La docencia, más allá de la esclavitud que se vislumbra

Estamos enfocando mal la perspectiva de lo que supone ser docente. Más aún la consideración o, incluso su percepción, por parte de la sociedad de una cuestión puramente profesional. Sí, resulta curioso ver como da la sensación de que el docente -más aún el que ha tenido la desgracia de pasar por unas oposiciones y convertirse en funcionario- sea vapuleado un día sí y al otro también por parte de personajes variopintos, cuyo único interés es que dicho docente esté al servicio de los alumnos y padres las veinticuatro horas del día y que le bajen el sueldo. No se soporta que alguien tenga un sueldo medianamente decente. No se tolera en este país que nadie tenga una jornada laboral digna y, aún menos, que pretenda seguir manteniéndola. Un país de envidias. Un país plagado de demasiadas personas que, en lugar de preocuparse de mejorar su situación laboral, procuran que los demás vivan peor que ellos. Y así nos luce el pelo.

Fuente: Flickr CC
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Ya no son sólo las campañas orquestadas con dinero público y desde determinados medios de comunicación para criminalizar al docente o, procurar incorporarlos dentro de la extinta ley de vagos y maleantes. Es la percepción social del asunto. Una percepción que también tienen algunos docentes que se piensan que su trabajo es estar trabajando desde que sale el sol hasta que se pone (y, en el caso de ponerse pronto, hasta la hora que le reclame el colchón). Ya está bien de plantearnos que el docente debe solucionar todos los problemas de todo el mundo. Ya está bien de plantear que el docente debe crear sus materiales fuera de su jornada laboral. Ya está bien de considerar que, por el simple hecho de ser docente, uno no merece tener vida y si la tiene -o demuestra tenerla- debe ser lapidado por ello.

En docencia hay de todo como en botica. Hay docentes buenos, malos y regulares. Hay docentes vagos, vaguetes y trabajadores. Bueno, seamos sinceros, la inmensa mayoría del profesorado son buenos profesionales. Y ser un buen profesional no es vivir para su profesión. La profesionalidad tiene un horario determinado. No por currar cincuenta horas a la semana preparando las clases o irse a formar fin de semana sí y al otro también, uno alcanza un éxtasis laboral. Más bien denota una falta de profesionalidad absoluta. Convertir una profesión en el leitmotiv que dirige la vida de uno es tan malo como sufrirla en silencio.

Creo que la docencia debería tener un futuro más allá de la esclavitud que algunos persiguen que tenga. Ya les gustaría a muchos que los centros educativos se abrieran julio y agosto. Ya les gustaría que el horario de los centros educativos fuera tan amplio como fuera posible para, simplemente dejar a sus retoños por la mañana y recogerlos por la noche. Ya les gustaría que un docente no llegara a mileurista. Claro, como algunos no llegan, vamos a procurar que los demás no lleguen.

Entre los que ejecutan ataques mediáticos contra el docente, hasta la necesidad del colectivo de priorizar defender cuestiones educativas en lugar de laborales (sólo hace falta ver la cantidad de huelgas realizadas por docentes y la ínfima cantidad de las mismas relacionadas con la bajada de sueldos o aumento de horario laboral) estamos viendo como, al final, nos estamos convirtiendo en un trabajador irreal. Debe ser la única profesión del mundo que no se respeta ni ella misma. La verdad es que me preocupa como partícipe de la misma. Me preocupa que, en lugar de dignificar nuestro trabajo, juguemos a hacer actos de contrición permanente por unos derechos laborales adquiridos. Me preocupa, y mucho.

Somos una profesión muy rara y unos profesionales, más bien curiosos. Espero, por nuestro bien que, la esclavitud que se vislumbra en la profesión sea tan sólo un falso espejismo y que alguien vuelva a poner sentido común al asunto. No somos esclavos, somos trabajadores. Ni mejores ni peores, simplemente con nuestra función propia, nuestra jornada laboral y nuestro salario.

Este artículo lo dedico al pobre maquinista que, al finalizar su jornada laboral, osó ejercer sus derechos laborales y no poner en peligro a los viajeros, por creer en su profesión. Y que, curiosamente, por ejercer sus derechos laborales, ha sido sometido a escarnio público por parte de los energúmenos de siempre.
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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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