La doble vara de medir en el ámbito educativo

No, no es algo que nos debiera causar sorpresa. La existencia de una doble vara de medir a la hora de valorar decisiones educativas en función de si las mismas están avaladas por nuestros ideólogos de cabecera o, por aquellos a los que simplemente odiamos por pertenecer a una determinada posición que defiende postulados alejados de lo que nuestras creencias dicen que es bueno, es algo más que demostrado y demostrable empíricamente. Incluso los responsables educativos son buenos o malos en función del partido que les ha puesto ahí, con independencia de las atrocidades que hayan podido perpetrar. Sí, somos así de sesgados en nuestras apreciaciones.

Fuente: Fotolia CC
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Debo reconocer que ayer, cuando planteé la necesidad de no poner un docente al frente del Ministerio de Educación, lo hice basándome en mi consideración acerca de lo que debería ser la política y la gestión de los servicios públicos. Y no sólo eso, lo hice desde la óptica personal de haber padecido alguna de esas docentes reconvertidas en Consejeras del ramo que, lo único que hacían era favorecer a sus centros concertados en detrimento de los públicos. Yendo más lejos en el análisis… basándome en la inanición de un Ministro que provenía del ámbito universitario. Bueno, seamos sinceros, ¿sabe alguien de la Universidad lo que pasa en las etapas obligatorias? ¿No estaremos siendo un poco fariseos al pretender que uno debe ser Ministro por ser del ramo y ampliar ese ramo según nos interese? Porque, sinceramente, yo sigo sin ver el mayor conocimiento de un titular universitario respecto a un comercial de productos de belleza de lo que sucede en las aulas de Infantil, Primaria o Secundaria.

Esto de aplicar una doble vara de medir es algo imposible de evitar. No, no somos perfectos y analizamos las decisiones educativas en función de si están acordes con lo que deseamos que suceda. Al final, actuamos bajo criterios tan poco científicos como el más beato de cualquier religión. Los inquisidores perfectos de los míos, los tuyos o, los suyos. Algo que debería llevarnos a reflexionar. Por Tutatis, qué digo reflexionar. El sesgo en la evaluación de las decisiones educativas que se toman es imposible de eliminar. La LOMCE lo avala. La inmensa mayoría de docentes y, prácticamente el total de padres sin leerla, pero ya tenemos formada una opinión de la misma porque la ha promulgado un gobierno acorde o no con nuestros postulados. Que si uno tiene claro que la escuela pública es un desastre, que los docentes de la misma también y que, lo mejor para sus hijos es que le paguen sus chiringuitos privados, siempre va a estar a favor de una ley que promulgue el partido que ha votado en las últimas elecciones. No, no es malo. Es simplemente su decisión. En cambio, si unos tenemos muy claro que la pública es la mejor opción, a veces vamos a pecar de análisis rápidos y apriorísticos sobre los conciertos educativos sin tener en cuenta que es lo que parte de la sociedad quiere. Muy complejo lo de vivir en un contexto donde todos piensan en función de sus intereses más personales. Y más cuando los mismos vienen dictados por una ideología muy difícil de extrapolar de los posicionamientos.

Vamos a ser claros: aquí lo que se trata es de decidir qué queremos para nuestros chavales. Algo que tiene mucho que ver con el valor de un voto (no olvidemos que, en democracia, vale igual el voto de alguien que sea docente de la pública como el que decide libremente llevar a sus hijos a la concertada o, simplemente, cree que todos los docentes son unos inútiles y unos vagos) y muy poco con las necesidades del procomún. Además, ¿alguien cree realmente que las decisiones educativas son buenas o malas porque coincidan o no con nuestros postulados? ¿Qué nos hace ser mejores que el que interpreta lo opuesto a lo que nosotros creemos que debe ser?

De esos días en los que me replanteo muchas cosas, abro mil y una preguntas a las que me son incómodas responder y, cómo no, descubro que quizás no todo es tan claro como en ocasiones me parece que sea.
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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

1 Comment
  1. Leyendo tu interesante artículo «La doble vara de medir en el ámbito educativo» me viene a la cabeza un fragmento de mi próximo libro «Filosofía del sentido común» ya acabado y pendiente de editar.
    Copio:
    «Por otro lado, en la convivencia diaria es muy frecuente encontrarse conversaciones, diálogos, opiniones, clases, conferencias, etc. en los que se prestigia la capacidad de pensar por uno mismo sin adoptar ciegamente posturas ajenas que suelen basarse por lo general exclusivamente en el principio de autoridad; es decir en el hecho de que lo haya afirmado una persona conocida.
    En el momento en el que alguien llevado de su curiosidad intelectual, o en el mejor de los casos de su afán de descubrir la verdad de las cosas, repara en alguna idea discordante con sus creencias previas o con la doctrina comúnmente aceptada en el entorno que lo rodea se encuentra ante una disyuntiva problemática: ¿Rechazar la idea nueva como algo problemático que cuando menos me va a complicar la vida o, por el contrario, situar bajo sospecha la opinión mayoritaria?
    En esas circunstancias no es infrecuente que surja como idea propia o ajena algo similar a «bueno, a fin de cuentas, esta es mi opinión y es tan válida como cualquier otra». De esta forma una persona poco exigente puede conformarse e ir sobreviviendo sin grandes complicaciones en un estado de ánimo semejante al que magistralmente describe Dostoiewsky refiriéndose al marido de Ana Karenina:
    “Recibía a diario un periódico liberal no extremista, sino partidario de las orientaciones de la mayoría.
    Aunque no le interesaban el arte, la política ni la ciencia, Esteban Arkadievich profesaba firmemente las opiniones sustentadas por la mayoría y por su periódico. Sólo cambiaba de ideas cuando éstos variaban o, dicho con más exactitud, no las cambiaba nunca, sino que se modificaban por sí solas en él sin que ni él mismo se diese cuenta.
    No escogía, pues, orientaciones ni modos de pensar, antes dejaba que las orientaciones y modos de pensar viniesen a su encuentro, del mismo modo que no elegía el corte de sus sombreros o levitas, sino que se limitaba a aceptar la moda corriente. Como vivía en sociedad y se hallaba en esa edad en que ya se necesita tener opiniones, acogía las ajenas que le convenían. Si optó por el liberalismo y no por el conservadurismo, que también tenía muchos partidarios entre la gente, no fue por convicción íntima, sino porque el liberalismo cuadraba mejor con su género de vida.”(1)».
    Saludos cordiales,
    JF
    _____
    (1) Tolstoi, L. Ana Karenina. EDIMAT LIBROS, S. A. (p. 25)

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