Ilusión, despachos y papeleras

Ya son algunos los añitos que uno lleva trabajando para la Administración educativa. Empieza a notarse en la espalda y en las arrugas de los ojos (demasiadas provenientes de tristezas varias) las múltiples vicisitudes vividas en los diferentes estadios de la misma. Una relación que empecé, como la mayoría (siempre hay excepciones), de humilde pinche de cocina. Un pinche que, a pesar de los años, estoy orgulloso de seguir siendo.

Pero dejemos de echar la vista atrás y hablemos de lo que nos importa. De la ilusión que, a pesar de la que está cayendo, muchos docentes siguen teniendo. Ilusión por una mejora educativa. Ilusión por la implementación de las nuevas tecnologías en el aula. Ilusión de que alguna vez algunas de sus ideas lleguen a algún despacho donde puedan exportarse desde allí al resto de las aulas de su territorio.

Lamentablemente, los docentes conocen demasiado poco los despachos. Se obstinan en creer que, los mismos que les firman los recortes y sesgan las posibilidades futuras de sus alumnos van a aprovechar sus ideas para establecer una mejora significativa en algún aspecto docente. Ilusos de la vida.

Los despachos están llenos de burócratas o de docentes burocratizados. Por obligación más que por devoción. Con cantidades ingentes de papeles que no paran de llenar sus mesas (porque, curiosamente, el uso de medios electrónicos parece que no haya llegado a los mismos). Expedientes que se han de firmar. Informes que se han de leer. Estudios que se han de derivar al despacho de al lado (igual de lleno de papeles que el anterior). ¿Alguien se cree que las propuestas de mejora van a ser situadas en la parte alta de esos grandes legajos? ¿Alguien se quiere autoconvencer que lo que hacen va a servir para una mejora educativa real y efectiva?

Soy el primer ilusionado. El primero que he enviado «papeles» que me han pedido sobre propuestas de mejora. El primero que he destinado gran parte de mi tiempo libre a redactar cuestiones que se han «solicitado» desde esos despachos. El primero que ha visto como la mayoría de ellas han desaparecido en oscuros cajones o en reciclajes varios. El primero que, meses o años después, ve algunos redactados demasiado parecidos a lo que escribió un día firmados bajo un nombre que ni tan sólo conoce. El primero que, desde entonces, prefiere compartir en abierto algunas de las cosas que está enviando.

Los despachos mandan. Las ilusiones se desvanecen. La mejora educativa pasa por ponerse medallas. Las medallas tienen un valor. Más allá de la medalla y/o de la foto en la primera plana (o los pocos minutos de medios radiofónicos o televisivos) no hay posibilidad de mejora educativa. Las mesas y el mantenimiento de statu quo lo limitan. El fácil acceso a las papeleras o a los oscuros cajones (o almacenes), también. Siempre se pueden desempolvar. Siempre que alguien tenga interés. Un interés que poco va a tener que ver con las necesidades del aula. Unas necesidades que, excepto a algunos utópicos, importa más bien poco.

Que nadie se piense a estas alturas de la película que van a ser oídos. Más allá de alguno que quiera escalar para convertirse en uno de los que ocupan dichos despachos, olvidaros de que lo que hacéis va a tener resultados más allá de teneros un rato disfrutando con las ideas que se os ocurren. Más allá de vuestras aplicaciones en el aula y algunas posibilidades de exportación de lo que hacéis poco hay que rascar. Los despachos están para eso. Para acumular papeles. Para usar destructoras de documentos. Para convertir a la persona que los ocupa en otro gran burócrata, cuya principal preocupación será ascender a un sillón más cómodo o a intentar solucionar la papeleta de qué hacer con todo lo que tiene que pendiente.

Ilusos y ocupantes de despachos. Pocos quedan. Pocos quedarán.

EDUENTERTAINMENT

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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