La experiencia docente

A veces me da la sensación que algunos pretenden otorgar a la docencia valores muy alejados del resto de profesiones. No es de recibo que, curiosamente, haya algunos que siempre relacionen la experiencia en esta profesión con la mala praxis. Menos aún me cuadra el tema de considerar como expertos en educación a personas que jamás han estado en un aula, salvo cuando tuvieron el rol de alumnos. Ya si eso nos ponemos con los emolumentos que ganan algunos de esos «expertos» y los comparamos con el salario de los docentes que, un día sí y al otro también, lidian con circunstancias muy complejas que van más allá de explicar su asignatura delante de un auditorio silente, hablar de metodologías que nunca han usado o, escribir libros.

Fuente: Fotolia CC

Claro que puede existir un mal profesional que lleve décadas en el aula. No discuto que, por mucho que uno lleve cientos de miles de kilómetros conduciendo, sea un auténtico cafre con su vehículo pero, de lo anterior al ninguneo de esa experiencia hay un largo trecho. Voy a ir mucho más lejos… los primeros años de profesión (tanto en docencia como en cualquier otra) acostumbran a estar plagados de errores, experimentos en los cuales uno la caga e intentos de no se sabe qué. Y por mucho que nos duela, cada experimento realizado de forma visceral, descontando esa experiencia dentro de los factores que van a decidir si funciona o no, va a estar condenado al fracaso más absoluto porque, en educación los milagros no existen. Ni en educación ni en ninguna otra profesión. Existe el trabajo bien hecho, el esfuerzo en montar ciertas cosas (que pueden no funcionar) y, a veces, la suerte -muy asociada al conocimiento del asunto- te lleva a conseguir resultados. Y no me refiero a resultados cuantificables a corto plazo. Un detalle que quizás la diferencia un poco de otras profesiones.

No me gusta el desprecio a la experiencia. No me gusta tampoco que la experiencia sea algo que, al final, justifique ciertas cosas. Eso sí, reconozco que, por mucho que se intente, el cambio en prácticas educativas, la soltura y la posibilidad de “cambiar el mundo” va a depender de todo el bagaje profesional que lleve uno. La virginidad educativa es lo que tiene… ganas de comerse el mundo pero, lamentablemente, demasiadas cosas para aprender que impiden que esa clase maravillosa en nuestra cabeza, pueda plasmarse en nuestras aulas. Ya, lo mismo que un mueble de Ikea cuando uno va a comprarlo y se fija en cómo queda una vez montado. Quizás al décimo que montemos ya podamos decir que no nos han sobrado piezas.

Ahora que está tan de moda el hacer piruetas en el aula, el montar ciertas cosas «innovadoras» con los alumnos, la conversión de personajes que no sabes qué relación tienen con la educación en maestros del asunto o, simplemente la mediatización edulcorada de ciertas cosas, hace que a algunos les salga la necesidad imperiosa de minusvalorar la experiencia pero, ¿cuántos de los que decís que la experiencia no es importante os apetecería ser intervenidos quirúrgicamente por alguien que acaba de aprobar la carrera? Y no, no es una comparación que no pueda hacerse porque, al final, a operar al igual que a dar clase, se aprende a base de práctica.

Para saber qué sucede en el aula y mejorar su praxis educativa uno debe estar en ella. Claro que no hay suficiente con eso pero, como mínimo, es algo imprescindible.

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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