La administración educativa no confía en sus docentes

He sido desde hace mucho tiempo muy crítico con el desembarco de determinadas empresas en el sector educativo. Ya no es sólo ver como cada vez más son quienes dirigen y diseñan las estrategias para aplicar en las aulas. Es la simple constatación que la administración educativa, de la que como docentes formamos parte, está haciendo dejadez de sus funciones dejando que lleven la batuta quienes, lícitamente aunque puedan ser discutibles sus objetivos, deciden apostar por ciertas herramientas y/o servicios destinados tanto a alumnos como docentes. No son sólo Google, Apple o, por centrarnos más en nuestro contexto más cercano, Telefónica quienes deciden qué hacer con la educación y la orientación que se da a la misma. Es sentir pena al ver cómo son precisamente esas empresas las que están interesadas en los profesionales de a pie. Sí, en los últimos tiempos he tenido más reuniones con responsables de determinadas empresas que con la administración educativa salvo, eso sí, reuniones más personales que por cuestión del cargo que representan. Pero, sabéis lo más curioso del tema… que las empresas escuchan tu opinión, te la piden abiertamente y, por qué no decirlo, adaptan lo que venden a lo que les pide la comunidad educativa.

Fuente: ShutterStock

Creo que el discurso acerca de la gestión de la educación por parte de determinadas empresas es totalmente falso. No hay ni una empresa que no esté interesada en hacer negocio pero, al final, es la administración quién, de forma activa o por simple omisión del asunto en la mayor parte de ocasiones, la que hace que eso sea así. Incapaces de hablar con sus docentes. Incapaces de sentarse con quienes están día a día en el aula. Más preocupada de debates ideológicos que de mejora educativa. Y no, con ello no niego la mayor de la existencia de grandes profesionales en las asesorías o cargos no políticos en las Consejerías de turno. Eso sí, sin voz ni voto. Bueno, más bien sin voto porque, por lo que me han dicho de primera mano, se pasan sus propuestas por el forro porque el interés de la administración educativa no está en mejorar y sí en usar la educación como arma política.

Nunca ha sido Telefónica, Santillana, Planeta, El Corte Inglés o, la empresa que se nos ocurra relacionada, en mayor o menor porcentaje de sus beneficios con la educación, la que está haciendo mal su trabajo. No, ellos lo están haciendo muy bien. Tienen un producto/servicio que ofrecer al mercado y trabajan para obtener el máximo de ventas de lo anterior. Incluso se permiten el lujo de apostar por determinadas cuestiones, sin beneficio inmediato, amparándose en diversas fundaciones o eventos. Algo que no hace la administración. Algo que, a mi entender, está lastrando mucho las posibilidades de éxito de un cambio sensato en un ámbito tan sensible como el educativo.

Podría seguir haciendo el discurso facilón del interés empresarial que subyace tras determinadas apuestas de algunos grupos pero, sinceramente, he de decir en voz alta que me han escuchado mucho más, han pedido más veces mi opinión y han, dentro de sus posibilidades, añadido o reconducido determinadas cosas que ofrecen porque, tanto yo como alguno de los otros docentes que han colaborado, interesada o desinteresadamente, con ellos ha aportado determinadas ideas. Ideas que da la sensación que no importen a la administración educativa. Ideas que más vale que se aprovechen, incluso que sean por parte de la empresa privada, que no se dejen fenecer en un cajón llenas de polvo porque nadie se las ha mirado ni se las va a mirar nunca.

Cada uno tiene su responsabilidad en el ámbito educativo pero cargar las tintas y, acabar criticando a quienes no hacen más que su papel, acaba siendo un error. Ojalá la administración educativa tratara a los docentes como nos tratan algunas empresas privadas. Ojalá.

Permitidme aclarar que no es un alegato a favor de la privatización de la educación porque, en demasiadas ocasiones, algunos tergiversan lo que se dice interpretando lo que ellos piensan que se dice.
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Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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