Huérfanos de sentido común

Cuesta ponerse a escribir en un período profesional en el que te das cuenta que, por desgracia, pasan los años y sigues cometiendo determinados errores. Algunos no escarmentamos y, al igual que sucedió con la ilusión del desembarco tecnológico en los centros educativos en forma de miniportátiles de hace ya un tiempo o, simplemente, la apuesta por el uso de determinadas herramientas y servicios en el aula, nos damos cuenta demasiado tarde que, en más ocasiones de las asumibles, tomamos ciertas decisiones totalmente huérfanos de sentido común. Es lo que tiene la educación. Es lo que tiene un contexto profesional, demasiado ramificado, en el que lo importante se convierte en secundario, lo urgente en innecesario y lo totalmente secundario, en más ocasiones de las que la lógica marca, en lo que está en las hojas de trabajo de los políticos o, simplemente, en las necesidades que algunos se han generado de forma totalmente ficticia.

Fuente: Shutterstock

Tener una determinada cultura no te hace inmune a cantos de sirena. Tampoco te hace ser más crítico ni, por lo visto, revisor de hemerotecas educativas. No es solo ver cómo se llenan determinados auditorios para escuchar a personajes que, sinceramente, solo sirven para decir cuatro frases branding, mientras ves a otros plagados de grandes historiadores, científicos o personas con un amplio currículum profesional detrás, que no llenan ni una sexta parte del aforo. Es lo que tiene priorizar el espectáculo por encima de la necesidad de mejorar profesionalmente. Ya si queréis nos ponemos con los cursos de formación de mindfulness, neurocosas aplicadas a todo o, simplemente, aquellos que hablan sobre metodologías multicolores que, si uno echara la vista atras, leyera algo o, simplemente, viera qué ha sucedido en países de su entorno que llevan más años vendiendo determinadas zarandajas, se mantendría al margen de todo lo anterior. Lástima que todo eso es muy vendible. Y, por lo visto, comprable. El fenómeno fan trasladado, de forma más o menos efectiva, al ámbito educativo. Bueno, ya si queréis hablamos de aquellos que se fotografían con determinadas camisetas de una determinadas multinacional convirtiéndose en una parte más de su negocio.

Estos últimos días me ha llegado por diferentes medios que, en determinados países hermanos del otro lado del charco, están empezando a probar con el modelo innovador que algunos conocemos muy bien. Por cierto, ¿alguien tiene información acerca de las evidencias que ha supuesto en los centros catalanes la adhesión al programa Escola Nova 21? Es que, finalizado el mismo, algunos nos preguntamos dónde están esos datos que iban a publicar en abierto y que nos iban a permitir ver cómo había mejorado la educación en esos centros. Pues va a ser que no existen. Bueno, existen algunos informes sin datos que hablan de luces multicolores. Así no se hacen las investigaciones. Eso sí, algunos siguen empeñados que su modelo funciona. Y lo exportan de forma global. Porque, no nos olvidemos que, la orfandad del sentido común permite, en muchas ocasiones, globalizar el despropósito. Una globalización muy relacionada con determinados intereses. Y no, por favor, a estas alturas de la película no me defendáis que todo lo que está sucediendo en educación se hace por las ganas de cambiar el modelo de algunos docentes. No cuela.

Cuando uno va a ver a su equipo de fútbol (o cualquiera de los deportes que le interese), se posiciona abiertamente a favor del mismo, obviando los penaltis que puedan cometer los jugadores de «los suyos» y creyendo que «los otros» siempre están fuera de juego. Incluso algunos se atreven a cuestionar algo tan objetivo como el VAR. Es lo que tiene la subjetividad. Ser capaz de manipular hasta la saciedad las visiones propias para convertirlas en entelequias de diferente calado. Algo que se ve potenciado por una falta absoluta de ganas de leer, investigar o, simplemente, no quedarse con una visión siempre parcial de un contexto concreto. Todo es mucho más complicado. Muchísimo más.

Los docentes estamos (me incluyo) faltos en muchas ocasiones de sentido común. Se aceptan alegremente muchas cosas que nos venden interesadamente los medios, se montan películas de ciencia ficción que muchos van a ver en el cine educativo o, simplemente, se acaban comprando verdades que distan mucho de serlo. Y lo más grave del asunto es que hay algunos que, después de ver ciertas cosas que han pasado y, en muchos casos fracasado estrepitosamente, siguen creyendo en las bondades de las mismas porque se lo han acabado vendiendo muy bien o simplemente cambiado el envoltorio.

El sentido común en nuestra profesión, con la problemática añadida de no poder ver, a diferencia de otras profesiones, resultados a corto plazo, dista mucho de forma global en ser el que deberíamos tener. ¿Por qué dejar que la realidad nos estropee una bonita ilusión que nos hemos montado? Pues, simplemente, por nuestros alumnos y por la sociedad en su conjunto. Ahí no hay ilusiones que valgan.

Por la vuelta del sentido común a la educación. Bueno, eso si alguna vez lo ha tenido.

Hoy me he desvelado y me he dicho... por qué no ponerme a escribir algo. Vicio le llaman ;)
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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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