediáticamente, salvo que nos encontremos en campaña electoral. Bueno, ya ni entonces.

Algunos se llenan la boca con innovación. Esa palabreja de moda plagada de anglicismos. De si debates de boli rojo, de cómo debemos poner las mesas en el aula o, simplemente, de decidir qué metodología es la más maravillosa del mundo mundial. Pues va a ser que hay cuestiones mucho más urgentes que van a lastrar la mejora educativa. Y una de ellas, quizás la más importante, sean las ratios. Bueno, si a eso le sumamos la sobrecarga docente, tanto a nivel horario como de burocracia, la solución está muy lejos de darse. Si uno me dice cómo puede dar clase un docente que está a más de veinte horas lectivas (no confundamos con laborables), con grupos de más de treinta alumnos y que ninguno se le quede atrás, que hable ahora o calle para siempre. Ah, que no existe esa posibilidad. Acabáramos. Que determinadas innovaciones solo funcionan en grupos reducidos. Acabáramos. Es que al final, entre unos y otros, nos están tomando el pelo.

Voy a daros un detalle que también conozco de cerca. En el Camp de Morvedre (la comarca donde resido) se produce cada curso, desde hace años, un fracaso en las pruebas de acceso a la Universidad. Ya si eso lo relacionamos con aulas cada vez más masificadas, menor cantidad de docentes o, simplemente, otras cuestiones que no creo que toquen en este artículo. Bueno, blanco y en botella. Lamentablemente, estos días, saldrá en los medios que el inicio de curso se ha dado sin problemas, que se va a invertir a tutiplén en infraestructuras y que, por lo visto, hay cada vez más docentes en mi Comunidad. Pues, sinceramente, algo debe fallar en la ecuación porque, como os he dicho antes, en el aula de las chiquillas serán treinta y siete. Ni uno más, ni uno menos.

Si esto es la innovación educativa apaga y vámonos. Y si no lo es, a ver si empezamos a revertir ciertas cosas hablando de lo realmente importante.

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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