¡Exterminar, exterminar!

Voy a confesaros que soy un gran fan de Doctor Who y, por eso, el título de este post. Quizás alguno no haya visto nunca la serie pero, por poneros en contexto, la frase que ilustra este artículo proviene de las palabras que, repetidamente, dicen los Daleks. ¡Exterminar, exterminar! No hay rendición. Hay, simplemente, ganas de acabar con todos aquellos que no pertenezcan al colectivo. Un colectivo de máquinas, de inteligencia colectiva y sin ningún tipo de sentimiento. No sienten dolor. No padecen. No experimentan la necesidad de cuestionarse aquello que son. Yendo un paso más allá, son humildes abejas obreras cuyo único objetivo es el satisfacer a su reina.

Fuente: Facebook

Una de las cosas que no soporto es la necesidad de algunos de crear verdades absolutas de entelequias varias. Cuando la existencia tiene solo el objetivo de satisfacer egos o interpretar situaciones perfectas de contextos imperfectos, ya debería olerse que algo no va del todo bien. Menos aún en contextos tan cambiantes como los actuales. No me refiero solo al ámbito educativo porque, al final, si uno se queda con sus visiones, puede llegar a obviar gran parte de la realidad que le afecta. Una realidad que dice mucho y permite intuir aún más. El futuro, por cierto, solo para visionarios. Y sí, en sentido totalmente peyorativo en este caso. Prever a ciencia cierta todo lo que sucederá es algo realmente complejo. Más aún para alguien mundano. De éste o de cualquiera. Bueno, de cualquiera tampoco porque uno, cuando sueña o fabula, se crea un mundo a su medida.

Pero estaba hablando de exterminios. De la necesidad imperiosa de buscar enemigos para defender una idea. De gestión de excusas variopintas y más o menos inverosímiles par justificarse. Hay tantos factores que son imposibles de controlar que, por lo visto, el único control es el exterminio. Exterminio de ideas llevado a la posibilidad, si se pudiera, de exterminios más físicos. Algunos sueñan con ese típico sueño onírico en el que lo controlan todo. Que la diferencia no existe. Que las opiniones contrarias han desaparecido. Que esa mosca cojonera ha dejado de pasarse por su oreja. Que ese pequeño runrún en el estómago ha desaparecido. Que la vida es una, grande y trina.

En una ideología donde la uniformidad está a la orden del día el díscolo debe ser sacrificado a los leones. No debe dejarse que alguien pueda romper esa realidad tan maravillosa que algunos han montado. No hay secta, organización o grupo parroquial sin necesidad de formar comunidad. La comunidad se hace buscando enemigos. Qué sentido tendría el plantearse otra manera de hacer las cosas, la existencia de visiones contrapuestas o, simplemente, el aplicar el sentido común a ese paraíso ideológico. Ninguno, claro está.

Exterminar al disidente nunca ha sido la solución. Eso sí, algunos de memoria histórica van muy justitos. Y de lectura, diálogo o, simplemente, tener autonomía de pensamiento con independencia de lo que digan terceros, por desgracia, aún más. Mejor… ¡exterminar!

No me hagáis mucho caso. Se trata, simplemente, de un ejercicio de ficción incoherente.
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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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