Esto tampoco cabe en un tuit

Me preocupan los dimes y diretes, bajo criterios de autoridad o premisas falsas, que algunos usan para defender su trabajo en el aula. Me importa entre poco y nada la metodología utilizada y mucho si la misma sirve para cubrir el aprendizaje de nuestros alumnos. Lo de establecer debates acerca de deberes sí o no, hablar de situaciones kafkianas que interesan a menos del uno por ciento del profesorado (¡bien por ellos porque tienen otras prioridades!) o, simplemente, jugar a defender lo que uno hace porque le va la aureola de profesionalidad en ello, me la trae cada vez más al pairo.

Dejé, al igual que muchos docentes, de experimentar con mis alumnos (es mentira, pero si cuela… cuela) y me convertí en un docente tradicionalista de tiza, tochos de fotocopias y, por qué no decirlo, obligando a que en cada examen me escribieran las mismas letras y en el mismo orden en el que las había dictado. Ya, lo sé. No es verdad pero, sinceramente, lo digo por aquí o en cualquier red social y cuela. Cuela incluso las maravillas de encuestas que he hecho a mis alumnos con mis métodos (o la inexistencia de ellos) y lo agradecidos que están al verme por la calle pasados los años. Bueno, alguno hay pero, sinceramente, no creo que mi objetivo básico sea buscar las palmaditas de ellos o, simplemente, la de otros compañeros que, por no tener un criterio propio y ser éste muy simbiótico dentro de la jauría que prioriza al sentido común, se dedican a saltar a aclamar o a perseguir a aquel que no piensa como los suyos. Y tardan menos de cinco minutos en hacerlo. Rapidez se le llama a ello. Espíritu de camaradería le dirían otros. Compartir la colmena quizás sería lo más acertado.

Uno no es más o menos innovador si usa el método A o el B. Uno no es mejor docente si prescinde totalmente del libro de texto o lo usa para complementar sus explicaciones. Uno, sinceramente, no es mejor profesional, si se dedica a hacer vídeos caseros o se pone una nariz de payaso para dar la clase. Y si alguien me dice que por contar chistes uno es peor profesional que otro, ya me meo. Bueno, podría cuestionar al profesional que da clase que cree en unicornios rosa pero eso viene de fábrica, de algún momento en el que estando en su vientre materno estuvo falto de oxígeno o, simplemente, algún cromosoma que no está donde debiera. Creo que, conociéndome un poco, algunos sabéis por donde va la idea de lo que quiero decir. Es que cuesta. Y más a pocas horas de volver a ir a mi centro educativo. Algo que no me mola a pesar de, por lo visto, enaltecer el espíritu y forjarse con ese trabajo.

Algunos momentos, al igual que otros de mis compañeros, se me pasa por la cabeza dejar las redes sociales o, simplemente, dedicarme a hacer lo que toca en el aula (que, al final, es mi trabajo) sin llevar mis apreciaciones u opiniones fuera de él. Lo que pasa es que esto sale más barato que un psicólogo y, al final, me permite reírme mucho más que al escuchar determinadas bobadas en la barra de un bar. Está siendo un principio de curso muy divertido con ofendidos, sectas educativas y criterios de autoridad. La verdad es que mola ver el merchandising educativo, las ilusiones desenfrenadas de algunos y, por qué no decirlo, la necesidad imperiosa de no decir nada para autojustificarse. Qué coñazo. No, no es un coñazo si se le coge la parte divertida al asunto. Los mercenarios, vendechuches sin azúcar y, al final, los que alardean de que son excelsos trabajadores y los demás son unos vaguetes, acaba molando. El problema es que, al final, dedicar tiempo a estas mamarrachadas, quita tiempo a lo verdaderamente importante. Y lo importante no es pontificar sobre las maravillas de mi método, responder a las críticas de forma demagógica o, simplemente, esperar a ver quién es el que pone la pierna encima a alguno de los de mi clan. Lo importante a estas alturas es acabar la programación. Así que, con vuestro permiso, voy a continuar luchando con mi literatura de ciencia ficción.

Un fuerte abrazo a los que sus explicaciones no caben en un tuit, a los que tuitean sobre pájaros, a los que tienen automatizados determinados tuits acerca de lo importantes que son porque cada día ganan seguidores o, simplemente, a todos aquellos que se tomen esto como algo divertido. A los que se irritan con facilidad les recomiendo, sinceramente, que se busquen otra afición. Es que lo único que van a encontrar aquí es a alguien a quienes se le ha ido hace mucho tiempo la pinza. Y no lo digo sólo por mí… que ya sabéis que estoy dentro de ese club.

Un artículo en horas muy bajas de creatividad (bueno, nunca he sido creativo) que debo agradecer a Manuel Jesús Fernandez, aunque éste sí que podía haber cabido en un tuit. Bueno, más bien en un hilillo.
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Cuando la Educación se convierte en espectáculo

En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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