Hoy me apetece contaros algunas cosillas

Quizás hoy no vais a leer un post de los más habituales que escribo últimamente. Quizás, tampoco tenga un modelo predefinido de artículos o un tema planificado para hablar. Hoy me apetece contaros algunas cosillas que, por desgracia, algunos de los que se pasan por aquí o interactúan por las redes sociales conmigo (o, simplemente, se dedican a criticarme por la espalda) siguen sin ser capaces de entender. Y eso que lo he explicado por activa y por pasiva pero, al final, da la sensación que nunca sea suficiente.

Fuente: https://wifibit.com

En primer lugar voy a comentar que tengo, al igual que todos, una determinada ideología. Ideología que, sin pretenderlo aunque sea inevitable, van a marcar algunas de mis argumentaciones. Si creo en la escuela pública es porque considero que, a nivel social (de futura mejora social) lo mejor es eliminar, al menos en los centros educativos, las segregaciones de contexto y dotar a todos los alumnos de las mismas posibilidades. Ya, lo sé. Uno por ser hijo de una determinada familia lo va a tener mucho más fácil pero, ¿alguien cree que es bueno segregar al alumnado para convertir centros educativos en homogéneos y una vez salir por la puerta descubrir que la sociedad es heterogénea? La verdad es que no tiene demasiado sentido querer aislar a nuestros hijos de lo que se van a encontrar fuera del centro. Menos aún pretender enriquecerse en ambientes donde sólo hay los que son parecidos a ti. A eso, a nivel de naturaleza, se le llama futura extinción. Tener un solo punto de vista es nefasto. Que sólo nos lleguen inputs de los nuestros o de gente que comulgue con nuestras ideas, al final lo único que hace es empobrecernos. Y más si lo anterior se hace con dinero público. O sea, con mi dinero y con el de aquellos que, curiosamente, no quieren mezclarse determinadas familias. No es curioso. Es totalmente demagógico y un auténtico despropósito.

También estoy convencido de que la religión debería largarse del aula. No lo digo para que los que dan religión en los centros educativos se tengan que ir al paro. Lo digo simplemente por higiene mental. No tiene ningún sentido, ahora que tanto se habla de educación del siglo XXI, que tengamos presos a los alumnos en las aulas más horas a la semana por el simple hecho de que hay un convenio con un país extranjero por el cual su religión se imparte en nuestro país. Dar religión implica dar su alternativa para atender a los alumnos que no quieran cursarla. ¿No estamos forzando demasiado el tema en una sociedad cada vez más heterogénea? A ver si apostamos de una vez por una escuela laica. Que si uno quiere rezar a su dios particular tiene todo el derecho. También lo tiene el que quiere creer en unicornios multicolores. Tan respetable es una cosa como otra. ¿Es necesario obligar a aprender la vida de los padres de nuestro pequeño unicornio? Creo que no hace falta. Tengo fe en que no hace falta.

Y lo anterior no implica que esté en contra de nadie. Ni de ninguna religión y, aún menos de personas que, libremente deciden en qué creer o qué hacer con sus hijos. Eso sí, con mi dinero que no cuenten. Ni con el mío ni con el de millones de personas a las que quizás no les apetece pagar negocios privados. ¿Os imagináis la traslación de lo anterior a otros ámbitos empresariales? Pues imaginandlo y pensad. Un detalle sin importancia… ¿quién es el sujeto del aprendizaje? No, no son ni los padres, ni los docentes, ni las empresas, ni…

Tampoco estoy en contra de las metodologías que se difunden alegremente por las redes o los medios. Me parece bien que se hable de educación e, incluso, que aparezcan noticias de starlets de la canción educativa. Eso sí, no me hagáis creer que hay metodologías maravillosas. Las metodologías dependen siempre del contexto. Y en un contexto u otro hay cosas que funcionan y otras no. ¿Es malo usar vídeos en el aula como apoyo a la clase? Pues va a ser que no. Tampoco lo es usar materiales o libros siempre y cuando no se centre en ellos el núcleo del mecanismo de enseñanza. La verdad es que algunos aún se preguntan por qué soy tan crítico con todo. No es cierto. Simplemente intento poner un poco de sentido común ante tanto canto de sirena descontrolado. Y no, jamás de los jamases nadie me ha dicho cómo debo dar mis clases ni qué material utilizar. Tampoco me han criticado nunca ni mis compañeros, ni equipo directivo (compañeros a la postre), ni padres, ni inspección por hacerlo de una manera u otra. Así que tampoco entiendo cómo algunos siempre tienen problemas en sus centros por ser, supuestamente, «innovadores». Ya veis que me he vuelto a desviar del la argumentación.

¿Es malo ganarse la vida vendiendo chascarrillos educativos? No. Tampoco lo es publicitarse o sacarse unos eurillos extra haciendo ciertas cosas. Me da igual que un docente se ponga a bailar cada sábado por la noche en una barra de discoteca. Si baila bien, le gusta, se saca un dinero y no interfiere en su labor profesional, quién demonios es nadie para cuestionarlo. Otra cuestión es dejar de dar clase por hacer lo anterior. Y ahí sí que entra mi crítica. No es malo caer en las redes del neoliberalismo personal. Lo que es perverso es convertir ese neoliberalismo en el leitmotiv cuando perjudica tu función como docente. Iré un poco más lejos… si alguien abandona el aula para dar bolos, escribir libros o dedicarse a hackear la NASA (mientras no le pillen) me parece muy bien. El problema es querer jugar a la doble baraja olvidando al alumno. Sucede. Claro que sucede. Lo critico. Claro que lo hago y lo haré.

Quiero contaros algunas cosillas más. Vale la pena recordarlo…

No escribo para ganar dinero ni para convertirme en algún influencer de esos que algunos, al igual que nuestros alumnos y de forma muy lícita, aspiran a ser. No pongo a nadie la pistola en la sien para que me lean o estén de acuerdo con mis postulados. No pretendo ni he pretendido ser un modelo de docente para nadie. Creo que hay miles de docentes en las aulas infinitamente mejores que yo, que consiguen que sus alumnos aprendan más que los míos. Yo, en muchas ocasiones la cago. No vende, pero es así. A lo mejor ellos no tienen blog ni cuentas en las redes sociales pero, en definitiva, ¿qué es lo que importa realmente? Que vendamos, seamos conocidos, nos premien con un tatuaje en la nalga o, hagamos lo mejor posible en el aula por la gloria de ese que nos dejó hace poco. Creo que está bastante claro. Bueno, algunos lo tenemos claro pero, por lo visto, a algunos les mola más el foco en los morros. Un foco que, a veces, ilumina tanto que quema.

Hoy me he levantado con ganas de escribir esto. Digamos que podría haber dormido mejor pero, aún no sé por qué no me acabo de acostumbrar al nuevo colchón. Es lo que tiene irse haciendo mayor, ver como la experiencia te enseña ciertas cosas y, al final, tener el cuerpo menos flexible que hace unos años. Juventud, divino tesoro. Bueno, tesoro a secas porque la experiencia acumulada también mola. Los cuarenta y tantos son los nuevos veinte.

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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